domingo, 29 de enero de 2012

Quiero un gato


foto por _Madolan_ @flickr



       María Juana rompió a llorar sobre el féretro. Camila su comadre, encumbró los tonos altos hasta los Alpes y los mantuvo firmes para ahogar los gritos de dolor de la madre. El padre de la Iglesia miraba con lástima a Juana “pobre Juana, que la Providencia le dé consuelo”.
Los esfuerzos de Camila y el coro de la Iglesia fueron en vanos, los curiosos comenzaban a acercarse, algunos desde lugares tan lejanos como el puerto. Todos habían sido alertados por la cadena desinformadora de mensajes que corrían en todo Santa María:
-Que el hijo de Doña Juana...
-Lo mataron.
-Que unos matones...
-Que dicen que a machetazos.
-No, no te digo que fue Clotilde.
-¿Clotilde?
-Hoy lo entierran...
-Oye las campanas, hoy lo entierran...
-Que van a enterrar lo que pudieron encontrar, la casa es un desmadre.
-¿Y Clotilde?...
-¡Clotilde!, ¡Jesús!..
-¿ La niña Clotilde ?, ¡no puede ser!...
-Si, si, le digo, Clotilde, ya vinieron los del diario, que mañana lo publican.
-Mañana sale en San Juan...
-Que huyó para San Juan, Clotilde, la de los pelos revueltos, la muy maldita...
-Mira que matar al marido.
-Que reciba castigo de la Providencia...
-Castigada está, yo la vi anoche, creí que era un espectro, era ella, te lo juro, Clotilde...

Para la hora del entierro, que fue apurado por la necesidad expresa de Juana de iniciar el luto cuanto antes, en el pueblo la pregunta no era que había sido del occiso, o que de la madre desconsolada, sino Clotilde, ¿dónde estaba?, ¿a dónde iba?, ¿quiénes la habían visto?.

Mientras la caja de cedro se iba hundiendo en el lote 334 del panteón, detrás, en el pueblo, iba creciendo el número de avistamientos de Clotilde. A esa hora, a Clotilde se le había visto a distintas horas, muchas de las cuáles resultaban contradictorias pues se trataba de avistamientos en lugares opuestos con diferencias de apenas segundos. Al fantasma de la homicida se le había visto comprando naranjas en el puesto de Juan, subiendose a un cayuco azul propiedad de Salvador Carpinteiros, conversando en el puerto con Henry Hanssen, operador del transbordador a San Juan Bautista; se le vió acariciando la cabeza de una de los hijas de Rogelio, y el mismo Rogelio confirmó que la había visto de camino a la casona de Miraflores: él le preguntó que si que hacía por esos lugares tan oscuros y tan de noche, ella no respondió.

Ajena al tormentoso trajín en que había quedado sumergido su pueblo, Juana veía con resentimiento como caía la tierra sobre la caja donde estaba su hijo. En ese momento cuando estaba al borde de la locura, no pudo pensar en otra cosa más que en el gato de su madre maullando en la mata de mango que había sembrado su padre -”Ya se subió otra vez ese pinche gato, hay que bajarlo al pendejo”- gritaba María Concepción, y ella se divertía cuando su hermano le daba de escobazos al árbol para que cayera el animal. Una y otra vez contemplaba al gato maullando aterrado en las ramas del árbol, y una y otra vez veía llegar a su hermano, apartarla y empezar maquinalmente a golpear las cerdas contra las ramas -”¡Vamos gato!.. ¡ándele, no se haga!”-.

Camila terminó de entonar los himnos necesarios para implorar a ángeles y arcángeles por la vida de su ahijado, y el padre dio un pequeño sermón sobre la vida, el pecado y la muerte. Echó su bendición como si el mismo se la echara, quedo y sin gracia. Él también había escuchado los rumores de Clotilde, y le aterraba pensar en una mujer asesina, aquí en su Iglesia, en su pueblo. Se escuchó el último amén y los asistentes iniciaron el proceso doloroso y a veces carente de sentido del último pésame.

-”Me tocan, me dicen que dios me guarde, que están conmigo y que para lo que se ofrezca”- pensó Juana, -”Pero ya no se me ofrece nada, la vida se me ha acabado, ya puedo esperar mi muerte más resignada que nunca, y espero, que llegue pronto”-. Suspiró y miró al cielo cómo interrogando la pérdida.

Camila fue la última en darle el pésame y la acompañó hasta su casa, caminaron las dos señoras cincuentonas dando traspiés como borrachas. Daba verdadera lástima verlas, Camila le sostenía la mano a Juana y esta no hacía más que mirar al horizonte, perdida en sus pensamientos, sumergida, ausente de lo que le rodeaba. Tropezaba y se iban las dos al suelo, a veces se levantaban en seguida, pero otras veces Juana se quedaba tirada como piedra y tenían que venir dos o tres transeúntes a ponerla en marcha. Así caminaron hasta la casa de María Juana.

Al llegar, Camila la sentó en el diván heredado de terciopelo y le besó la frente a Juana.
- Comadre... - dijo Juana enfocando por primera vez en todo el camino los ojos en Camila– ...Quiero un gato...

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