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| Foto por KeylimeSteve |
El sol se murió sobre sus hombros sin que se diera cuenta, y la Luna la sorprendió soñando. El aroma de los escasos huele-de-noche le llegó hasta sus fosas nasales y comenzó a despertarla ligeramente. Se sintió adolorida y cansada, y entre abrió sus negros ojos. Tocó la maleza que le nacía entre los dedos de la mano derecha sobre la que estaba recostada, y la movió para reconocerla. Le incomodaron las piedras, frías y picudas sobre las que estaba su cuerpo, y sintió más frío. Se incorporó y se sentó. La cabeza le pesó como si tuviera el tamaño de un elefante, y tocó sus tobillos desnudos, para sentir la sangre coagulada que nacía de los raspones de las piernas, arremangó su falda y siguió recorriendo las múltiples cicatrices de cada una, con los ojos bien abiertos por la oscuridad. Sonrío primero y lloró después. Levantó la mano de las piernas y como cubriendo sus pechos, se tocó el codo opuesto (también lastimado). Se bebió sus lágrimas y acarició el cabello tieso y enredado que le cubría hasta el ombligo. Lo tomó y lo llevó hacia atrás, intentó peinarlo y hacerse una trenza. Miró al cielo y vio las estrellas, todas, un cuajo de seres luminosos sólo perturbados por la presencia ocasional de algún cocuyo o estrella fugaz. A lo lejos alcanzó a divisar las moles de los cerros que se empezaban a encrespar sobre la planicie. "Ya estoy cerca", pensó, e intentó incorporarse, pero los pies le dolían demasiado y los huaraches desechos dejaron que las piedras picudas le apuntalaran el calcañar, dio un grito de dolor y sorpresa y se volvió a sentar sobre la piedra más grande que encontró. Tomó su falda y la estiró hasta los pies, los enrolló y los acomodó cercanos a ella muy juntos, para que se dieran calor. La noche le cubría el rostro lleno de líneas, marcas silenciosas de arañazos y zarpazos, recuerdos rojos y dolorosos que la perseguían cuando se miraba en un río, cuando las tocaba, o cuando alguien del camino le preguntaba porque estaba arañada, de dónde venía, a dónde iba. Miró el horizonte y descubrió, muy pegado al suelo, el pueblo más cercano, se asustó porque pensó que la noticia de su escape ya rondaba por ahi y que seguro el alguacil y el alcalde ya planeaban aprehenderla si la veían. "No pasaré por esta orilla", pensó. Los grillos cantaban y la luna se reflejaba como un plato sobre la superficie calma del río.
Un arriero que pasaba de regreso la vio y pensó que era un espectro, el Xtabay o algo parecido. Ella aprovechó la oportunidad y encarando su papel de fantasma le dijo que lo dejaría ir, pero a cambio de dos monedas y algo para comer, el arriero dudó pero luego resolvió no meterse en asuntos perversos y le dio lo que pedía.
Después de comer unas piezas de pan y beber agua de río, se acomodó los huaraches, cogió un bejuco a manera de bastón y empezó a andar. Allá a lo lejos se veían las primeras casas de Tres Lomas.
Su plan era llegar a San Juan Bautista y embarcarse con un reclutador de obreros para las haciendas de chicle, rumbo a Chiapas. Allá lejos, donde nadie sabía quién era, ni de dónde venía, ni le preguntarían a donde iba o porqué estaba aquí, donde las eternas hectáreas de selva borran los nombres de las gentes y los transformaban en máquinas, con número solamente, meros objetos. Allá, nadie sabría que se llamaba Clotilde de Arco, o que tuvo por marido a Mario Avendaño, y que había salido así sin nada, huyendo de la justicia popular de Santa María de la Victoria, escapando de ojos endiablados, palos, injurias y machetes. No, allá en los cerros donde no se ve el mar, ni hay puertos, nadie preguntaría porqué Clotilde había huído, sóla, esa noche de Marzo. Clotilde, ella, sola. Huyendo en marzo.

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