domingo, 4 de marzo de 2012

Luciana (parte 2)



por matlock @Flickr

A las once y diez, cómo era la costumbre apareció el vendedor de antojitos, un minuto más tarde, Luciana encontraba las actas de nacimiento de Anabetina y Azahalea Flores, gemelas de noventa y siete años de edad, quiénes habían solicitado el acta para dar fe a un reportero incrédulo que había llegado de la capital haciendo una nota precisamente sobre ellas, la nota llevaba por título “Las gemelas de la Revolución”. Luciana guardó el libro deshojado donde había encontrado los documentos, a éstos les puso un clip junto con las respectivas solicitudes, y los dejó en la pila de listos. Se había pasado toda la mañana buscando las actas de las gemelas, y quiso festejar su triunfo agrio, mediocre para cualquier otro, pero que, pensaba ella “contribuía a contar la historia de la Revolución”. Santa María es un pueblo chico, así que no es de sorprenderse que Luciana supiera para qué querían las actas las gemelas. Le compró al vendedor una torta cubana y una botella de agua de coco y se unió a la plática acostumbrada de las once. La vida es una cosa curiosa, quién le iba a decir a la pobre Luciana que ese triunfo era el último que saboreaba, que después de ese día no iba a comprar más tortas cubanas, que el agua de coco le iba a ser negada, a menos que sufriera de infección estomacal y que la plática tan emocionante con las otras dependientas sobre las gemelas, los aparecidos de Salto de Rana, las butifarras de Jalpa y Nacajuca, y las feas y apestosas calles de Frontera (enemigos a muerte de los Victorianos) no le volvería nunca a saber tan bien, ni les encontraría sentido. Pero ese día Luciana continúo viviendo en paz, tranquila y segura de que la rutina se volvería a repetir.
Después de la innecesaria comida burocrática, se retiró de nuevo a su escritorio, tocó el papel viejo y raído de las actas de las gemelas, y sintió un impulso extraño de tomar el papel y olerlo, aspirar profundamente de su textura rugosa y café. Lo hizo, tomó el papel con delicadeza, lo llevó hasta su nariz y aspiró hondo, sintió ese olor a vainilla que tienen los papeles viejos y ese polvo encerrado, ese pedazo de pasado que encierran tanto en su estructura externa cómo en la tipografía y en sus letras. Apareció Paco –¿'stán listos estos papeles?– Luciana volvió de golpe a la realidad –¡Sí!, llévatelos, y éste también– extendió la mano con el papel raído, polvoso, y que extrañamente describía como afelpado, débil, sin duda débil, y lo entregó al joven –Ta bueno, ahí nos vemos–.
Suspiró, y tomó el siguiente papel de la pila “Solicitud de Acta de Nacimiento de Quién Responde o Respondiese Al Nombre de: Jonás Colapez. Dice Ser Oriundo de la Ranchería de Limantour Primera Sección. Anotado Irregularmente Dice el Señor Que Entre Tres y Diez años Después de su Alumbramiento. Nacido en la Casa de Dolores Gutiérrez El...” se detuvo de golpe, sorprendida y regresó a leer “ Anotado Irregularmente Dice el Señor Que Entre Tres y Diez años Después de su Alumbramiento. ”. Su cara dibujó una mueca de disgusto y molestia y sus facciones antes tranquilas y hasta alegres se tornaron feroces y sus pensamientos se atropellaban “Joder, pero quien anota un niño diez años después...¿al menos le habrán cobrado bien?...diez años...¡pinches indios!...Jesús me perdone por ser tan grosera...cinco años...¿mil niños, mil actas?...¡cincuenta pesos, eso vale buscar en mil actas!...pero me las va a pagar Jonás, me las va a pagar, seguro que lo hace con toda la intención...¿qué horas son?...¡cincuenta pesos, ni que fuera qué!”. El reloj de la oficina marcaba ya las doce y media, las cejas fruncidas, la boca torcida con el labio inferior mordido, y los puños cerrados se relajaron de a poco, se pasó la mano por la nuca y ejecutó un movimiento circular con la cabeza, abrió las piernas y se estiró la blusa, buscó el año y se dirigió a los libros de febrero del estante número tres. Escogió el libro y lo sacó de mala gana, sacó el del año siguiente y el siguiente, así hasta juntar diez libros, y los llevó hasta su escritorio, los dejo caer en un golpe seco que estremeció todo el lugar, los demás la voltearon a ver con molestia, ella no contestó las miradas, dejó que el lenguaje corporal hablara por si mismo, la silla arrastrada, su cuerpo dejándose caer sobre el asiento, los puños que golpean el primer libro, luego separa el conjunto de dos de cinco libros y le entrega su parte a su compañera. La otra la observa con miedo, ella no ha visto la orden, pero cinco libros de diferentes años le parece amenazador, y la leona en que se ha convertido su compañera, no le hace las cosas precisamente fáciles.
Dentro del cuerpo de Luciana, crece esa sensación de derrotar a su enemigo, ese papel blanco propiedad de Jonás Colapez, es ahora su única preocupación, dentro de ella crece una obsesión casi imperceptible, ella no lo entiende, pero de a poco crece. “Lo peor”, piensa, “Es que al ser irregular no está anotado en orden alfabético, hay que ver a dónde se le ocurrió a la encargada meter a este niño”, y continúa buscando, en un mar de letras, de papeles amarillos y cafés, algunos roídos por cucarachas y ratas otros tienen huevos de insectos, unos más se están borrando, otras hojas están pegadas entre sí y hay que removerlas cuidadosamente, sin embargo, pese a los defectos que el tiempo ha agregado sobre los papeles débiles y suaves, ninguno tiene tachaduras o enmendaduras, todos están al menos en su redacción, íntegramente correctos y respondiendo a todas las normas que incluso hoy se han establecido para documentos tan importantes. Sin tachaduras ni enmendaduras. Página a página avanzan ella y su compañera. Dan la una de la tarde, con los niños llegando a la oficina las cosas se complican –¡Mamá! Mira mi hermano, me está pegando– – Hijoo, no molestes a tu hermana–, regaños, peleas de chuiquillos, luego llantos, exigencias de dulces, de mentitas, de pozol fresco, de dulces de coco, de caramelo, de guanábana, de oreja de mico. Hoy los niños están de suerte, la absorta de su madre les concede todo lo que deseen a costa de su silencio, ellos primero tienen miedo de su nuevo poder, luego se aprovechan.  

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