jueves, 16 de febrero de 2012

Prudencio

por -Merce- @Flickr


El abuelo de Prudencio le miró con ternura, impulsó un poco su mecedora y aspiró aire lentamente.
--Hay mujertes...

Prudencio apartó su vista rápidamente del suelo, y la clavo en los ojos azules y amarillos del viejo, con la mano derecha sintió la textura de la tierra húmeda, esa tierra que le daba de comer, le invitaba a jugar cada tarde y que igual servía para encontrar gusanos para asustar a las niñas, como para plantar flores para el día de las madres.

El abuelo lo miró por un breve espacio de tiempo. No espero que me comprendas, aún eres muy joven, ya lo entenderás algún día, cuando  las tardes como esta se te vuelvan vagos recuerdos, cuando el sol comience a tostarte la piel  en serio y tus ojos se vayan poniendo amarillos por los alcoholes adulterados de la juventud. Y entonces entenderás que hay mujeres vida, mujeres muerte. Entenderás que las canciones y los versos y todas esas cosas de los estirados, se hicieron para las mujeres muerte, pero que todas las quieren oír y a todas les encanta. Hallarás a las otras, a las que les escupen a las flores, que se burlan de las cosas del amor, y esas, esas te llamarán más la atención. Vas a encontrarte y a enredarte en el misterio de lo que es imposible y ahí te darás de topes

--Nada, Prudencio, nada.

El abuelo recorrió el patio de la casa, miró las piedras coloradas de la barda, el moho que crecía entre las rocas, los mangos podridos que se esparcían por la tierra y las abejas que felices recorrían los frutos que ya nadie iba a comer.  Aspiró profundamente. El olor semidulce de los mangos se le metió por las narices anchas y le llenó los pulmones. Quizo estar triste y miró al cielo limpio y azul, profundamente azul con auscencia de nubes que le dieran relieve. Cielo de Marzo con sol de Marzo, sol que se te mete por debajo de la ropa y se te clava en la piel y en los cabellos y siembra piojos invisibles, y a uno le da por rascarse...

Prudencio observó los movimientos lentos del abuelo. Disoció las palabras: mujertes, mujer, muertes, mujer-tes, ¿muertes de mujeres?, ¿mujeres que matan?, ¿las mujeres matan?, ¿porqué matan las mujeres?...¡Ah!, que chingaos, yo ni sé de eso...sé de muertes y algo sé de mujeres, también creo que se de muertes de mujeres y ya ni sé si creo en esa que dicen es la primera mujer que mata. ¿La primera?, yo no sé eso dicen...yo creo que no...¿yo creo?...mujertes...mu-jer-tes... Siguió mirando al abuelo como esperando la explicación de la frase, pero nunca llegó, el hombre seguía perdido en el cielo sin gracia que se extendía infinitamente sobre el trópico. El niño se tomó la mano izquierda y se rascó el dedo gordo del pie izquierdo. Miró su piel morena  y luego posó su mirada inquieta en una abeja que iba de un mango a otro y regresaba. Azuzaba a otras abejas y regresaba al mango anterior

--Las abejas son buenas Prudencio, les encanta lo dulce
--Pero a mi  apá le molesta que se metan a chuparle el pan, dice que luego la gente no lo quiere, además parecen como moscas así en bola
--Bueno, eso se soluciona muy simple
--Ajá, pús dirá austé como porque yo ya las he corrido y ni a madres se van
--No seas tonto niño, asi nomás te van a clavar la ponzoña
--Ya lo aprendí...
--¡Jaja!, mirá traéme un poco de azúcar en un tazón y algo de agua.

--Ahi tá, agua y azúcar...
--Ahora lo que tienes que hacer es, antes de poner el pan dejas esto en algún lugar,  para que  las abejas lo vean y ahi se metan a chupar, en lugar de andar rondando el pan...eso debe funcionar
--¿Debe?
--Debe...

Prudencio odiaba las abejas, pero quería mucho la voz dulce y los pechos alegres de la señorita que pasaba todos los días por la panadería y sólo de vez en cuando compraba una trenza o un gusano. Y cuando no, él se escondía entre los estantes a verla pasar, y mirarle los cabellos a veces trenzados y a veces libres, y los pechos siempre alegres y apretados entre las ropas...

Las abejas...las abejas...
El niño suspiró y comenzó a jugar con la tierra que tenía alrededor.

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