domingo, 13 de noviembre de 2011

Hanal Pixan




México, es una amalgama de estados, una suma de países diferentes una unión de lenguas, usos  y costumbres que aunque similares, terminan siendo en los detalles, casi siempre distintos. Mientras en el resto del país y a nivel  nacional se conoce como “Día de Muertos” en los pueblos mayas de la Península de Yucatán se le llama “Comida de los Muertos” o más propiamente y popularmente “Hanal Pixán” (janal pishán).

Aunque  desde la  vista general  bastante parecido con la costumbre más nacional  y de los pueblos nahuatls y de influencia náhuatl del centro del país, si lo vemos más de cerca existen algunas diferencias, por ejemplo, el Hanal Pixán como tal fue introducido por los conquistadores, ya que los mayas prehispánicos no tenían un día específico para recordar a los difuntos, en cambio al enterrarlos en sus patios, creían que sus antepasados les brindaban protección y  además creían que debían rendirles tributo para que estos no se enfadaran.

Más adelante en el Yucatán colonial, se adoptaron costumbres más características como los “harneros” que era una urna especial donde se colocaban los huesos del difunto debido a lo poco favorable del suelo para cavar tumbas, esta costumbre se observa aún hoy en pueblos de población maya como Pomuch, Campeche, donde los deudos limpian los huesos de sus seres queridos. También los mayas creían que para  el 31 de Octubre, 1 y 2 de Noviembre antes de las doce del día, los altares debían ya estar colocados, pues al llegar los difuntos si encontraban cosas que no estuvieran terminadas se afanarían por completarlas y se enfadarían con los vivos. Y así podemos enumerar una lista de cosas particulares de las creencias mayas como ponerle un lazo negro a los niños para no confundirlos con almas que llegan y el muy tradicional pib que es una especie de tamal grande horneado debajo de piedras que se extraen del mismo suelo.

Como en distintas partes de México, en las fechas del Hanal Pixán se hacen exposiciones de altares en los centros de los municipios, y este año me tocó asistir a la de la capital Mérida, Yucatán.

Pocas veces he estado en un evento similar, donde se puede observar de cara el misticismo que encierra ese culto a la muerte, esa fascinación que el ser humano exhibe por el punto final de la vida, el ambiente estaba cargado de incienso y había al menos dos docenas de altares con velas de cebo y comida tradicional.

Llamaron mi atención un par de altares como el de la propia Mérida, donde se realizaban plegarias en lengua maya y español, aunque predominantemente maya. Las señoras que venían a respaldar a sus municipios desde cada una de las alcaldías, se ocupaban de echar las tortillas sobre el anafre, mientras otros se ocupaban de que las velas estuvieran en su posición y el incienso continuara consumiéndose.

Un tumulto de curiosos,  extranjeros y personas que pasaban por el centro de Mérida se arremolinaban en torno de los altares, y la situación se transformaba en una procesión de 500 gentes que no acababa, al fondo en las esquinas estaban los caracoles que competían en sonoridad y potencia con las campanas de una catedral que impone como un monolito de piedra levantado en un suelo plagado de horizontalidad.

En contraposición las catrinas se movían de un lado a otro, pero las catrinas no son de aquí, y a lado de una un señor de edad entonaba rezos con un órgano bastante viejo.

Eran las 9 am y el cielo se nubló repentinamente, seguido de una leve lluvia de unos minutos, en ese momento torné mi vista al cielo y recordé las palabras de un taxista que hacía unos meses me daba servicio desde la terminal de ADO, él me contaba que de seguro para el Hanal llovería, un poco escéptico le pregunté el  motivo, “no sé,  siempre llueve, se dice que son las almas que llegan y así se manifiestan, primero y 2 de noviembre siempre llueve”. La lluvia cesó y el cielo se despejó, las almas habían llegado a reunirse con propios y extraños.

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