jueves, 11 de septiembre de 2014

Salvador Allende en las memorias de Pablo Neruda


Escribo estas rápidas líneas para mis memorias a sólo tres dias de los hechos incalificables que llevaron a la muerte de mi gran compañero el presidente Allende. Su asesinato se mantuvo en silencio; fue enterrado secretamente; sólo a su viuda le fue permitido acompañar aquel inmortal cadaver. La versión de los agresores es que hallaron su cuerpo inerte, con muestras de visible suicidio. La versión que ha sido publicada en el extranjero es diferente. A reglón seguido del bombardeo aéreo entraron en acción los tanques , muchos tanques, a luchar intrépidamente contra un solo hombre: el Presidente de la República de Chile, Salvador Allende, que los esperaba en su gabinete, sin más compañía que su corazón , envuelto en humo y llamas.
Tenían que aprovechar una ocasión tan bella. Había que ametrallarlo porque nunca renunciaría a su cargo. Aquel cuerpo fue enterrado secretamente en un sitio cualquiera. Aquel cadáver que marchó a la sepultura acompañado por una sola mujer que llevaba en sí misma todo el dolor del mundo, aquella gloriosa figura muerta iba acribillada y despedazada por las balas de las metralletas de los soldados de Chile, que otra vez habían traicionado a Chile.
Pablo Neruda

jueves, 28 de agosto de 2014

Gaza [Eduardo Galeano]



Palestinos lloran sobre los cuerpos sin vida de cuatro niños en la mezquita durante su funeral en la ciudad de Gaza.Foto: AP 

Para justificarse, el terrorismo de Estado fabrica terroristas: siembra odio y cosecha coartadas. Todo indica que esta carnicería de Gaza, que según sus autores quiere acabar con los terroristas, logrará multiplicarlos.


Desde 1948, los palestinos viven condenados a humillación perpetua. No pueden ni respirar sin permiso. Han perdido su patria, sus tierras, su agua, su libertad, su todo. Ni siquiera tienen derecho a elegir sus gobernantes. Cuando votan a quien no deben votar, son castigados. Gaza está siendo castigada. Se convirtió en una ratonera sin salida, desde que Hamas ganó limpiamente las elecciones en el año 2006. Algo parecido había ocurrido en 1932, cuando el Partido Comunista triunfó en las elecciones de El Salvador. Bañados en sangre, los salvadoreños expiaron su mala conducta y desde entonces vivieron sometidos a dictaduras militares. La democracia es un lujo que no todos merecen.

Son hijos de la impotencia los cohetes caseros que los militantes de Hamas, acorralados en Gaza, disparan con chambona puntería sobre las tierras que habían sido palestinas y que la ocupación israelí usurpó. Y la desesperación, a la orilla de la locura suicida, es la madre de las bravatas que niegan el derecho a la existencia de Israel, gritos sin ninguna eficacia, mientras la muy eficaz guerra de exterminio está negando, desde hace años, el derecho a la existencia de Palestina. Ya poca Palestina queda. Paso a paso, Israel la está borrando del mapa.

Los colonos invaden, y tras ellos los soldados van corrigiendo la frontera. Las balas sacralizan el despojo, en legítima defensa. No hay guerra agresiva que no diga ser guerra defensiva. Hitler invadió Polonia para evitar que Polonia invadiera Alemania. Bush invadió Iraq para evitar que Iraq invadiera el mundo. En cada una de sus guerras defensivas, Israel se ha tragado otro pedazo de Palestina, y los almuerzos siguen. La devoración se justifica por los títulos de propiedad que la Biblia otorgó, por los dos mil años de persecución que el pueblo judío sufrió, y por el pánico que generan los palestinos al acecho.

Israel es el país que jamás cumple las recomendaciones ni las resoluciones de las Naciones Unidas, el que nunca acata las sentencias de los tribunales internacionales, el que se burla de las leyes internacionales, y es también el único país que ha legalizado la tortura de prisioneros. ¿Quién le regaló el derecho de negar todos los derechos? ¿De dónde viene la impunidad con que Israel está ejecutando la matanza de Gaza? El gobierno español no hubiera podido bombardear impunemente al País Vasco para acabar con ETA, ni el gobierno británico hubiera podido arrasar Irlanda para liquidar a IRA. ¿Acaso la tragedia del Holocausto implica una póliza de eterna impunidad? ¿O esa luz verde proviene de la potencia mandamás que tiene en Israel al más incondicional de sus vasallos?

El ejército israelí, el más moderno y sofisticado del mundo, sabe a quién mata. No mata por error. Mata por horror. Las víctimas civiles se llaman daños colaterales, según el diccionario de otras guerras imperiales. En Gaza, de cada diez daños colaterales, tres son niños. Y suman miles los mutilados, víctimas de la tecnología del descuartizamiento humano, que la industria militar está ensayando exitosamente en esta operación de limpieza étnica.

Y como siempre, siempre lo mismo: en Gaza, cien a uno. Por cada cien palestinos muertos, un israelí.

Gente peligrosa, advierte el otro bombardeo, a cargo de los medios masivos de manipulación, que nos invitan a creer que una vida israelí vale tanto como cien vidas palestinas. Y esos medios también nos invitan a creer que son humanitarias las doscientas bombas atómicas de Israel, y que una potencia nuclear llamada Irán fue la que aniquiló Hiroshima y Nagasaki.

La llamada comunidad internacional, ¿existe?

¿Es algo más que un club de mercaderes, banqueros y guerreros? ¿Es algo más que el nombre artístico que los Estados Unidos se ponen cuando hacen teatro?

Ante la tragedia de Gaza, la hipocresía mundial se luce una vez más. Como siempre, la indiferencia, los discursos vacíos, las declaraciones huecas, las declamaciones altisonantes, las posturas ambiguas, rinden tributo a la sagrada impunidad.

Ante la tragedia de Gaza, los países árabes se lavan las manos. Como siempre. Y como siempre, los países europeos se frotan las manos.

La vieja Europa, tan capaz de belleza y de perversidad, derrama alguna que otra lágrima mientras secretamente celebra esta jugada maestra. Porque la cacería de judíos fue siempre una costumbre europea, pero desde hace medio siglo esa deuda histórica está siendo cobrada a los palestinos, que también son semitas y que nunca fueron, ni son, antisemitas. Ellos están pagando, en sangre contante y sonante, una cuenta ajena.

Eduardo Galeano es un escritor y periodista nacido en el sur del mundo, Uruguay.

*Este artículo fue publicado originalmente el Miércoles 28 de noviembre de 2012 

martes, 22 de julio de 2014

La soledad de Palestina [Emir Sader]


Un palestino herido es tratado por los médicos en la sala de urgencias del hospital de Shifa, en la ciudad de Gaza, Franja de Gaza. Foto: AP 

Lo más difícil es ser víctima de las víctimas, decía Edward Said, para expresar una de las dimensiones de los obstáculos que encuentran los palestinos para luchar contra la ocupación israelí de sus territorios.

La soledad actual de los palestinos demuestra cómo esa era apenas una de las tantas dificultades que ellos tienen que enfrentar para poder sobrevivir. El derecho elemental, aprobado hace décadas por las Naciones Unidas, de tener un Estado Palestino, al igual que existe el Estado de Israel, es bloqueado por el voto de Estados Unidos en el Consejo de Seguridad y la ONU no hace nada para cambiar tal actitud.

Palestina sigue siendo dos territorios discontinuos –Cisjordania y Gaza–, el primero descuartizado por los muros, violado por asentamientos judíos y ocupado militarmente. Gaza, cercada y atacada cada tanto, impunemente. No existe como Estado y se intenta que deje de existir como territorios aislados, al hacer que sea económicamente inviable y humanamente insostenible.

Todos debieran ir a Palestina –a Cisjordania, y si lo logran, también a Gaza– para tener idea de lo que es vivir bajo ocupación de un ejército racista. Para ver lo que significan cotidianamente los muros, que separan a vecinos, a parientes, a niños que antes jugaban juntos en la calle. Cómo las señoras palestinas tienen que caminar kilómetros para poder cruzar hacia el otro lado, sometidas al arbitrio de jóvenes militares racistas de Israel, que controlan los pasos.

Para ver cómo ese mismo tipo de jóvenes sale por las noches, protegido por fuerzas militares de Israel, para destruir bienes de los palestinos, incluidos olivares, que tardan un siglo para crecer. Que tiran basura en calles de los palestinos, quienes tienen que poner redes de protección para defenderse.

Para sentir cómo los palestinos son atacados también en su orgullo, en sus espacios mínimos de vida, hay que ir a Palestina: a Cisjordania y, de ser posible, a Gaza.

Nada de todos estos sufrimientos justifica acciones violentas, aunque uno piensa, cuando está allá, ¡cómo hacen los palestinos para no reaccionar al terrorismo cotidiano que se ejerce en contra de ellos!

Incluso porque lo primero es la unidad nacional de Palestina, porque se trata de una lucha contra el invasor, hay que unir el país para expulsarlo. En segundo, dada la correlación de fuerzas internacional, hay que contar con sectores en Israel que se convenzan que no vale la pena la ocupación permanente de Palestina y las incertidumbres que ello trae para los mismos israelíes.

Hoy se puede decir que la construcción de un Estado Palestino está en punto cero. Existe el acuerdo de reunificación entre Gaza y Cisjordania, pero Israel afirma que no negocia con un gobierno nacido de ese acuerdo, porque Hamas no reconoce al Estado de Israel. Mahmoud Hamas ya dijo que el nuevo gobierno sí lo reconocerá, pero Israel usa cualquier pretexto para no avanzar en negociaciones, que sólo pueden conducir al reconocimiento del Estado palestino.

La nueva ofensiva brutal de Israel sobre la desprotegida Gaza revela, una vez más, la soledad de los palestinos. No pueden contar con nadie que detenga a Israel. Nadie que se juegue, en contra de Estados Unidos, por la existencia del Estado Palestino.

sábado, 19 de julio de 2014

La historia de Gaza que los israelíes no cuentan [Robert Fisk]

Médicos palestinos tratan a una niña herida en la sala de urgencias del hospital de Shifa, en la ciudad de Gaza, Franja de Gaza. Foto: AP

Muy bien, para la tarde del viernes el intercambio de muertes estaba 110-0 en favor de Israel. Pero pasemos a la historia de Gaza que nadie va a contarnos en estas horas.

Se trata de la tierra. Los israelíes de Sederot reciben fuego de cohetes de los palestinos de Gaza y ahora a los palestinos les dan su merecido. Seguro, pero esperen: ¿cómo es posible que todos esos palestinos –1.5 millones- estén amontonados allí en Gaza, por principio de cuentas? Bueno, sus familias vivieron alguna vez en lo que hoy se llama Israel, ¿verdad? Y fueron expulsadas –o huyeron para salvar la vida– cuando el Estado israelí fue creado.

Y –aquí tal vez hay que contener el aliento– los pobladores de Sederot a principios de 1948 no eran israelíes, sino árabes palestinos. Su aldea se llamaba Huj. No eran enemigos de Israel. De hecho, dos años antes, esos mismos árabes habían escondido del ejército inglés a combatientes judíos de Haganá. Pero cuando el ejército israelí se volcó contra Huj, el 31 de mayo de 1948, expulsó a todos los pobladores árabes… ¡a la franja de Gaza!

Se volvieron refugiados. David Ben Gurión (primer israelí en ocupar el cargo de primer ministro) la llamó acción injusta e injustificada. Lástima: nunca se permitió a los palestinos de Huj volver a su ciudad.

Y hoy día, mucho más de 6 mil descendientes de los palestinos de Huj –la actual Sederot– viven en el muladar de Gaza, entre los terroristas que Israel afirma que se propone destruir y que lanzan sus cohetes hacia lo que fue Huj. Interesante historia.

Lo mismo va por el derecho de Israel a la autodefensa. Hemos vuelto a oírlo mencionar. ¿Qué pasaría si los londinenses fueran atacados con cohetes, como los israelíes? ¿Acaso no devolverían el golpe? Bueno, sí, claro, pero los británicos no tenemos más de un millón de antiguos habitantes del Reino Unido aglomerados en campos de refugiados en unos cuantos kilómetros cuadrados en los suburbios.

La última vez que este especioso argumento se utilizó fue en 2008, cuando Israel invadió Gaza y dio muerte al menos a mil 100 palestinos (tipo de cambio: mil 100 a 13). ¿Y si Dublín fuera atacada con cohetes?, preguntó entonces el embajador israelí. Pero en la década de 1970 la ciudad británica de Crossmaglen, en Irlanda del Norte, fue atacada con cohetes por la república de Irlanda, y sin embargo la Real Fuerza Aérea no bombardeó Dublín en venganza ni mató mujeres y niños irlandeses.

En Canadá, en 2008, los partidarios de Israel manejaban el mismo alegato fraudulento. ¿Y si la gente de Vancouver, Toronto o Montreal fuera atacada con cohetes desde los suburbios de sus propias ciudades? ¿Cómo se sentiría? Pero los canadienses no han apretujado a los pobladores originales de su territorio en campos de refugiados.

Crucemos ahora hacia Cisjordania. Primero que nada, Benjamin Netanyahu dijo que no podía hablar con el presidente Mahmoud Abbas porque no representa también a Hamas. Ahora dice que sólo puede hablar con él si rompe con Hamas, aun si entonces ya no representaría a Hamas.

Entre tanto, el gran filósofo izquierdista israelí Uri Avnery –que a sus 90 años se conserva fuerte, por fortuna– ha abordado la más reciente obsesión de su país: el peligro de que el Estado Islámico (EI) se lance hacia el oeste desde su califato iraquí/sirio y llegue a la margen oriental del río Jordán. “Y Netanyahu dijo –señala Avnery– que si no es detenido allí (en el Jordán) por la guarnición permanente israelí, aparecerá a las puertas de Tel Aviv.”

La verdad, por supuesto, es que la fuerza aérea israelí aplastaría al EI en el momento mismo en que se atreviera a cruzar el Jordán desde Irak o Siria.

La importancia de esto, sin embargo, es que si Israel mantiene su ejército en el Jordán (para proteger a Israel del EI), un futuro Estado palestino no tendría fronteras y sería un enclave dentro de Israel, rodeado por todas partes por territorio ocupado por Israel.

Muy parecido a los bantustanes sudafricanos, observa Avnery. En otras palabras, jamás existirá un Estado palestino viable. Después de todo, ¿acaso el EI no es lo mismo que Hamas? Claro que no. Pero no es eso lo que oímos de Mark Regev, vocero de Netanyahu. No, lo que él declaró a Al Jazeera es que Hamas es “una organización terrorista no muy diferente del EI en Irak, Hezbolá en Líbano, Boko Haram…”

Tonterías. Hezbolá es una milicia chiíta que ahora combate a muerte dentro de Siria a los musulmanes sunitas del EI. Y Boko Haram –a miles de kilómetros de Israel– no representa ninguna amenaza para Tel Aviv.

Pero ya me entienden ustedes. Los palestinos de Gaza –y por favor olviden para siempre a los 6 mil palestinos cuyas familias vienen de la tierra de Sederot– son aliados de las decenas de miles de islamitas que amenazan a Maliki en Bagdad, a Assad en Damasco o al presidente Goodluck Jonathan en Abuya.

Aún más relevante al caso: si el EI avanza hacia el borde de Cisjordania, ¿por qué el gobierno israelí aún construye colonias allí –ilegalmente, en tierra árabe– para civiles israelíes?

Esto no se trata sólo del infame asesinato de tres israelíes en Cisjordania o del repugnante homicidio de un palestino en Jerusalén este. Tampoco del arresto de muchos militantes de Hamas y políticos en Cisjordania. Ni de cohetes. Como siempre, se trata de la tierra.

Robert Fisk es periodista del diario inglés The Independent. Corresponsal en Medio Oriente.

jueves, 10 de julio de 2014

14 de Febrero






14 de Febrero.

Abre los ojos y un escalofrío lo inunda, lo siguiente que alcanza a distinguir, es la oscuridad. La humedad y el  sonido de las aspas del ventilador se filtran a través de sus sentidos como distantes eventos de un mundo que parece todavía onírico. La realidad comienza a materializarse. Reconoce con su tacto la rugosa piel de la pared y la acaricia. Fría, le devuelve una textura que se antoja a una costra que le crece a un muerto. Quita la mano y toca la sábana: fresca, suave, interminable.

Cinco minutos más tarde, el despertador anuncia que son las cinco de la mañana con cinco minutos, la vida, piensa Claudio, está llena de repeticiones. Son las cinco con cinco, es catorce de febrero de dos mil catorce, pronto me levantaré y cepillaré mis dientes como lo hice ayer y antes de ayer, y como lo haré mañana. La mente soñolienta recita casi sin esfuerzo los razonamientos cíclicos en los que se aventuraba. Catorce de febrero, intentó retener en su consciencia, como si algo alrededor de la fecha fuera a revelarsele y lo hizo, se acordó del festejo. Hasta ese momento, la fecha no aportaba nada más que cualquier otro día, la rutina se apoderaría de todo como si fuera un gran molino y acabaría por consumir cada segundo entre ligeros sobresaltos poco interesantes. Pero ahora, el día parecía llenarse de una sustancia invisible e incorpórea, de naturaleza parásita, virulenta, contagiosa.

Absorbió el aire pesado que le envolvía e intentó localizar el aroma, el almizcle que aseguraba se encontraba ahí. No consiguió nada. Bah, al fin, seguramente en esta habitación demasiado pequeña es imposible concebir tan graciosa sustancia, pensó para consolarse, después de todo, siendo yo un hombre solo, es muy probable que el hongo que produce estas sensaciones, no haya arraigado ni en la puerta ni en los ladrillos. Se quedó con la imagen del  hongo y los componentes metafísicos que seguro fluctuaban en el ambiente, desesperado porque algo fuera distinto en su vida, además de lo obvio, recurría a explicaciones cada vez menos lúcidas y visiblemente más desesperadas.

Una hormiga hecha de frío comenzó a punzarle el dedo gordo del pie derecho y lo escondió bajo la sábana. Esto le pareció extraño, sin duda, era una de esos sobresaltos mediocres que se producirían a lo largo del día. Hizo una mueca de molestia, estaba harto de esta vida plagada de asuntos estables, a medias. Su vida de oficinista en una dependencia de gobierno se definía en un café al llegar, una torta a media mañana, casi siempre de pollo y una comida en la fonda de siempre. Los viernes variaba y escapaba hacia algún restaurante previamente seleccionado por sus compañeros. Su vida, no era suya. Servil súbdito de las cosas mediocres, todo tenía un sabor simplón y corriente.

En varias ocasiones había intentado cambiar, entró al gimnasio y lo dejó, aprendió a tocar piano y lo  olvidó. Pero no se lo reprochaba, tampoco achacaba sus infructuosas empresas a otras personas, tal vez, decía, esto era el destino. En siete años habían desfilado tres mujeres, y de ninguna se acordaba con suficiente detalle. Por las noches se acordaba de la última o de la primera, y era frecuente que descubriera que tenía rasgos de la segunda o de la tercera. Todas, al final habían acabado por aburrirse y en un arrebato existencialista, salían corriendo con el primer tipo fornido, estafador o bebedor que conocían. No eres tú, tú estás bien, no me mereces, yo soy una loca, era una frase acostumbrado a oír.

Pero hoy sería diferente. En general, cada vez que se acercaba una fecha especial, como navidades, la pascua, o simplemente su cumpleaños, sospechaba que algo emergía de los ladrillos y de las piedras e inundaba el ambiente. Alguna vez intentó explicar esta visión del mundo y lo tacharon de loco. Es la emoción, le decían. Pero no era cierto, la emoción era una cosa y esto simplemente era algo más allá de su mente, existía por si mismo. Por eso hoy, se decía, sería diferente.

Hizo una bola con la sábana y la aventó lejos, otro cambio en la rutina. Su mano recorrió su pecho desnudo. Escuchó pasos en la cocina, alguien o algo gritaba su nombre: ¡Claudio! , ¡Señor Claudio! Se llenó de miedo, ¿quién estaba en su casa? Las voces se multiplicaron en el pasillo y se escuchaban desde el baño o desde la sala: ¡Claudio, Claudio, ¿Donde estás?! El miedo, o algo que no alcanzaba a entender le impedía  hablar, pero en su mente gritaba, deseaba que lo encontraran.

Justo cuando la puerta comenzó a ser golpeada con fuerza y desesperación, se sintió feliz. Al fin, dijo, pasaría algo distinto. Volvió de sus divagaciones y se levantó en el momento en que la  puerta caía en pedazos, la luz tenue y fría de las lámparas de mano iluminaron la habitación, ¿Claudio?, se escuchó una voz familiar, su madre. ¡Llevensela de aquí!, gritó un hombre. Claudio estaba confundido, todavía un poco soñoliento devolvió la mirada a la pequeña cama en donde había dormido. El frío lo abrazó desde la espalda, se apoderó de cada átomo que aún poseía: ahí en la cama, estaba su cuerpo, amoratado por el tiempo.

martes, 3 de junio de 2014

El Presidente (Cuento)



El Presidente
Intentó mirar de nuevo por la ventana de su habitación, pero la mera idea de contemplar una techumbre eternamente gris, con manchas de moho creciéndole en las esquinas, en los rincones y debajo de los tinacos, le pareció ruin y deprimente. Enterró su rostro en la almohada como para deshacerse de estas ideas, apretándola con fuerza en los extremos.

Al poco, se volvió a ver el techo. Las telarañas comenzaban a desgarrarse de las uniones con la pared. Daban la impresión de estar deshabitadas desde hacía mucho. Como él, las telarañas tenían la apariencia de algo que ya no era, o que ya no estaba.

Ahora vagaba. ¿Dónde estaría Laura? Laura, Laura, con su cabello largo, negro y lacio que caía graciosamente sobre sus hombros, sus largas pestañas curvadas hacia afuera, su piel firme y tersa, los labios menudos y discretos. ¿Cuántas veces había soñado con ella en sus tiempos de estudiante novato? y, ¿cuántas veces más pudo poseerla? Aquí y allá, en las fiestas de Bienvenida y en las de Despedida, Laura siempre se entregaba con una pasión y un desapego envidiables. Luego, cuando pasaba todo, acababa con un beso demasiado tierno, totalmente en disonancia con los jadeos desesperados de animal en agonía de hacía un rato; y los ojos llenos de locura, desaparecían en un par de borreguitos. Finalmente, él jugaba con sus cabellos y ella se acomodaba en su pecho, siempre con una oreja al aire, atenta a los sonidos indescifrables que provenían de más allá de la puerta. Cuando prestaba atención, se podía escuchar como lentamente los sístoles de ambos se iban reduciendo, como una marea en retroceso, y terminaban donde habían empezado. En calma.

Al principio, cuando la conoció en los pasillos de la Universidad, pensó que no había mujer más pura y bella que Laura. Bastaba con compararla con cualquier otra mujer para que las otras terminaran siendo un reducto de lo que eran. Comparaciones no ya imprecisas, sino impensables. Eso, creía, era la prueba más infalible de su amor por ella.

Pero después, con las fiestas, los triunfos y las salidas del Comité, la realidad fue destruyendo sus espejismos. Hasta el más onírico sueño sucumbe a la tiranía de lo tangible. Clavado en su viaje al pasado, donde prefiere estar, intenta recordar el día, la fecha o la época en que perdió ese amor por Laura. Tal vez fue después de la primera novatada cuando borrachos hasta más no poder, se fueron dando tumbos entre las banquetas, perdiéndose ambos el respeto. O quizá mucho antes, cuando empezaron a circular rumores de ella y el presidente en turno. Pero no, la verdad es que no recuerda nada, ¿y para qué?, ya no le interesa.
Cierra los ojos y deja rodar su brazo sobre el borde de la cama, del piso, un vaho de humedad le responde que algo en el ambiente ha cambiado. El oído recorre la habitación en busca de la ventana y el sonido de unas gotas de lluvia mediocres se filtra a través del vidrio, casi imperceptibles, sólo pueden hacerse notar porque son miles, millones. Son como borregos, piensa, y la comparación le dibuja una sonrisa contenida. Borregos, repite, y se deja arrastrar por esas suaves olas que insisten en decirle que está lloviendo, que es Sábado, y que no tiene absolutamente nada que hacer, a nadie a quien esperar, o nada porque vivir.

“Quédate, Laura, quédate”. “Lo siento Joaquinito, ya sabes como soy... perdiste mi amorcito, de veras te quise, pero ya no me puedes dar lo que necesito”. “Pero te quiero Laurita, te quiero”. “No, Joaquinito, de querer no vive la gente, y tú sabes que yo tengo gastos, de mi gente y míos, tengo una vida y un estatus”. “¡Al diablo con el estatus!”. “¡Al diablo tú!, porque te fuiste al diablo Joaquinito, no previste, ¡4 años como flamante presidente de los borreguitos y nada, puras fiestas!... ¡pendejo!, ya ves el Damián le puso coche a la novia... ¡y tú de fiestecitas cualquierillas no me bajabas!, yo que pensaba ahora si se me hizo, ya me toca... ¡puras promesas Joaquín, purititas promesas!, ¡entiende, yo no soy tu borrega!”. “Pero Laura...”, ella se dio la vuelta y se fue. Experta en amores fugaces, de conveniencia, tenía las agallas para deshacerse de cualquier hombre que considerara, ya no servía para nada, y este pobre, que ya estaba en plena caída, era mucho menos de lo que sus manos podían obtener.

Aquella fue la última vez que la vio. Él se graduó en Marzo después de pagarle una fuerte cantidad a un funcionario y recibió su flamante título. Hubo una foto, ¡La Divina Sociedad!, gritaron todos cuando los retrataron por última vez. Los otros, los borreguitos, miraban de lejos. ¡Pobrecillos!, ¡sin influencias!, pensó con profundo desprecio cuando veía al resto de sus compañeros.

Con lo que le quedó de sus funciones como Presidente, pudo pagarse la mitad de una maestría en Administración y quiso hacer carrera en la política. “La política real no es como la de la escuela Joaquín”, le dijeron en su casa, pero no entendió. Intentó un par de diputaciones locales y cargos menores, después de un par de años terminó resignándose. Sus habilidades deficientes para el mundo real lo deprimieron, el partido le hizo a un lado, y terminó relegado a ser un engrane más dentro de la gran maquinaria burocrática del país. Destinado a pasar sus días gangrenándose en una silla de cuero sintético, rellena de una espuma amarilla y dura que tendía a salirse cada vez que podía, no hacía otra cosa sino pensar en mujeres para consolarse. Y así, poco a poco, veía en las secretarias los ojos de Marissa, las caderas de Jimena, el cuerpo voluptuoso de aquella señora cuarentona que le dijo que era cubana en un bar de la 5 de Mayo. Pero nunca a Laura, Laura permanecía encerrada en algún espacio de su memoria, inasible. Después de haberse vaciado de ella, le parecía por lo menos curioso descubrir que el luto de su partida le había durado menos que una semana, y que el alcohol no había estado presente. ¿Cómo se puede olvidar a alguien a quién se ha querido y deseado tanto?

Después de un tiempo comenzó a frecuentar los bares. Primero se engañaba diciendo que intentaba localizar los mejores cócteles de la zona, pero al final, era bastante obvio que había desarrollado un gusto peligroso por ahogarse en el primer tugurio que encontrara abierto, en el punto más alejado de su oficina. Habían pasado siete años de su flamante Presidencia y en la colonia uno que otro lo seguían llamando “el presi”, casi como un insulto. Así pasaba el viernes y el sábado, bebiendo, hasta gastarse casi todo el dinero de la semana. En especial, disfrutaba quemar los sobornos en líquidos importados, mientras se sentaba a platicar con extraños sobre sus robos y de cómo había amañado a la usanza de los grandes, los procesos electorales. Sonreía feliz cuando las golfas se le acercaban y le besaban las mejillas rechonchas y sudorosas, y susurraban “mi presi, ándele presi, invítenos una”. La colonia y el bar, le parecían dos mundos distintos, pero se engañaba; no era ni el lugar, ni la cerveza, ni la vulgar compañía, sino el recuerdo lo que lo ponía feliz. A veces, en la madrugada, cuando abandonaba furtivamente a la mujer de turno en algún motel de la periferia, se deslizaba hasta la facultad y la contemplaba pensativo hasta que el sol comenzaba a amenazar en el horizonte.

A estas alturas, los amigos, ¡La Divina Sociedad!, ya era sólo un fantasma que habita en el rabillo del ojo. En la foto que observaba en la casa de su madre siempre contaba a 20, de los cuáles, sólo había visto ocasionalmente a 5, y conversado con 2. Del resto sabía lo mismo que sobre las colillas moribundas que se tiran a la coladera. Nada. ¿Qué habría sido de Samuel, el Gallo o Damián?, ¿Habrían seguido conquistando a las de nuevo ingreso?, ¿Habrían puesto aquel bar, que sonaba tan revolucionario? Su madre preguntaba por sus amigos, los de esa época, y él no sabía que decir. Antes, en las fiestas continuas, estaban siempre a su lado.

Pero hoy, la lluvia seguía. Ya llevaba una hora y no tenía intenciones de detenerse. Cuando llovía así, más que ideas suicidas, le atacaban unas ganas terribles de tener a alguien a quien decirle te extraño, está lloviendo, veamos algo en el DVD. Pero no tenía a nadie. Todo lo que tenía era una barriga que crecía día con día, un catre frío, el frigobar, la tele, el DVD, una estufa y un par de trastes que servían para hervir agua en las mañanas o para cocinar alguna cena apenas comestible. Y recuerdos, recuerdos que se le iban alejando, emborronando. ¡Recuerdos que nunca fueron!, porque el recordar es inventarse lo que pasó, se decía. Y así era. Las historias que contaba ya variaban, a veces estudiaba derecho y otras veces ingeniería, a veces conocía a María y otras veces a Cecilia, pero en el fondo sabía que ni Cecilia ni Jimena, era ese otro nombre que decía, era impronunciable.

Cansado de bañarse en los vapores de tristeza que se elevaban de aquella felicidad lejana y sombría, decidió levantarse. Un mareo lo detuvo en el borde de la cama y unas sombras moradas le nublaron la vista, el estómago contribuyó con un sabor agrio que se detuvo en su garganta. Tal vez sería buena idea salir a caminar a esta hora en que a nadie le importa a quién se encuentre en la calle, y alejarse del pasado o del presente. Se calzó unos zapatos que usaba para los días de asueto, sin calcetines, una sudadera remendada y salió a la calle. La lluvia le golpeó el rostro, estaba tibia. No podía haber peor cosa, que decidir salir a caminar para disfrutar el poco aire que puede correr a ésta hora y descubrir que la lluvia ha decidido ser tibia e infundir un sopor molesto, producto del bochorno. Quiso volver, pero pensó que su vida estaba llena de indecisiones, o de decisiones a medias y se echó a andar. Caminó tres cuadras con las manos hundidas en los bolsillos de la sudadera y los ojos vigilando el andar de sus pies. Había comenzado a pensar que tal vez podría tomar un camión para ir a meterse en un nuevo burdel que habían abierto en una colonia cercana, cuando se detuvo en seco. Ahí, a aproximadamente una cuadra, una mujer con abrigo de cuero y un sombrerito calado de lado, caminaba en su dirección. Tenía una cabellera un poco desteñida, pero claramente caía de forma graciosa sobre sus hombros, era lacio. Joaquín tembló un poco, dudó entre si avanzar o retroceder. Pero sus pies seguían sucediéndose uno frente al otro.

Recordó los muchos otros encuentros fortuitos sobre los que alguna vez había leído o escuchado, y una imagen de trenes encontrándose en la mitad de la nada le vino a la mente. La muchacha parecía no haberse dado cuenta de que Joaquín se encontraba a escasos 5 metros de ella, un movimiento rápido de su cabeza la delató.

— ¡Joaquín!— gritó alzando las manos, demostrando la nueva consistencia blanda y cansada que habían adquirido sus brazos. Joaquín intentó parecer sorprendido.

— ¡Laura!, ¿cómo estás?, ¡tanto tiempo!—. Las frases de rigor, pensó. Después de todo, años de práctica en encuentros innecesarios lo habían dotado de una colección de palabras que debían concatenarse en un orden específico para parecer naturales.

— Justo iba a tu depa, ¿sigues viviendo ahí?

— Ahí mismo

— ¿A dónde vas?, ¿tendrás tiempo para mí?

La idea de la cerveza fría, unas piernas firmes y una música estridente desaparecieron, había que conversar y evitar a toda costa ese otro pasado.

— Iba por leche... Pero vamos, puedo ir más tarde, el OXXO nunca lo cierran—. Ella sonrió con satisfacción, unos lentes oscuros y gratuitos cubrían su rostro, dejando entrever algunas arrugas.

Echaron a andar conversando la clase de cosas que la gente que se encuentra después de años, tiene que decirse. A Joaquín todo esto le parecía una broma de mal gusto, pero igual no tenía nada mejor que hacer. Calculaba que si todo iba bien, por lo menos se iría metiendo al pasado que le gustaba recordar. La lluvia había comenzado a ponerse de un humor tal, que todo mundo la ignoraba, prácticamente inexistente se empeñaba en golpear los lugares más impensados, como para recordar que podía desatar un temporal, si lo quisiera.

Al abrir la puerta, la humedad fue la primera que salió a recibirlos.

—Vaya Joaquín, te hace falta una mujer— comentó la invitada, dejando caer una mano huesuda sobre el hombro de su anfitrión.

Él le devolvió una mirada aburrida, aderezada con una sonrisa falsa. Laura entendió el mensaje y calló. Se sentaron en la cama, porque no había sillas, y Joaquín se disculpó. Laura planchaba la sábana con su mano izquierda y miraba al piso.

Bueno, dime, ¿para que soy bueno?—.

— Para muchas cosas Joaquín, pero hoy... tengo que decirte... —.

— ¿Decirme qué?— dijo, con un tono ligeramente molesto, porque en el fondo, a pesar de saber el estado de desolación en que se encontraba, deseaba que todo permaneciera intacto. Se había acostumbrado a una vida insípida y la idea de que Laura le dijera algo que ya no esperaba le molestaba. —...ando mal... y... ya no soy la de antes... pensaba que por nuestra amistad... podrías ayudarme... — . comenzó a sollozar, soltando grandes y largos suspiros que le impedían hablar. Joaquín la contemplaba, esa mujer que suplicaba por ayuda, con un hombre a quien ya no le importaba, a quien ella olvidó, debía estar sumamente desesperada. La abrazó y trató de calmarla. No quedaba de otra, eso era lo que se tenía que hacer en situaciones como ésta, repetir: ya, ya, tranquila, todo va a estar bien; hasta que uno se aburriera o el otro se convenciera de que ya había dado la lástima suficiente.

Estuvieron un largo rato abrazados en el borde de la cama, en silencio, hasta que descubrieron ese sonido tan característico de dos corazones acelerando lentamente. Se miraron, y él comprendió que ella lo buscaba. Ella, no comprendió nada, sólo era el recuerdo de su cuerpo el que actuaba por compromiso.

Él despertó primero cuando aún no había salido el sol y se sintió como antes, quiso abandonar aquel otro cuerpo tibio que yacía a su lado, pero la modorra se lo impidió, esperó que ella despertara para levantarse. Ambos se miraron y mecánicamente se vistieron, se arreglaron y sin despedirse, salieron. En la puerta del edificio dividieron sus caminos, él a la casa de su madre y ella al olvido. Al dar la vuelta para esperar el camión, Joaquín sintió algo extraño y se quedó pensando en eso todo el día. Imaginó que algo cambiaba.

El lunes amaneció con gripa. Excepto por eso, nada había cambiado, ni cambiaría. Laura no volvería, ni la Divina Sociedad, y algún otro ocuparía su puesto de Presidente imaginando las posibilidades infinitas de su futura vida. Su innecesaria vida.

lunes, 2 de junio de 2014

Castigos [Rafael Alberti]



Es cuando golfos y bahías de sangre,
coagulados de astros difuntos y vengativos,
inundan los sueños.

Cuando golfos y bahías de sangre
atropellan la navegación de los lechos
y a la diestra del mundo muere olvidado un ángel.

Cuando saben a azufre los vientos
y las bocas nocturnas a hueso, vidrio y alambre.
Oídme.

Yo no sabía que las puertas cambiaban de sitio,
que las almas podían ruborizarse de sus cuerpos,
ni que al final de un túnel la luz traía la muerte.

Oídme aún.

Quieren huir los que duermen.
Pero esas tumbas del mar no son fijas,
esas tumbas que se abren por abandono y cansancio del cielo no son estables,
y las albas tropiezan con rostros desfigurados.

Oíd aún. Más todavía.

Hay noches en que las horas se hacen de piedra en los espacios,
en las venas no andan
y los silencios yerguen siglos y dioses futuros.

Un relámpago baraja las lenguas y trastorna las palabras.
Pensad en las esferas derruidas,
en las órbitas secas de los hombres deshabitados,
en los milenios mudos.

Más, más todavía. Oídme.

Se ve que los cuerpos no están en donde estaban,
que la luna se enfría de ser mirada
y que el llanto de un niño deforma las constelaciones.

Cielos enmohecidos nos oxidan las frentes desiertas,
donde cada minuto sepulta su cadáver sin nombre.

Oídme, oídme por último.

Porque siempre hay un último posterior a la caída de los páramos,
al advenimiento del frío en los sueños que se descuidan,
a los derrumbos de la muerte sobre el esqueleto de la nada.

Rafael Alberti

jueves, 29 de mayo de 2014

Incomprensión



Resisto a tu mirada
a tus labios buscando mis labios
a tus manos vestidas de mí

resisto a tus palabras
a la cadencia de tu voz
a las sílabas que pronuncias
como pronunciando
poesía


resisto a tu abrazo
a tu piel sin ropas
a tus ropas sin ti

resisto el discurso de tu sudor
cuando sudas con mi sudor
cuando nos hacemos nosotros
y nos olvidamos de lo que fuimos
tú y yo
separados

resisto casi todo
verdaderamente
¡casi todo!
excepto
(siempre hay un excepto):

no resisto
tu ausencia.

Jorge Gómez Naredo

lunes, 26 de mayo de 2014

Siempre o nunca [Mario Benedetti]


Hay quienes confunden la palabra siempre con la eternidad. Antes que nada conviene aclarar que la eternidad es un cuento chino. En cambio, siempre sí existe: es una permanencia o más bien una rebanada de tiempo. Si uno dice: «En invierno siempre me resfrío», ya le está poniendo un límite, porque su vigencia no alcanza, digamos, a la primavera. O sea que se trata de una permanencia con límites. Si un hombre y una mujer se casan, creen estar unidos para siempre, y se olvidan de que en el peor de los casos ese siempre puede concluir en un divorcio, y en el mejor puede durar hasta que uno de ambos estire la pata o acaben juntos en un accidente aéreo.

Ahora bien, siempre es antónimo de nunca, y ésta sí es una palabra definitiva: cuando cierra el portal no pasa nadie, ni siquiera un misil.

Hay quienes consideran al reloj como un símbolo de siempre, porque su aguja da vueltas y vueltas y pasa y repasa por el mismo número, por la misma hora, pero en uno de sus giros puede agotarse la pila o atracarse la cuerda, y el reloj se queda sin siempre. O sea que esa palabra puede ser una vida o también un soplo instantáneo.

«Siempre fue antaño mejor que hogaño» dice el refrán, pero los refranistas a menudo exageran. Aun así, cuando en la infancia decimos siempre, la palabra abarca kilómetros y alegre pompa, pero cuando, ya octogenarios, decimos siempre, nos basta con un bostezo y también una pompa, pero fúnebre.

Lo más prudente es habilitar dos bolsillos del chaleco: uno para guardar a siempre y otro para esconder a nunca.

Mario Benedetti 

martes, 29 de abril de 2014

La voraz lejanía


"Yo ya no soy feliz sin ti ese es el problema", dijo ella una vez, con su corazón tendido al sol.

Pocas veces demostró su verdadero sentir así. Prefería guardar silencio, refugiarse en ella misma y explotar las verdades hasta que la crisis emergía de alguna u otra forma.

Extraño la intensidad de esos días. Sin embargo, volvería a vivirlos aún sabiendo que el derrumbe estaba marcado desde el primer momento en que me miró con sus ojos inmensos.

Será by Las Pelotas on Grooveshark

jueves, 24 de abril de 2014

Hadag Nahash y el hip-hop en la línea de fuego


En medio de la encrucijada de un país inmerso en un conflicto armado que parece hacerse eterno, con una sociedad que lucha por mantener sus principios intactos, Hadag Nahash apareció para tratar de enmendar la realidad y compartir una visión de las cosas diametralmente opuesta a la que actualmente ofrece su país Israel.

La rebeldía ha estado ligada a este grupo desde que apareció en el año de 1996, buscando despertar la conciencia de sus connacionales por medio de sus letras de protesta social y una mezcla de música entre hip-hop, el rock, reggae y sonidos del funk, sin perder el equilibrio entre este estilo y los sonidos provenientes históricamente de las culturas en medio oriente.

Un grupo que en muy poco tiempo se volvió un fenómeno de masas y consiguió miles de seguidores en todo su país, lo que provocó la atención de los medios de comunicación, quienes desde entonces les han otorgado un lugar preferencial en sus pantallas y micrófonos.

Uno de los momentos estelares de la banda lo vivieron al componer la melodía '' Shirat Ha'Sticker'' ('' La Pegatina canción'') junto al escritor y ensayista israelí David Grossman, en la que dotan de un sentido irónico y particular a cincuenta y cuatro consignas políticas que aparecen constantemente en las ventanas traseras de los coches de Israel.

Calcomanías que para Grossman, son un símbolo inequívoco de intolerancia. '' Cuando tuve a mi lista de etiquetas engomadas, me di cuenta de que es como una cápsula de israelidad, toda la brutalidad y la agresión y la necesidad de salir de esta situación'', dijo el también autor de “La muerte como una forma de vida”, en una entrevista al diario The New York Times, en 2004.

Una relación de intolerancia y racismo, de la que tampoco ha escapado el vocalista de la banda, MC Shaanán Street, quien relató en 2008 a un portal de internet israelí, cómo vivió muy de cerca las tensiones cotidianas entre árabes y judíos, en su etapa de mesero en un bar de Jerusalén.

“Yo solía trabajar en el turno de la tarde y una tarde de sábado que era sólo yo y otros dos chicos en el bar, de repente aparece un hombre que nunca hemos visto antes. Él no dice nada, sólo da movimientos al grifo de cerveza, por lo que le sirvo una cerveza. Se ve nervioso, así que yo también me estoy poniendo nervioso, y él no dice nada, lo que me pone aún más nervioso. Finalmente, uno de nuestros clientes va a hablar con él. Resulta que era un trabajador de la construcción de Turquía, pero en una ciudad plagada de atentados terroristas, incluso las interacciones entre árabes y judíos más simples se puede torcer”.

Hadag Nahash es una alternativa para conocer a Israel desde con una historia singular construida a base de la denuncia social con posicionamientos claros en contra de la desigualdad, la pobreza y el racismo entre unos y otros por vivir diferentes culturas.

lunes, 3 de marzo de 2014

El amor como campo de batalla


Amor en singular, amor en plural. Amor a la vida, amor a la tierra, amor a la madre, amor a la amante. Amor platónico, amor prohibido, amor libre, amor propio. Queda claro que existen miles de formas de amar y miles de formas de ser amado.

Sin embargo, ¿qué sucede cuando dos tipos de amor se confrontan, se excluyen y entran en una encarnizada lucha por el dominio del corazón?

Una posible respuesta a esta interrogante está incluida en Club Sándwich, una película mexicana que logra desentrañar la batalla entre el amor de madre y el amor surgido espontáneamente por enamoramiento, algo que si bien se puede conciliar, no deja de estar presente en el día a día de nuestra sociedad, sobretodo en la adolescencia pues es ahí donde el hijo comienza a descubrir nuevos mundos y también nuevos amores.

La historia de Club Sándwich comienza con Paloma (María Renée Prudencio), una joven madre de 35 años que siendo ella misma, ha sabido ser la amiga perfecta de su hijo Héctor (Lucio Giménez Cacho Goded) , un chico de quince años, rodeado de interrogantes y deseos de descubrir el mundo en el que está inmerso.

Es en ese contexto, en el que aparece Jazmín (Danae Reynaud), una adolescente de 16 años desenvuelta y atractiva, que de pronto, logra atraer toda la atención de Héctor, lo que en definitiva comienza a pesar en Paloma, quien se da cuenta que a partir de ahí, su vida con Héctor no volverá a ser la misma.

Contrario a lo que podría pensarse, la mirada del filme no está puesta en la relación que van tejiendo Héctor y Jazmín, sino en lo que siente Paloma, quien es la protagonista de la trama, según confesó a La Jornada Jalisco en octubre pasado, el director y guionista de Club Sándwich, Fernando Eimbcke.

“Empecé a escribir y empecé a descubrir que el personaje principal era Paloma, no Héctor, Héctor es un personaje muy importante en la relación de los dos pero el personaje con mayor conflicto era Paloma y en la escritura del guion empecé a escuchar la voz de Paloma y empecé a descubrir cosas que yo compartía con ella”.

Y no sólo eso, Eimbcke descubrió que lo que él contó en este filme, de alguna manera lo lleva al pasado.

“Siempre me ha interesado ese tema, yo creo que de alguna manera sigo siendo un adolescente aunque tengo 42 años pero como que a uno le gusta poder regresar a eso, a la infancia, a la adolescencia”.

La cinta, cuenta con la fotografía de María Secco, la música de Camilo Lara y se estrena este 2014 en las salas de cine mexicanas, después de haber participado en diversos festivales internacionales, como el Festival Internacional de Cine de Toronto, el Festival Internacional de Cine de Morelia y el Festival de Cine de San Sebastián, en la que Eimbcke recibió el premio como Mejor Director.

sábado, 1 de marzo de 2014

La batalla por Martha



En ese entonces, teníamos la idea de que las monedas no parecían ser lo suficientemente justas, para poner la cuestión a su merced. Se habían agotado las razones y, siendo niños, no queríamos inmiscuirnos en golpes que se transformarían en regaños y castigos al llegar a casa. Después de todo Julián era mi amigo, no nos íbamos a partir la mandarina en gajos por ella. 

Ya hacía varios meses que los rencores venían creciendo y para nadie era un secreto que nuestra relación se deterioraba. Manuel sugirió el duelo y yo acepté a la primera, Julián dudó un poco, sabía que mi habilidad con las máquinitas podría jugarle en contra, pidió una semana de preparación. El día elegido fue martes, durante el receso. Nos presentamos los dos y nos dimos la mano, como habíamos visto en tantas películas. Manuel se paró en medio de ambos y llamó al público. No era necesario, a nuestro alrededor comulgaban poco más de quince niños y se empujaban unos a otros. Julián y yo entrelazamos nuestras manos y nos dirigimos una mirada letal cuando izamos los pulgares. El dedo de Julián parecía más largo que de costumbre, delgado y largo se erguía desafiante, el mío un poco más grueso, parecía moverse impaciente. ¡Empiecen! Gritó Manuel, seguido de un bullicio de niños que rogaban que los dejaran ver. Julián avanzaba desesperado tratando de controlar mis movimientos, yo observaba su dedo ir y venir, intentaba estudiar como trabajaba. Con movimientos rápidos salía al encuentro de la falange y trataba de dominarlo, tenía bastante fuerza y en un descuido logró dominarme por tres segundos. ¡Punto para Julián! Avisó Manuel y el público festejaba. Nos acomodamos de nuevo y aproveché para limpiar mi sudor, Julián dejó que el suyo corriera, grave error. “¡Fight!”, dijo Manuel imitando a los juegos de las máquinas. Esta vez embestí con furia, no iba a dejar que un dedo flacucho me ganara, por mucho que fuera mi amigo, ¡Se trataba de Martha!. Julián retrocedía asustado y mi dedo se contorneaba como una víbora, atacaba y regresaba. Julián comenzó a sudar más, en dos ocasiones lo dominé por dos segundos pero logró zafarse. Fue entonces cuando vi una gruesa gota de sudor a punto de resbalar hacia su ojo y lo empujé para aprovecharla. Cerró los ojos un momento y su pulgar cayó exhausto. ¡Punto para Javier!, gritó Manuel y no pude evitar sonreír abiertamente. Algunas niñas se habían acercado a ver la faena y les dirigí una mirada. ¡Punto final! Advirtió Manuel, ¡Punto final! Entrelazamos nuestras manos con furia y comenzó la batalla. Manuel seguía con avidez las estocadas de los pulgares, el sudor corría por las mejillas color canela de Julián y sin duda por las mías, el sudor inundaba nuestros ojos, pero el temor a perder hacía que nos las tragáramos. Casi bailábamos, un paso adelante, otro a lado, uno hacia atrás, los pulgares dominaban nuestros cuerpos, las manos casi se lastimaban en su intento por alcanzar al contrario, las uñas se enterraban en nuestros dedos para causar dolor, pero no cedíamos. Un niño provocador comenzó a gritar ¡Pela!, ¡pelea! Y le siguieron los demás. El calor encendía mi cabeza y en uno de los pasos que dimos, estuve a punto de resbalar, en el fondo la vi, Martha comía un helado junto con Juventino, los dos muy solos mientras nosotros intentábamos decidir quien se quedaba con ella. Me incorporé y con fuerza apreté el pulgar de Julián, la cuenta de Manuel lo sentenció. Los ojos sorprendidos de Julián buscaron los míos y se le encendieron de rabia, estaba a punto de estallar y lo abracé, ¡No seas pendejo!, le dije, Martha es de Juventino.

martes, 25 de febrero de 2014

La insólita vida de alguien común


La vida misma con sus dificultades y adversidades, pero también con su generosidad y el cariño de las personas, es retratada en Los insólitos peces gato, un largometraje mexicano reconocido en diversos festivales de cine en el mundo.

En el filme se cuenta la historia de Claudia, una joven solitaria envuelta en una rutinaria vida, con un trabajo en una gran cadena comercial que la explota de manera silenciosa y la convierte en un objeto con una mano de obra que carece absolutamente de valor, sufre un severo caso de apendicitis y de pronto se encuentra en la sala de un hospital.

Cuando todo parece empeorar, Martha, una mujer que ocupa una cama contigua a la suya entabla una relación de amistad con ella y cambia su existencia por completo, haciéndola parte de su familia, hasta el punto en que ambas, terminan entrelazando enteramente sus vidas. Una situación que no cambia en los momentos más difíciles de la trama, cuando una de las protagonistas ocasiona una irreparable ausencia, difícil de comprender y asimilar.

La cinta filmada en Guadalajara, está basada en la vida de la directora Claudia Sainte-Luce, quien hizo la cinta para rendirle un homenaje a una mujer y su familia, a quienes conoció cuando tenía 20 años de edad. Por lo cual, para la realizadora es difícil despegarse de los sentimientos a la hora de contar esta historia, ya que no se puede ser de hielo ante lo vivido, ni siquiera a la hora de compartirlo con el espectador que se encuentra detrás de la pantalla.

“En mi película hablo no desde la razón, sino desde mis sentimientos, por eso hablo de la familia porque es lo que me conecta con mis sentimientos. Tal vez podría hacer una película donde hablara la cabeza, pero no estaría hablando mi corazón” dijo Sainte-Luce en entrevista con La Jornada Jalisco, el 25 de Agosto del año pasado.

La opera prima de Sainte-Luce ha sido ampliamente reconocida en el mundo del cine. En 2012 recibió el Primer Premio en la sección Primer Corte, Ventana Sur, en Argentina y en el año 2013, el Premio del Público Joven a la Mejor Película, otorgado por el Festival Internacional de Cine de Locarno, Suiza, el Premio FIPRESCI de la Crítica Internacional en el Festival Internacional de Cine de Toronto, Canadá, y el Premio a la mejor interpretación femenina (Lisa Owen y Ximena Ayala), en el Festival de Cine Latinoamericano de Biarritz en Francia.

miércoles, 19 de febrero de 2014

Un club con las horas contadas



La vida puede dar vuelcos sorprendentes en una fracción de segundos. Una noticia, una acción, una decisión, cambian las circunstancias en las que nos desenvolvemos por siempre.

Eso es lo que sucede en la cinta hollywoodense "El club de los desahuciados", que logra conectar la vida de dos personas disimiles en su totalidad, finalmente entrelazadas por una historia en común de desahucio.

La trama de la película está basada en la vida de Ron Woodroof (Matthew McConaughey), un cowboy texano que al contraer VIH-SIDA y darse cuenta de que le quedan muy pocos días de vida, comienza a buscar una salida a través de una droga aprobada por la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA), pero en su intento, casi pierde la vida.

Atormentado por su situación, Ron alcanza a dilucidar esta problemática dándose cuenta que él no es el único con el mismo problema, de ahí que de pronto nazca en él una idea excelente: crear el Dallas Buyers Club, un lugar de compradores que provee de tratamientos alternativos que ponen en jaque a las autoridades estadounidenses y a la industria farmacéutica global.

En su aventura, Ron es acompañado por la doctora Eve Saks (Jennifer Garner) y la transgénero Rayon (Jared Leto), con quienes su vida da un vuelco sorprendente, pues tras estar inmerso en una sociedad estadounidense de los ochentas, en la que su personalidad de vaquero lo obliga a ser el hombre poderoso, homófobo y mujeriego, Ron pone a prueba su humanismo.

La cinta, sin contar con una gran inversión como la mayoría de las producciones estadounidenses, desmorona los clichés y los estereotipos detrás de la sociedad norteamericana, con actores que habían desaparecido en los tiempos recientes, sorprendiendo a una industria cinematográfica envuelta en remakes e historias muy similares, con un final totalmente predecible.

Y ni qué decir de la actuación del actor Matthew McConaughey, quien se tomó muy a pecho el personaje que iba a interpretar e inclusive perdió más de 20 kilogramos, con tal de reproducir fielmente al protagonista de la historia.

“Se te para el corazón al verlo. Es exactamente cómo se veía Ronnie cuando estaba enfermo”, declaró hace unos meses al diario The Daily Mail, Sharon Woodroof Braden, de 70 años, la hermana en la vida real, del personaje interpretado por McConaughey.

Lo mismo se podría decirse del actor Jared Leto, el rockero del grupo 30 Seconds to Mars, quien tras cinco años de ausencia, regresó a la pantalla grande para dejar boquiabiertos a sus detractores, quienes argumentan que casi siempre sus papeles a lo largo de su carrera cinematográfica, han estado marcados por una medianía, lo que el propio Leto viene a romper con su destacada actuación en esta cinta.

Y no es para menos, sus actuaciones le han dado a “El Club de los Desahuciados” la nominación del Oscar a Mejor Película, lo que también ha sucedido con ellos, pues Matthew McConaughey como Mejor Actor, mientras que Jared Leto ha conseguido estar nominado en la categoría de Mejor Actor de Reparto.

Sin duda alguna, este filme norteamericano es una de las mejores opciones para sentarse en una butaca y disfrutar cine de calidad, con gran calidez humana y sentido de crítica social.

lunes, 3 de febrero de 2014

Los 300 crímenes no resueltos de la Carrillo Puerto. Parte 1

Policía de Mérida por  eit1mx @Flickr






Fernando Pech intenta despertar. Sus gruesas e inclinadas pestañas forman una jaula que se encuentra sellada al exterior, casi se puede imaginar el ruido que hacen al chocar unas contra otras durante la separación. El intento no dura mucho, la única ventana de la habitación filtra una luz blanca que anuncia una hora entre las ocho y las diez de la mañana. El hombre ha cometido la imprudencia de mirar directo a la ventana. Mueve su cuerpo pesado, corpulento, setenta kilos rotando sobre un eje que bien podría ser su pie izquierdo, la raída sábana procede a resbalar en unos lados y a enroscarse en otros. Completada la operación, exhala. El aliento anuncia los estragos de la noche anterior: muchas más cervezas de las tolerables, botanas, un cierto sabor a chile, sal, limón, un resquicio de algo que bien podría ser tequila barato, o alcohol mezclado con agua, ciertamente no hay indicios de algún licor dulce. Se relame los labios buscando sabores dulces que recuerden algunos labios de la noche anterior, nada, sus esperanzas se desvanecen al advertir el sabor salado del sudor, y una nueva mezcla de los hedores que desprende su aliento. Se rasca el pecho, mientras piensa que ha sido otra noche en vano. Su prominente abdomen ruge y su cabeza late a intervalos irregulares y bastante molestos, no obstante las repeticiones nunca tardan más de diez segundos en sucederse. Es curioso lo que una persona puede pensar a estar hora de la mañana, o momento, en el que uno se promete despertar y el cuerpo se promete dormir, Pech viaja hasta su primera juerga, en especial, al primer dolor de cabeza después de esa noche de juerga. Pech recuerda que el dolor era tan insoportable que se puso a rezar a la Guadalupe para que lo apartara de él y a cambio, el dejaría la bebida. Como es previsible, ni una ni otro se hicieron caso, tal vez ambos se tomaron por locos, o por embaucadores y para celebrarlo o demostrar que aquello no le afectaba en lo más mínimo, quince días más tarde a penas repuesto del regaño que su madre le había propinado, brindaba por la Guadalupe en El Siete Mares. Este pensamiento lo hizo reír y bostezar.

Intentó por segunda ocasión abrir los ojos y esta vez tuvo éxito. La pared blanca le daba a la habitación una tonalidad azulada mucho más tolerable y sus ojos se adaptaron en cuestión de segundos. Sentía su cuerpo grasoso y fresco a la vez. Era perfecto que aquella mañana no tuviera que ir a trabajar, no es que odiara su trabajo, ser policía siempre le había gustado, sobre todo en esta ciudad. Mérida, se caracterizaba por ser una de las ciudades más seguras del país, una isla en un territorio sumido en la guerra y si para la opinión pública Mérida era algo como un oasis, para los meridenses el Norte de la ciudad venía a ser como un paraíso de las clases medias y altas. A Fernando todo esto le importaba un bledo, sólo sabía de sus conversaciones con un par de colegas de otros estados donde la cosa si había estado fea. Mientras ni toquemos al narco, o el narco no nos toque, prefiero seguir resolviendo chismes del vecindario, pensaba.

Un sonido familiar lo sacó de su letargo, su celular. Se sentó en el borde de la cama y alargó el brazo hasta su mesa de noche para tomar el aparato. El cuerpo frío del viejo Nokia le pareció molesto, había un mensaje nuevo: “Fer el Cuña se reportó enfermo o buscas a alguien más o vas en chinga”. A Fernando sólo le bastó comenzar a leer la palabra enfermo para comenzar a proferir maldiciones, no era para menos, éste era su primer sábado libre en un mes y el Cuñado, aquél cabrón seco e inútil se había vuelto a enfermar, era la décima vez en el año. Para peor, el rencor de Fernando contra el Cuñado crecía porque era recomendado y no se le podía tocar, de hecho, sospechaba que sus continuas faltas por enfermedad eran producto de resacas, como la que padecía él ahora. Se levantó de la cama con algunas precauciones y de mala gana acercó una silla a una mesa de plástico. Tomó la libreta amarilla que se encontraba ahí y comenzó a hojearla, marcó algunos números, hizo algunas llamadas, pero no tuvo éxito, no contestaron, o estaban ya en servicio, nadie podía suplirlo. Golpeó fuertemente la mesa con su puño de forma que el objeto y su contenido se elevaron unos pocos milímetros. El celular resbaló de su mano y cayó en el piso, volvió a sonar: “Fer, ya va Chango por ti urges allá”, habían pasado treinta minutos del primer mensaje. “Urges aquí”, le causó gracia, que podría realmente urgir en este día y en esta colonia. Era cierto, la Carrillo Puerto no tenía fama de ser una colonia de ricos, tampoco de ser una colonia sin nota roja, pero en los últimos meses, como en los últimos años todo se reducía a una serie de crímenes de fácil solución que al final quedaban atorados en la burocracia. En eso consistía su trabajo, en hacer que los crímenes sencillos quedaran atorados en el aparato de la justicia y eventualmente atrapar a uno que otro ladrón de mil, porque el monto de lo robado no excedía de esta cantidad. En sus siete años trabajando al frente de la Comandancia del Departamento de Policía de la Carrillo Puerto había tenido la oportunidad de asistir a dos crímenes pasionales, un par de rumores sobre pervertidos que nunca acababan por esclarecerse, tres desalojos de casa habitación, apoyar durante un cateo, alrededor de veinte robos de más de diez mil pesos e inumerables que no excedían los cinco mil. De estos últimos, el botín consistía casi siempre de alguno de los siguientes artículos: televisión, refrigerador, llantas, espejos, bicicletas, triciclos, macetas, ropa, dinero en efectivo, computadoras, cadenas, alhajas, tazones chinos, floreros persas (ambos de imitación) y un muy largo etcétera. Con una mueca de profundo enojo se levantó y se metió al baño contiguo, el agua tenía una temperatura de agradable y le ayudó a terminar de despertar. Se metió a la pequeña cocina con una toalla en la cintura y sacó del frigobar una barra de baguette dura, la partió y armó una escueta torta de jamón que acompañó con un café barato y muy malo. Era para lo que alcanzaba. Desayunó mientras se vestía.

La patrulla 65 llegó treinta y cinco minutos más tarde, después de hacer una parada obligatoria en el puesto de cochinita de la esposa del Chango y sonó la bocina dos veces. Fernando tomó su maletín de trabajo (o lo que quedaba de él después de sobrevivir cinco años sin lavarse), se miró en el espejo y acomodó su gorra, “¡Lets gou!” se dijo como para convencerse y salió. Chango esperaba afuera, su tez oscura y rasgos toscos recordaban a un gorila, no era precisamente muy inteligente pero era famoso por sus chistes bastante machistas aunque buenos y su puntualidad envidiable, había ganado el premio por puntualidad tres años seguidos.

¡Comandante, Buenos días! el sonido del motor se encontraba en el fondo y se confundió con la cerradura de la puerta
Buenos días Pacheco ¿Como andamos?
Bien mi jefe, chambeandole —. Dijo mostrando una sonrisa franca que se antojaba un poco pícara
¿Que sucede Pacheco? — abriendo la puerta de la patrulla
Nada, volvió a faltar el güero —.La patrulla comenzó a moverse, sorteando los baches del camino.
— Ese pendejo, no sirve para nada
— Así es mi jefe, pero ya ve, es niño de papi
— Que le vamos a hacer...
— Se le ve cansado —. ¿No había nadie más?
—Nadie, me huyen, le huyen al trabajo
— Gente floja, por todos lados hay
— Y a mi me joden. — ¿Que urge tanto que te mandaron por mi?
— Robos y más robos, ¿Como que ya son muchos?, ¿no le parece? —. Mirando como si insunuara que la reciente ola de robos era algo mucho mayor que sólo una serie de sucesos al azar. La idea, reflexionó rápidamente Fernando era tentadora, después de todo uno podría creerse el tal Sherlock del que hablaba la gente, o como en esas películas donde una sola persona descubre que existe un patrón en lo que a primera instancia es una serie de momentos totalmente aleatorios.

— Naaaa, no lo creo, estas cosas pasan, lo que jode es que me paren sólo por estas tonterías — con una sonrisa condescendiente por haber identificado la necesidad del Chango por pertenecer a algo más grande que andar cazando raterillos o niños traviesos. El Chango le devolvió la sonrisa — ¿Cómo cuanto robaron ahora?
— Pues, no estoy muy seguro, parece que por persona son alrededor de seiscientos pesos —. Con tono desinteresado y la vista en el camino
— ¿Por persona?
— Así es mi jefe
— ¿Cuantos están en la comandancia?
Los ojos del Chango volvieron a animarse y la sonrisa se le escapó por las comisuras de los labios al escuchar la pregunta.
— Unos quince... veinte quizá
— ¡Veinte!
— Más o menos, todos ocurrieron anoche, todos entre las tres y las seis de la mañana —. Y agregó en tono triunfal — ¿Tons que?, ¿puritita casualida?
— Ya no parece tanto, ¿cuanto es el monto de cada uno? — incómodo por sentirse engañado por una inteligencia inferior.
— Varía, van de los trescientos a los seis mil, una televisión

La cabeza de Pech estaba ahora mucho más dispuesta a pensar y comenzó a retroceder hasta los números del reporte del último mes. Recordaba que los robos a casa-habitación habían aumentado considerablemente, se habían reportado un total de veinte robos de distintos objetos. Sin embargo, en las calles, los rumores de robos no reportados habían venido creciendo desde el año pasado. Primero eran objetos sin valor aparente, en algunos casos meramente sentimental, pero el monto había ido aumentando. El Domingo pasado su hermano junto con su padre se dispusieron a inventariar las cosas que la gente había perdido, eran ya alrededor de doscientos cincuenta objetos. Afortunadamente para Fernando, el poder de la burocracia había mantenido las cosas en control, es decir, los oficiales a su cargo estaban trabajando, aunque trabajar significara esperar las órdenes para iniciar las investigaciones correspondientes. La burocracia había rechazado el 85% de las declaraciones por faltas de ortografía, manchones en las orillas, “falta de datos”, entre otras razones cada vez más incompresibles como “exceso de tiempo en la pila, redáctela de nuevo por favor”.

— ¿Que piensa jefe?
— Nada, que tal vez tengas razón, pero por ahora sólo podemos levantar las declaraciones y enviarlas, nada más
— Ni modo, seguiremos sin ver acción —. Y agregó convencido — yo creo que ha de ser el Barrabás, ya no deberíamos soltarlo
Las soluciones simples de la mente del Chango eran bastante molestas, siempre guiadas por un desprecio ya irracional por los delincuentes.
— Por más, el Barrabás es un pobre pendejo borracho, no creo que haya podido entrar a veinte casas anoche
— quince
— ¡las que sean!
— Tiene usted razón comandante —. Con un tono más serio. Y agregó alegre — Ni modo, a hacer papelitos

El Chango estacionó la patrulla frente a la comandancia, el Sol de las nueve y media de la mañana le daba al cielo un tono azul bastante playero, la ciudad había cobrado vida desde hacía un par de horas y la gente caminaba tranquila hacia y desde el mercado de Chuburná, el ambiente desprendía un aroma a tierra húmeda, el olor natural del trópico. Fernando bajó del auto y cruzó la calle, conforme caminaba sus fosas nasales se llenaban con una mezcla a distintas proporciones de tierra, asfalto y humedad de oficina, cada paso hacía que el último componente de la fórmula ganara presencia. Finalmente frente al edificio y a punto de abrir la puerta de la pequeña comandancia, un olor a papeles viejos, sudores, alimentos grasosos y desodorante barato le asaltó por completo, su rostro se ensombreció y miró de nuevo a la calle, una señora pasaba con un par de tomates rojos, quiso quedarse con esa imagen, como una promesa de lo que habría sido su sábado y que ya no sería, atravesó el umbral de la puerta.



—¡Comandante, Buenos días! —. gritó la voz jovial de la secretaria, sus ojos risueños desentonaban con el aire viejo y rudo de aquella sala, a Fernando le habría gustado haber despertado con estos ojos en su cama, u otros. En última instancia le hubiera gustado despertar con el cuerpo joven de una mujer a su lado, pero eso ya era una fantasía lejana y absurda. Respondió con una sonrisa muy desanimada y la joven continuó — El inspector le está llamando desde temprano, como no vino el güero, no hay quien atienda a la gente —. Los ojos del comandante recorrieron la habitación, la mayoría eran personas de veinte a treinta años, pero habían una señora de unos setenta y una pareja de ancianos de sesenta. También advirtió que la mayoría eran mujeres de abdomen poco plano pero que estaban dos jóvenes de ojos despiertos y curvas generosas y alrededor de tres hombres de mirada ruda. Todos, a excepción de los tres hombres, lo miraban con expectación. Sería una mañana pesada se dijo y entró a su despacho arrastrando los pies, ya en el umbral y antes de cerrar la puerta dijo a la secretaria — Traigame un café, cargado, sin azúcar, y después que pase el primero —. Se hizo el bullicio mientras la delgada puerta de triplay se cerraba lentamente.

viernes, 17 de enero de 2014

Hasta pronto, querido Gelman


A veces, uno se pone bien triste con la noticia de una pérdida y  un inmenso hueco nace en lo más profundo de su corazón. Uno se queda huérfano, absorto de la realidad y de sí mismo. Cuesta trabajo aceptar la partida.

A media tarde del martes, el poeta Juan Gelman, se marchó para siempre. De a poco, abrió sus alas  y con sus ochenta y tres años de existencia, voló muy alto, muy lejos. Abajo, quedamos los devoradores fervientes de sus palabras, quienes estamos hechos de su poesía, pero también de sus silencios.

 Revolución, dulzura del mundo, carestía de la vida. Resistencia, coraje, izquierda, melancolía, olvido. Alfombra de la victoria, tango, apetito, juventud. Amor, miedo, árbol. Resplandor violeta, lucha, calor en medio de la noche. Amargura, lluvia, pequeñeces de la vida. Otoño suave, partidas, balazos. Huesitos, guerra, sombra, paz. 

Mujeres, nuestro, nada, todo. Rostros, niñez, oscuridad. Ternura, Atados por sus labios, pañuelo.  Memoria, ruiseñores, tortura, combates, juventud, muerte. Estado de sitio, callar, exilio, tormenta, país. Andar tan infelices, pajaritos, ventanas. Café, malos recuerdos, París nocturno. Desierto, desprecio, resplandor de vos.

Soledad, expulsado, mesa, catástrofes. Verte, sufrimiento,  fuegos, besos del encuentro y del adiós. Palacios, vos, escribir, alma. Brazos, banderas, abrazos, dolor. Denuncia, robo. Emperrado, corazón, amora.

Las palabras se esfuman, uno quisiera decirlo todo y termina diciendo nada. 

domingo, 5 de enero de 2014

Mi primer cuento






Esta es mi primera entrada en este blog. Quiero compartir el primer cuento que escribí, es bastante personal pero lo haré como agradecimiento por invitarme. Un poco de contexto: este cuento solo lo he leído un par de veces (supongo que entenderán porque), la primera fue cuando lo escribí y la segunda para una pequeña revisión y edición. Aquí lo dejo:


Mi abuelo
Por Carlos Riancho

Recuerdo muy bien a mi abuelo, mantengo una fotografía suya enmarcada en mi escritorio.

Recuerdo muy bien las tardes de verano que pasábamos juntos limpiando la piscina, a la cual posteriormente entraríamos juntos a refrescarnos del caluroso clima.

Cómo olvidar la casa en la que vivía, cerca de la plaza de toros a la cual nunca pude asistir con él. Supongo que las corridas no eran de su agrado, nunca le pregunté.

Vivía en una casa amplia de un piso. Al entrar podía ver uno la sala y el comedor. Recuerdo las sillas de madera pintadas de negro alrededor de una mesa redonda con una cubierta de cristal.

Cuando era un niño, todos los años en navidad instalábamos un nacimiento en un rincón de la sala. Mi abuelo apilaba un par de cajas, a veces hasta tres, y las cubría con un papel gris de una textura fibrosa lo cual daba el aspecto de tierra. En el nivel inferior del nacimiento colocaba un pequeño espejo en posición horizontal que luego cubría de un papel azul transparente para simular un pequeño lago.

En el nivel superior colocaba el pesebre en el cual, según la tradición, nacería el niño Jesús. Recuerdo como adornábamos el nacimiento con una inmensa variedad de animales de arcilla. Desde vacas, flamingos, pequeños peces en el lago, perros, gatos, patos, y muchos otros. Una vez me llevó a la plaza en la que compraba esas figuras de arcilla y quede fascinado por la variedad y belleza de cada una. Siempre quise regresar con él. Nunca pude.

Ansiaba construir el nacimiento con él y jamás iniciaba sin mí. Era un ritual hermoso, íntimo.

Cuando mi mamá me regañaba en casa de mi abuelo yo corría a su hamaca y me acostaba sobre él, fingía dormir. Podía escuchar a mi abuelo decirle a mi mamá “Ya se durmió, tendrá que quedarse a dormir aquí hoy” y mi mama accedía a pesar de que ambos sabían que yo estaba fingiendo. Recuerdo perfectamente su voz.

Recuerdo muy bien que la casa tenía un amplio patio en el cual, en la parte más alejada de la casa, había un pequeño jardín con unos cuántos árboles, entre ellos uno del que bajaba limones de vez en cuando.
En este jardín mi abuelo me enseño a colocar trampas para tortolitas. Unos curiosos pajaritos de color café y partes grises con las alas adornabas de retazos negros.

La trampa consistía en una pequeña jaula de madera con barrotes de metal. Colocábamos en el centro de un poco de pan y la plantábamos en el centro del jardín. Recuerdo que revisaba constantemente si algún pájaro hambriento y despistado había caído. Jamás lastimábamos a los pájaros, los soltábamos después de atraparlos, era una simple travesura.

En el patio de la casa había una piscina, no es la misma de la que les hablé hace un momento pero en esa igual nos metíamos a bañar para quitar el bochorno producido por el exceso de calor. Recuerdo que jugábamos con pequeños barcos de plástico mientras esperábamos que el agua alcanzara su tope aún con nosotros dentro de la piscina.

La piscina de la que les hable al principio estaba en la otra casa de mi abuelo. Una casa que solía visitar continuamente cuando quería estar solo para leer y para practicar una de sus grandes pasiones: la jardinería.
Llamaba a esta casa “La Maya” por la colonia en la que estaba ubicada. Era una edificación pequeña pero con un terreno muy amplio. En el terrero había arboles de mango, naranja y otras frutas, recuerdo como bajábamos mango cuando aún estaba un poco verde para sazonarlo con chile y limón para comer. Los limones los conseguíamos ahí mismo.

En La Maya había un pequeño estanque en la parte de atrás. Lo visitábamos cada temporada de lluvia y recogíamos pequeños renacuajos que se criaban ahí.

Esos fueron mis primeros encuentros con los ciclos de la vida. Todos los años era testigo de cómo pequeño seres parecidos a peces iban transformándose. Primero les salían las patas traseras, luego las delanteras y poco a poco iban perdiendo la cola hasta transformase en diminutas ranitas. Me fascinaba. El flujo del tiempo es algo en lo que aún puedo cavilar por horas.

Justo en el camino que llevaba a la piscina había una roca. Por supuesto que no era cualquier roca, de lo contrario no estaría hablándoles de ella. Ésta tenía la forma de un pez que levantaba la cola hacia el cielo como si estuviera siendo parte de una danza artística, me intrigaba cómo y dónde la encontró mi abuelo. Era hermosa.

Recuerdo muy bien a mi abuelo, desde muy corta edad me acercó a la lectura comprándome libros de dinosaurios. Libros con dibujos coloridos y descripciones amplías sobre las bestias que dominaron la tierra muchísimo antes de que la raza humana diera los primeros pasos.

Fue gracias a estos libros que mis maestras de kínder se quejaban (o solo comentaban, nunca sabré) de que nunca paraba de hablar de dinosaurios. Adoraba la película de Jurassic Park, en ese tiempo solo existía una y, como ya habrán adivinado, mi abuelo la compró para ver juntos. Al verla por primera vez actué como si no tuviera miedo junto a él, acostados en hamacas continuas y con las luces encendidas. Nos reíamos cuando el Tiranosaurio Rex atacaba los indefensos coches de los humanos. Años después, ahora que pienso en esa noche, puedo darme cuenta de que él sabía que por dentro sí le temía a ese enorme dinosaurio pero jamás llego a saber que su presencia era la que me daba seguridad y confianza. Jamás se lo dije.

Cuando cierro los ojos puedo ver claramente que grabó para mí las primeras películas de Star Wars, las únicas tres que había en ese tiempo. Las grabó en aquellos Beta que ahora han dejado de existir. Su último obsequio antes de fallecer repentinamente fue algo de dinero. Con ese dinero me compre las mismas películas en DVD y ahora se encuentran entre mis posesiones materiales más valiosas. Para mí son un símbolo de su amor y dedicación.

Mi abuelo alimentó mi mente. La llenó de dinosaurios, naves espaciales, piratas y demás construcciones fantasiosas de la humanidad, la llenó de la naturaleza: su flora y su fauna. Llevó mi imaginación a un nivel estratosférico y se aseguró de que el niño en mí jamás muriera. Nunca he recibido un regalo más grande.

Amaba la música clásica. Conducía un Sentra gris del cual no recuerdo el año pero si recuerdo que siempre contaba con cassettes de música clásica. Era muy pequeño para recordar nombres y piezas completas pero recuerdo sus explicaciones: “Este es un vals” o “Esta pieza es muy animada”. Me gustaría decirle lo mucho que pienso en él cuando escucho el mismo género de música. Ahora podría aprender más de él.

Un día, alrededor de Abril, fue internado en el hospital por un golpe menor, no recuerdo con exactitud pero sé que no era algo grave, ni cerca de serlo.

Un par de días después mi mamá y mi papá fueron a visitarlo, yo no fui. Me contaron que lo vieron muy animado con la jovialidad característica en él. Pronto saldría y sería como si nada hubiera pasado.
Al día siguiente de la visita me encontraba en la escuela, revisando mi mochila cuando la prefecta se acercó y me dijo “Vinieron a buscarte, tienes permiso para salir”. En ese momento supe que algo le había pasado, fue instantáneo. Un sentimiento que algunos podrían clasificar como una revelación divida, sé que fue producto de la mera intuición.

Al bajar las escaleras y llegar al vestíbulo me encontré con mi padre que tenía una expresión seria, fría. Asustado, le pregunté por mi abuelo y me respondió, con la voz más serena que le permitieron los sentimientos: “Falleció a las 6 de la mañana” y no pudo terminar la frase sin que se le rompiera la voz. Escuchar a mi papá llorando me ha dejado un gran impacto, me partió el corazón.

No lloré en el camino al hospital. Los árboles, las personas, los coches y en general los colores que siempre me gustaba observar cuando iba con mi abuelo en el coche ahora eran distintos tonos de gris. ¿Por qué sonreía la gente de la calle?

Finalmente llegamos al hospital y me deshice en llanto al verlo, parecía tan tranquilo, como si estuviera durmiendo. Pero yo sabía que no era así. Lloré el resto del día. Y al día siguiente.

Mis padres forman el matrimonio más sólido que conozco y son ellos los que me hacen creer que el amor verdadero existe y está esperando, pero mi tía, la hermana de mi mamá, no fue tan afortunada. En medio de problemas en su matrimonio tenía que luchar para salir adelante con 3 hijas pequeñas y mi abuelo hacía hasta lo imposible por ayudarla, al final el estrés pudo más que su corazón.

Siempre recordaré a mi abuelo como el hombre que fue y más aún, lucho por ser el hombre en el que quería que me convirtiera.

Esa navidad no hubo nacimiento en su casa, hacía mucho que había dejado ese ritual a un lado. Supongo que en la prisa por crecer olvidé los pequeños detalles que me fueron definiendo desde niño y el amor que dejó una gran marca en mí.

El sentimiento de frustración, el dolor que sientes hasta en los huesos, la rabia e impotencia al perder a un ser tan querido. Tantos sentimientos emanando por una sola causa: nunca me pude despedir de él. Tuve la oportunidad de verlo en el hospital una última vez y la rechacé, la oportunidad de platicar con él, de contarle mis experiencias de adolescente, de hacerle ver el camino que iba tomando.

Pasado el tiempo en ese mismo año, para vísperas de su cumpleaños, me encontraba deseando desesperadamente haber tenido esa oportunidad para despedirme. Me maldecía a mí mismo por haber dejado pasar la visita a pesar de que yo no sabía que sería la última.

La noche de su cumpleaños fui a dormir con un sentimiento de pesar tan grande que puedo sentirlo aún, cuando me encuentro pensando en él.

Esa noche tuve un sueño…y lo recuerdo perfectamente.

Mi abuelo pasaba por mí a casa y le abría el portón, era de noche. Ahí estaba él, tan sonriente como siempre afuera de su Sentra gris. Recorríamos la ciudad como antes, parábamos por un helado en la Heladería Colón y yo pedía el de limón que siempre me gustaba, me traía recuerdos de ese jardín en esa casa.

Mirábamos las estrellas y recuerdo que lo que sentí fue tan real y hermoso: volvían a mí los dinosaurios, los renacuajos, los árboles de todo tipo, la música clásica, la roca en forma de pez, la seguridad y el amor que sentía por mí.

Al final de la velada me regresó a casa, se bajó del auto y me dijo algo. Palabras que hasta hoy atesoro y que causaron un impacto más profundo en mí que cualquier otra experiencia que haya vivido hasta el día de hoy. Desperté y me puse a llorar.

“Siempre que me necesites, aquí estaré”

Las últimas palabras que mi abuelo reservó para mí.





Audiolibro Recomendado del Mes

Compartimos el Libro: "De la dictadura a la Democracia" del autor Gene Sharp, en su formato audiolibro para nuestros estimados lectores. Un título imprescindible sobre los diferentes métodos que el autor propone para disolver dictaduras por medio de revoluciones pacíficas y acciones no-violentas. (son díez capítulos que se estarán subiendo hasta completar la carpeta):