jueves, 1 de marzo de 2012

El Ciego de la Plaza Cualquiera


por Sr.Samolo @ Flickr


Había una vez una plaza en una ciudad cualquiera. En la plaza habían cuatro ceibas, una en cada esquina de la plaza y todas aproximadamente de la misma altura. La plaza era de concreto corriente, y justo en frente tenía una Iglesia de piedra que los españoles habían dejado a medio construir durante los primeros años de Independencia. La Iglesia era pues, una mezcla curiosa de piedras de diferentes tonalidades correspondientes a diferentes períodos de construcción y reconstrucción.

La plaza, como cualquier plaza de cualquier lugar del mundo era habitada por palomas, perros callejeros, gatos flacos, ratas subterráneas y cucarachas que se dejaban ver durante las horas más avanzadas de la madrugada hurgando entre los basureros. A esa hora en que la tierra pierde su calor que almacena durante todo el día, se veía también a un ciego circundar la plaza.

El ciego era un hombre unos treinta años, nadie sabía porque estaba ciego, o si había nacido ciego desde el primer día de su vida, todos conocían su figura recortada entre las ceibas al amanecer, o en alguna callejuela cercana a la plaza, siempre a la sombra como sin querer estorbar, pocas veces mendigaba, y su buena disposición para no estorbar la cotidianeidad humana le había valido francas invitaciones a cenar, o comer, en bonitas casas de abolengo. Hombre de pocas palabras, los niños decían que estaba sordo, pero él sólo ignoraba los insultos que le proferían siempre que no se encontraba un adulto cerca, y las patadas gratuitas y anónimas. Con el tiempo aprendió a distinguir las distintas formas de los zapatos, de vez en cuando sentía una nueva forma en el punta pié que se aproximaba y después del golpe pronunciaba entre quejidos de dolor ahogado “Y este, ¿es nuevo?”, y los niños no entendían, y le regalaban otro golpe.

Cuerpo graso cubierto del aceite que se riega por las calles, cabellos enredados, canosos y largos, barba de tres días, pero nada más, gabardina ceñida de color beige, botas derruidas y rotas, pantalones de mezclilla negros, aunque habían los que decían que en los primeros años habían sido azules, y que ya luego con el correr natural de los tiempos, acabaron siendo verdes y ya después negros, como ahora. Cargaba siempre un morralito con periódicos y baratijas que encontraba por la calle, nada de valor, sólo un conjunto de cosas curiosas, anónimas, piedrecitas faltantes de aretes, cabellos rojos por mechones, cabellos azules, monedas de forma curiosa, monedas de otros países, centavos viejísimos y sin valor.
Pero yo no vine a hablarles de las cosas que coleccionaba ni de las plazas cualquiera de ciudades cualquiera en horas cualquiera. Yo vine a hablarles de un día cualquiera, en un mes cualquiera en un año como estos que pasan rápido y sin detenerse en la ventura del futuro. Un día de esos, el ciego se paró en una esquina de la plaza y empezó a gritar una frase simple. En ese entonces yo no estaba en la ciudad, y cuando llegué había tanto rencor contra el ciego que nadie me supo decir con certeza que era lo que esa mañana había comenzado a decir el ciego.

Lo que sí me contaron todos, fue la insistencia del ciego de repetir la misma frase una y otra vez, cada día en diferente esquina, cada vez con igual energía y al cabo de un tiempo el número de repeticiones aumentaba. Un amigo mío me comentó que llegó a calcular que aproximadamente cada tres días, el número de repeticiones aumentaba al doble, aunque había veces que aumentaba por siete, y que nunca descubrió relación alguna entre el número de repeticiones y el día en que aumentaban o decrementaban. Al principio descansaba el Domingo, pero después de unos meses aquello fue de todos los días, y las gentes comenzaron a odiarlo, algunos decían que perturbaba el orden público. Una tarde el padre de la iglesia salió a razonar con él, y después del monólogo que le dio sobre el orden y la bondad de los hombres, el ciego lo miró con condescendencia y al final se acercó a su oído para decirle tres veces la frase simple y ya carente de sentido.

Otros gitanos que lo esucharon gritar, dijeron que lo que decía era el destino y que había que desenrrollarlo, los cristianos al final se convencieron de que estaba poseído o loco ( que para esas gentes simples a veces es lo mismo) y un buen día lo llevaron a encerrar.

En la cárcel el hombre siguió repitiendo la frase y él mismo se negó el alimento y el agua, su voz se fue haciendo cansada y ronca, al final se escuchaba como entre repeticiones prorrumpía desde el fondo de su estómago el reclamo de los alimentos faltantes.

El ciego, como es natural en estos casos de locura, enfermó y terminó en cama, aún en los delirios de sus calenturas continuaba repitiendo la misma frase, una y otra vez.

Una mañana fría, mientras las cucarachas y las ratas se dejaban ver entre los basureros de la plaza cualquiera, el hombre pidió ver al padre, quería confesarse. Yo hablé con el padre cuando escuché las historias del ciego a mi regreso. Él me dijo, que llegó tranquilamente (la impresión que le había dejado aquel hombre no era precisamente la mejor), se sentó a un lado y escuchó la confesión pacientemente. Como el lector comprenderá, no se me permitió conocer aquella confesión, pero si supe que el ciego dijo que lo era de nacimiento, y que venía de un pueblo muy lejos, y allá era rico. Al fin, acercó su boca a la del oído del padre y dijo la frase simple, hizo una pausa y recitó lenta y pausadamente las cartas a las siete Iglesias del Apocalipsis en latín, luego las dijo en griego, un fragmento del Popol Vuh, otro de la mitología azteca y uno más de la nórdica, luego los párrafos iniciales de al menos treinta libros, de distintas épocas, la Ilíada, la Odisea, los siete tomos de Troya, y expiró.

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