viernes, 6 de enero de 2012

La inundación de 1942


Para llegar a Paraíso, Tabasco, uno tiene que alcanzar desde Villahermosa, el entronque a la altura de "La Isla", en la carretera Villahermosa-Cárdenas, la autopista que nunca llegó a ser de cuota "Dos Bocas-La Isla" y después de un recorrido totalmente horizontal, de aproximadamente cuarenta y cinco minutos, uno alcanza la cabecera municipal que lleva el mismo nombre.

Paraíso, la ciudad, está ubicada en el margen izquierdo del río Seco (antes Dos Bocas, aún más antes de Venados), tiene cuatro puentes que la conectan al lado frontal de la ciudad-pueblo que da la cara al visitante. De esos cuatro puentes, sólo recuerdo el nombre de uno, "El maestro cole", recién construido en está década, con desperdicios de los pozos petroleros que se encontraban en la zona. 
La entrada del pueblo se hace a través de un puente de concreto, el primero construido, el de más historia, que se encuentra perfectamente alineado con la Iglesia de San Marcos, al fondo y que al sol de hoy luce una decoración multicolor.

Éste puente en particular que ahora es de concreto, alguna vez fue de pura madera, atravesada, entrepuesta,  totalmente endeble, como un conjunto de palillos que apenas se sostenían sobre la superficie del agua. Por ahí cruzaban a pie, los antiguos pobladores de Paraíso, y el resto lo hacía en cayuco. Los que llegaban en cayuco venían de lugares más lejanos, siguiendo cuidadosamente el cauce de ríos, lagunas y canales para alcanzar la cabecera. Sin calles pavimentadas, oficialmente en 1942, Paraíso no era una ciudad proclamada (aunque hay quienes afirman que hoy no lo es aún), era un conjunto de casas, con una Iglesia a medio construir, nada impresionante y un manojo de caminos de polvo y tierra, aderezados por el lodo que causan los encharcamientos, un par de escuelas y alguno que otros servicios.

El río en ese entonces igual que ahora, aunque mucho menos contaminado, corría  lejos del pueblo, en su continuo devenir hacia el mar y la laguna, unos cuantos kilómetros más adelante,  sin pausa, sin detenerse.

Don Abimael Santos, recuerda: "Era una mañana limpia, hermosa, bonítisima, sin una sola nube en el cielo". En 1942, Don Abimael tenía 9 años cumplidos, había venido desde Comalcalco a vivir en una casita de palo de jahuacte, en un terreno que su papá había heredado en la ribera del río, pero en el margen derecho del Río Seco, frente a Paraíso. "Teníamos en ese entonces, bastantes gallinas, algunos pollos, un perro garrapatudo, y algunas cositas, por suerte teníamos un tapanco". Él aún no se explica el porqué, sin avisar, desde esa misma mañana, el río comenzó a crecer, constantemente, primero medio metro, luego un metro, luego dos. De la manera más extraña que él recuerde, en un día, el río tranquilo y que estaba a unos cinco metros de la casa, desbordó y comenzó a inundar todo. El río avanzaba sin descanso y ante la impotencia, su madre comenzó a subir las cosas al tapanco. "¿Y, hasta donde llegó el río?", le pregunto, "Hasta aquí", extiende su mano y me da una altura, yo calculo  que es más de metro y medio. "Dicen que llegó el  río  hasta el parque". Ése dato es clave, en la historia de Paraíso, la ciudad, sólo se ha ido una vez al agua,  desde su fundación, dos veces, la primera de ellas en 1942, cuando las aguas del río Mezcalapa, decenas de kilómetros arriba, arrastraron excesos desde la sierra de Chiapas y los distribuyó entre sus brazos, uno de ellos, el  río Seco.

"He preguntado a varios viejos, si aún se acuerdan, sólo uno me ha dicho que si, pero ya es muy viejo el pobre", me dice Don Abimael, y se retira a trabajar, a su propio paso, en el mismo terreno que aquella vez quedara sumergido bajo las aguas de ese mismo río que corre frente a sus ojos.

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