sábado, 3 de marzo de 2012

Luciana (parte 1)




por matlock @Flickr
Luciana era secretaria en el Registro Civil del Ayuntamiento, mujer simple, llegaba a su trabajo siempre con un ligero retraso, un olor a jabón y shampú barato, los cabellos rizados domados en media cola y su uniforme que consistía de falda roja con blusa a rayas horizontales rojas y amarillas, además de un cinturón de color rojo ajustado a la cintura que ella juzgaba de muy mal gusto. Casada, con dos hijos, su cuerpo lucía los estragos de los partos y su cara reflejaba ese tedio que la burocracia implanta en todos sus hijos: párpados caídos, ojos cafés oscuros pero aburridos, mirada que denotaba el sello de la rutina, boca pintada de colores extravagantes (rojo carmesí, violeta, carne, zapote), pómulos huesudos y arrugas que comenzaban a marcarse alrededor, nariz pecosa y blancuzca, tez clara pero de aspecto polvosa, cómo si una capa de cal la recubriera eternamente, dientes amarillos, cuando sonreía se podía ver el brillo opaco del metal extraño implantado sobre las molares. En general, para no ahondar en más detalles aburridos, Luciana era una mujer común, con rizos exagerados y rubios que laboraba en uno de los trabajos menos emocionantes que ofrece la vida, el sencillo y tedioso acto de recibir, buscar, identificar, corroborar, y transcribir las actas de nacimiento que se solicitaban día con día.
A las once con diez minutos aproximadamente, aparecía en la oficina el vendedor de antojitos, un hombre moreno, de estatura baja y delgado que traía siempre en una nevera: tacos, salbutes, panuchos, tortas, hamburguesas, aguas frescas y chicles o mentas para el mal aliento. Siempre a esa hora, como sucede en cualquier oficina burocrática, la actividad monótona se detenía y se procedía a esa otra actividad que es también vital en cualquier oficina de gobierno que es la socialización en torno a la comida. Dicha actividad de grato intercambio de chismes y eterna lectura del periódico y la nota roja de prolongaba hasta las doce. Treinta minutos más tarde, se cerraba la recepción de solicitudes de actas de nacimiento y una secretaría más ayudaba a Luciana a buscar en los libros, los nombres y apellidos de los solicitantes. La oficina cerraba a las dos, desde la una, los hijos de Luciana, Laura y Pedro llegaban a la oficina a esperar que su madre terminara. A las tres era la comida en la casa, casi siempre sin Gabriel, su esposo. El resto de la tarde se le pasaba haciendo quehaceres de cualquier ama de casa, lavando trastes, organizando comida de días pasados, inventando nuevas maneras de combinar lo que había en los tópers, analizar la inconstancia de la flama del piloto de la estufa, averiguar de dónde provenía la gotera que hacía un charco a los pies del refrigerador; hasta que alrededor de las siete y media aparecía Gabriel, mugroso y lleno de aceite. A las ocho y media se juntaban a ver la novela en turno, mientras Gabriel le hacía ver lo absurdo de el argumento y lo cursi que le parecía, los niños reían con las ocurrencias de su padre, ella sólo hacía una mueca “sólo quisiera ver la novela en paz”. La vida de Luciana era pues, como su trabajo una rueda continúa, un ciclo, un carrusel que no tiene ocasión de descansar.
Aquél día, yo lo recuerdo, fue Martes, me encontré con Jonás Colapez afuera del Palacio Municipal, se le veía muy molesto, le pregunté que le pasaba –Que tengo que llevar un original de mi acta de nacimiento, para ver lo del seguro de mi casa, pero resulta que acá me entregan el documento hasta dentro de tres días, y eso, me dijeron, si me va bien...Jijos de su...– Jonás se fue mentando madres, mientras yo me quedé con un conato de sonrisa al ver su actitud frente a algo que, todos asumimos, siempre será ineficiente y lento.
Conchita, la encargada de la recepción de solicitudes de documentos oficiales, una mujer cincuentona, con lentes gruesos que le cubrían la mitad de la cara y agrandaban sus ojos feroces, fue la encargada de recibir el oficio foliado con el número doscientos sesenta y tres del veintiseis de febrero de aquél año, sellado por la caja municipal asegurando que Jonás había cubierto la cantidad de cincuenta pesos para la solicitud de su acta de nacimiento. Conchita firmó la orden anotando que el señor Jonás no había dejado copias de dicho documento, por lo cual, la búsqueda del mismo era obligada. Alrededor de las diez con cincuenta minutos, Paco, el repartidor, llevó las órdenes de la solicitud del escritorio de Conchita hasta el escritorio seis, donde estaba la encargada del área de solicitudes de actas de nacimiento, quién después de clasificar las solicitudes, entregó aproximadamente a las once de la mañana la pequeña hoja de papel foliado con el escudo de armas del Ayuntamiento y el sello de la Caja, a Luciana..Ésta la leyó, reclasificó alfabéticamente y acomodó en su pila de solicitudes por encontrar, era la tercera en el orden.  

1 comentario:

Cindy Asuncion Benites Javier dijo...

Me agrado la explicación de la in eficiencia de los sitios asi...

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