domingo, 30 de agosto de 2009

La defensa de Temacapulín

Temacapulín al amanecer Foto: César Huerta/Extensión Medios

Jorge Gómez Naredo

La Jornada Jalisco

I

Defender con tesón, amor y cariño, con inteligencia, agudeza y perseverancia. Defender con las manos, los ojos y el pensamiento, con las lágrimas, la voz y la palabra. Defender con el cielo arriba y con la historia atrás, como escenario. Defender porque no hay otro sendero, porque la defensa es el único objetivo, porque es el sueño y la sobrevivencia, porque es lo que queda, lo que no se puede dejar de hacer: lo que no se debe, bajo ninguna circunstancia, perder. Así lo han hecho los habitantes de Temacapulín, que no se cansan, que no cejan, que no flaquean ni se vencen, pues continúan resistiendo e inconformándose. Ante un gobierno insensible y clasista, los de Temaca andan, se mueven.

Los del gobierno llegan y quieren engañar a los habitantes de Temacapulín: dicen que pronto estarán mejor, que si dejan sus casas, sus muertos y sus recuerdos, la vida será más bella, más llena de felicidad; que si se marchan y permiten la construcción de la presa El Zapotillo (que dotará de agua a las grandes empresas de León) ellos, los de Temaca, se harán ricos, o quizá no ricos, pero sí llenarán sus manos con unos cuantos pesos; que si se largan y no alzan la voz y obedecen y no se ponen rejegos, todo irá bien, y el lugar donde serán reubicados, velozmente, se convertirá en su casa, su hogar, y la tierra para vivir y sobrevivir, para morir y ser enterrados. Y los de Temaca no creen en las palabras de los enviados del gobierno, porque abajo, en el pueblo, los dichos de los emisarios de las autoridades están llenos de falacias, de engaños…, llenos de veneno.

II

En cómodas oficinas de edificios lujosos, los del gobierno hablan, conferencian y deciden quién construirá la presa El Zapotillo: ahí, en esas reuniones, se planea la vida de los “afectados” y se les ubica en algún lugar de un mapa. Ahí, en esas reuniones, se piensan las licitaciones para que una empresa construya la presa, para que quede todo claro acerca de los pagos, de los beneficios y de los dineros a repartir. Ahí, en esas reuniones, la gente va de traje y corbata, y usa computadoras portátiles, y pone mapas en pantallas digitales y decide qué pueblo se mueve y qué pueblo se queda. Ahí, en esas reuniones, los de Temaca son silencio. Sí, los “afectados” no están: son invisibles.

Y es que los “afectados” no tienen acceso a los cónclaves donde se decide su futuro. Los de Temacapulín, los de Palmarejo y los de Acasico están ausentes de esas tertulias: jamás se les ha tomado en cuenta en las grandes decisiones, en las reuniones “importantes”. Ellos, según la mirada de los del gobierno, deben obedecer. Y largarse de donde viven porque pronto será inundado su pueblo, y con él, la iglesia del lugar con su Virgen de los Remedios; y la piedra donde un día se apareció un Cristo y se quedó ahí, como para mirar a todos los habitantes de Temaca; y también el camposanto (porque ahí, en él, los muertos se convierten en santos). Todo quedará debajo de las aguas.

III

Los de Temaca luchan. Y han luchado con todos los instrumentos posibles. Un recurso legal por acá, un amparo por allá, un juicio de nulidad aquí, etcétera. Y también se han movilizado y han buscado estrechar lazos con otras organizaciones y personas afectadas por la construcción de presas. Se han manifestado, han caminado, han hecho pancartas, han alzado la voz y no se han callado. Sí, los de Temaca han utilizado los recursos “legales”, y a pesar de haber interpuesto varios, los del gobierno quieren construir la presa y con sus ejércitos de abogados, desechan (no sin corrupción) y menosprecian todas las medidas legales presentadas. Y es que en este país, las leyes (supuestamente objetivas) benefician a quien tiene dinero. Y también a quien tiene poder.

Casi todos tienen sueños. Algunos, por ejemplo, elucubran con ser elegidos diputados y después alcaldes; otros más, en convertirse en gobernadores o presidentes del país. Unos anhelan la gerencia de la empresa. Unos más pretenden fama. Los habitantes de Temacapulín tienen muchos sueños. Pero un muy importante y admirable. Es un sueño colectivo. Desean vivir donde siempre han vivido, habitar la tierra donde han derramado sus lágrimas, esa misma tierra que ha escuchado sus risas. Quieren a su pueblo ahí, donde está, donde siempre han estado. Y esos sueños (lástima que no lo entiendan las autoridades), son los sueños más sinceros, los más humildes. Y los más revolucionarios: los sueños que mueven a la humanidad, que le dan vida.

jorge_naredo@yahoo.com



Una sola mirada, diferentes visiones.

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