sábado, 31 de octubre de 2009

A Maradona le tirás un libro y te lo devuelve redondo

Las desconocidas lecturas del diez

Es posible que ayer, en su cumpleaños, Fernando Signorini le haya regalado una novela al DT de la Selección. Él es el responsable de que haya leído desde García Márquez hasta a Eduardo Galeano.

El lector. Diego Maradona admira especialmente a Eduardo Galeano (de quien leyó tres libros) y Fernando Signorini piensa reunirlos en Montevideo.

Fernando Signorini vio el libro sobre la mesa. En el otoño catalán de 1983, la casa del barrio Pedralbes sólo era silencio. Diego Maradona reposaba junto a su familia, recuperándose de una operación de tobillo. Andoni Goikoetxea, defensor del Athletic de Bilbao, lo había mandado al hospital de una patada tan brutal que hasta hoy es inolvidable. Signorini acarició la tapa, husmeó entre las hojas y olfateó ese aroma encantador que produce el entrevero entre la tinta y el papel. Ya no recuerda cuál era el título de lo que tenía entre sus manos –tal vez ni siquiera importe– pero aún conserva como un hecho extático la dedicatoria del técnico vasco Xabier Azkargorta.


–Decía algo así como que no tenía que entregarse, que había que pelear. Y yo creí que era buena idea eso de darle fuerza, regalarle un libro.

Signorini acompaña a Maradona desde aquellos días en Barcelona. Lo siguió como preparador físico por todas partes, incluso durante los mundiales. Y ahora, en la Selección argentina, con Diego como director técnico. En los más de 25 años que caminó a su lado, no sólo trabajó en su puesta a punto. También llevó a la práctica su idea, inspirada en la dedicatoria de Azkargorta, surgida del silencio de Pedralbes: regalarle libros al Diez. Lo hizo con frecuencia, buscando los títulos para cada momento, espacio y estados de ánimo.

–Me gusta regalarles libros a los amigos, porque además me encantan los buenos libros como las buenas mujeres.

Dice Signorini, nacido y crecido en Lincoln, amante y poeta, futbolero y folclorista hasta el tuétano, convertido, por propia voluntad, en el hacedor de la biblioteca de Maradona.

–Diego, probablemente, lee dos páginas y luego deja el libro hasta que, después de unos meses, lo vuelve a agarrar. Pero si así fueran dos líneas las que leyera, yo me doy por cumplido –se entusiasma Signorini.

En los 80, cuando Maradona visitó Cuba por primera vez, Fidel Castro le entregó una buena cantidad de textos sobre la isla, la Revolución y Ernesto “Che” Guevara. Lo mismo hicieron los periodistas Carlos Bonelli y Pablo Llonto, quienes fueron el nexo para aquel viaje. Llonto, que además es abogado, cuenta que cuando Maradona comenzó a idear el sindicato de los futbolistas le pidió material para estudiar. Entonces, le alcanzó algunos estatutos de asociaciones sindicales para que Diego iniciara con más armas su militancia.

–Nunca supe si realmente los leyó, pero en esa época, mediados de los 90, hablábamos bastante del tema –dice Llonto.

Signorini fue uno de los que acompañó a Maradona en su visita a Cuba. A la vuelta, le regaló biografías del Che y varios libros más, entre ellos, Un grano de maíz: conversaciones con Fidel, de Tomás Borge. Quienes conocen la amistad entre ambos cuentan que Maradona, además de quererlo, lo respeta mucho. Y lo escucha: cuando Diego desafía al Papa, abraza a Fidel, arma el sindicato, se tatúa la cara del Che y tiene arranques por izquierda, algunos no tan públicos, puede verse algo de Signorini, que lo vincula, en realidad, con el origen de clase de Maradona, la misma causa que generó la reacción a sus exabruptos montevideanos.

–Diego nació en Villa Fiorito, y él se siente parte del pueblo que sufre el hambre y la injusticia.

Una noche, hablando del Che, Signorini opinó que el rosarino se había suicidado metiéndose, él con su asma, en la selva boliviana. Maradona lo escuchaba atento, hasta que largó un comentario.

–¿Sabés? Yo me hubiera ido con él igual.

Signorini sintió que Diego sabía de qué hablaba porque había leído.

–Si él tuviera que cambiar su vida por otra, por la única que lo haría sería por la del Che –imagina el preparador físico, que en sus regalos iniciales incluyó textos de lectura más sencilla: Juan Salvador Gaviota, de Richard Bach, y El Principito, de Antoine de Saint-Exupery. Siguió con una novela de Gabriel García Márquez, Cien años de soledad. Y en el medio siempre hubo libros de fútbol.

Años atrás, volvían de una pretemporada con el Napoli. Maradona manejaba desde el norte de Italia hacia su casa. Claudia iba sentada a su lado. Signorini estaba acurrucado en el asiento de atrás, en silencio, casi escondido detrás de un libro. Nadie decía una palabra. Hasta que Diego, concentrado en el camino que tenía por delante, rompió el silencio.

–Che, Claudia, ¿qué hace el Ciego?

–Está leyendo.

–Ciego, ¿qué leés?

El Ciego estiró el brazo, lo pasó por arriba de los hombros del conductor y puso el libro frente a los ojos oscuros: Fútbol sin trampas, de César Luis Menotti. Maradona estaba distanciado de su ex técnico en el Barcelona y la Selección.

–Tengo que reconocer que, a pesar de todo, es el mejor.

Signorini, el Ciego, le regaló el libro.

En los últimos tiempos, como preparador físico de la Selección, el profe comenzó a acercar dos orillas. Le regaló a Diego Espejos: una historia casi universal y El libro de los abrazos. Antes, ya le había dado Fútbol a sol y sombra. Tres libros del uruguayo Eduardo Galeano. A Maradona le gustaron.

– Son textos cortos, que puede leer cada tanto, cuando tenga ganas. Y a Diego, Galeano le parece, no sé, excepcional.

Dice Signorini buscando, quizá, otra palabra que ni siquiera exista. Desde ahí, construyó un puente sobre el Río de la Plata para que Maradona y el escritor uruguayo pudieran sentarse, frente a frente, a charlar de lo que quisieran. La idea era concretar el encuentro para cuando la Selección viajara a Montevideo a jugar ante Uruguay. No pudo ser. Galeano, por esos días, estaba en España, donde, entre tantos homenajes, recibió la Medalla de Oro del Círculo de Bellas Artes de Madrid y el Premio Amigo de los Niños de Save the Children.

Como una paradoja de esta historia, el mismísimo Maradona tiene en dos de esos libros –como en tantos– un capítulo para él.

“Ningún futbolista consagrado –escribe Galeano en Espejos– había denunciado sin pelos en la lengua a los amos del negocio del fútbol. Fue el deportista más famoso y más popular de todos los tiempos quien rompió lanzas en defensa de los jugadores que no eran famosos ni populares. Este ídolo generoso y solidario había sido capaz de cometer, en apenas cinco minutos, los dos goles más contradictorios de toda la historia del fútbol. Sus devotos lo veneraban por los dos: no sólo era digno de admiración el gol del artista, bordado por las diabluras de sus piernas, sino también, y quizá más, el gol del ladrón, que su mano robó”.

–La lectura también ayuda a prepararse para la derrota, que es una de las alternativas de la competencia. Porque cuando uno lee, el miedo a quedar expuesto se disipa. Yo, por ejemplo, con la poesía logro evadirme –cuenta Signorini, que espera ansioso el día en que Galeano y Maradona se crucen en un abrazo.

–Tengo la esperanza de que se va a producir. ¿Vos leíste Las venas abiertas de América Latina? ¡Qué libro maravilloso!

Quizá, en poco tiempo, también se lo regale al Diego.

Signorini, el gran divulgador

Gonzalo Higuaín caminaba por el complejo de Ezeiza con un libro en la mano, Hagan juego, de Ángel Cappa. Eran los días previos a los partidos ante Perú y Uruguay. Ángela Lerena, la cronista de Critica de la Argentina que estaba en el entrenamiento, le preguntó de dónde lo había sacado.

–El profe me lo regaló –respondió Pipita–. Con Ángel he hecho una entrevista, me parece un buen señor.

–¿Lo vas a leer?

–Sí, obvio.

Signorini también lleva la costumbre de los libros a los futbolistas de la Selección. “Es un aporte, un poco para que algunos dejen la PlayStation. Y además intento meterles una basurita en el ojo”, explica el preparador físico.

A Carlos Tevez le regaló Las fuerzas morales, obra emblemática de José Ingenieros. Días después, en Ezeiza, se alegró al verlo llevar el libro con él.

Porque no sólo de fútbol se habla en esas largas charlas de concentraciones.

Una noche, Signorini se trenzó en una discusión sobre la existencia de Dios con Gabriel Heinze y Javier Mascherano. Fueron horas en las que el profe, como lo llaman todos, les habló de su ateísmo, las injusticias de este mundo, la hipocresía de la Iglesia.

–Eso es cosa de los hombres, fueron ellos los que hicieron el daño –intentó Heinze, en defensa de Dios.

No hubo caso. Signorini insistió pero se hizo tarde. A los pocos días, Heinze y Mascherano tenían algo para leer: Por qué no soy cristiano, de Bertrand Russell, que de Jesús y el Infierno escribió: “Ninguna persona que sea profundamente humana puede creer en un castigo eterno”.

El preparador físico no detiene su labor difusora de libros: “Ahora preparé un tríptico para los muchachos –dice Signorini– les voy a dar ¿Y el fútbol dónde está? (Ángel Cappa), Fútbol sin trampa (César Luis Menotti) y Me gusta el fútbol (Johan Cruyff)”.

Toda una transmisión de ideas.

Una lectura de los clásicos látinos

Si bien Signorini no ha dicho nada al respecto y Maradona mantiene un silencio piadoso alrededor del tema, parecería ser que el Diego leyó al historiador romano Cayo Salustio Crispo. La sospecha nace de la relectura de un texto de este discípulo del griego Tucídides. Se trata de Bellum Caesarium (Las Guerras del César) donde el siempre puntilloso Cayo Salustio Crispo describe los desencuentros de Julio César con el senado romano. En uno de los momentos culminantes de esta obra histórica, Gayo Salustio muestra a un Julio César exultante tras la victoria sobre Vercingetorix en las Galias. Mirando hacia el sur, el César declama: “Los del Senado, que la sigan chupando”.

Cayo Salustio nada dice de la respuesta senatorial aunque es posible suponer que las palabras del César no cayeron muy bien. Obviamente, Maradona intentó hacer un paralelismo de carácter intertextual con el líder romano que los periodistas deportivos no supieron o no quisieron captar en su habitual desinterés por los textos clásicos del período latino.

Lo dicho: “Continuatum chupandus est”.

Lisandro Farías


Una sola mirada, diferentes visiones.

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