domingo, 5 de enero de 2014

Mi primer cuento






Esta es mi primera entrada en este blog. Quiero compartir el primer cuento que escribí, es bastante personal pero lo haré como agradecimiento por invitarme. Un poco de contexto: este cuento solo lo he leído un par de veces (supongo que entenderán porque), la primera fue cuando lo escribí y la segunda para una pequeña revisión y edición. Aquí lo dejo:


Mi abuelo
Por Carlos Riancho

Recuerdo muy bien a mi abuelo, mantengo una fotografía suya enmarcada en mi escritorio.

Recuerdo muy bien las tardes de verano que pasábamos juntos limpiando la piscina, a la cual posteriormente entraríamos juntos a refrescarnos del caluroso clima.

Cómo olvidar la casa en la que vivía, cerca de la plaza de toros a la cual nunca pude asistir con él. Supongo que las corridas no eran de su agrado, nunca le pregunté.

Vivía en una casa amplia de un piso. Al entrar podía ver uno la sala y el comedor. Recuerdo las sillas de madera pintadas de negro alrededor de una mesa redonda con una cubierta de cristal.

Cuando era un niño, todos los años en navidad instalábamos un nacimiento en un rincón de la sala. Mi abuelo apilaba un par de cajas, a veces hasta tres, y las cubría con un papel gris de una textura fibrosa lo cual daba el aspecto de tierra. En el nivel inferior del nacimiento colocaba un pequeño espejo en posición horizontal que luego cubría de un papel azul transparente para simular un pequeño lago.

En el nivel superior colocaba el pesebre en el cual, según la tradición, nacería el niño Jesús. Recuerdo como adornábamos el nacimiento con una inmensa variedad de animales de arcilla. Desde vacas, flamingos, pequeños peces en el lago, perros, gatos, patos, y muchos otros. Una vez me llevó a la plaza en la que compraba esas figuras de arcilla y quede fascinado por la variedad y belleza de cada una. Siempre quise regresar con él. Nunca pude.

Ansiaba construir el nacimiento con él y jamás iniciaba sin mí. Era un ritual hermoso, íntimo.

Cuando mi mamá me regañaba en casa de mi abuelo yo corría a su hamaca y me acostaba sobre él, fingía dormir. Podía escuchar a mi abuelo decirle a mi mamá “Ya se durmió, tendrá que quedarse a dormir aquí hoy” y mi mama accedía a pesar de que ambos sabían que yo estaba fingiendo. Recuerdo perfectamente su voz.

Recuerdo muy bien que la casa tenía un amplio patio en el cual, en la parte más alejada de la casa, había un pequeño jardín con unos cuántos árboles, entre ellos uno del que bajaba limones de vez en cuando.
En este jardín mi abuelo me enseño a colocar trampas para tortolitas. Unos curiosos pajaritos de color café y partes grises con las alas adornabas de retazos negros.

La trampa consistía en una pequeña jaula de madera con barrotes de metal. Colocábamos en el centro de un poco de pan y la plantábamos en el centro del jardín. Recuerdo que revisaba constantemente si algún pájaro hambriento y despistado había caído. Jamás lastimábamos a los pájaros, los soltábamos después de atraparlos, era una simple travesura.

En el patio de la casa había una piscina, no es la misma de la que les hablé hace un momento pero en esa igual nos metíamos a bañar para quitar el bochorno producido por el exceso de calor. Recuerdo que jugábamos con pequeños barcos de plástico mientras esperábamos que el agua alcanzara su tope aún con nosotros dentro de la piscina.

La piscina de la que les hable al principio estaba en la otra casa de mi abuelo. Una casa que solía visitar continuamente cuando quería estar solo para leer y para practicar una de sus grandes pasiones: la jardinería.
Llamaba a esta casa “La Maya” por la colonia en la que estaba ubicada. Era una edificación pequeña pero con un terreno muy amplio. En el terrero había arboles de mango, naranja y otras frutas, recuerdo como bajábamos mango cuando aún estaba un poco verde para sazonarlo con chile y limón para comer. Los limones los conseguíamos ahí mismo.

En La Maya había un pequeño estanque en la parte de atrás. Lo visitábamos cada temporada de lluvia y recogíamos pequeños renacuajos que se criaban ahí.

Esos fueron mis primeros encuentros con los ciclos de la vida. Todos los años era testigo de cómo pequeño seres parecidos a peces iban transformándose. Primero les salían las patas traseras, luego las delanteras y poco a poco iban perdiendo la cola hasta transformase en diminutas ranitas. Me fascinaba. El flujo del tiempo es algo en lo que aún puedo cavilar por horas.

Justo en el camino que llevaba a la piscina había una roca. Por supuesto que no era cualquier roca, de lo contrario no estaría hablándoles de ella. Ésta tenía la forma de un pez que levantaba la cola hacia el cielo como si estuviera siendo parte de una danza artística, me intrigaba cómo y dónde la encontró mi abuelo. Era hermosa.

Recuerdo muy bien a mi abuelo, desde muy corta edad me acercó a la lectura comprándome libros de dinosaurios. Libros con dibujos coloridos y descripciones amplías sobre las bestias que dominaron la tierra muchísimo antes de que la raza humana diera los primeros pasos.

Fue gracias a estos libros que mis maestras de kínder se quejaban (o solo comentaban, nunca sabré) de que nunca paraba de hablar de dinosaurios. Adoraba la película de Jurassic Park, en ese tiempo solo existía una y, como ya habrán adivinado, mi abuelo la compró para ver juntos. Al verla por primera vez actué como si no tuviera miedo junto a él, acostados en hamacas continuas y con las luces encendidas. Nos reíamos cuando el Tiranosaurio Rex atacaba los indefensos coches de los humanos. Años después, ahora que pienso en esa noche, puedo darme cuenta de que él sabía que por dentro sí le temía a ese enorme dinosaurio pero jamás llego a saber que su presencia era la que me daba seguridad y confianza. Jamás se lo dije.

Cuando cierro los ojos puedo ver claramente que grabó para mí las primeras películas de Star Wars, las únicas tres que había en ese tiempo. Las grabó en aquellos Beta que ahora han dejado de existir. Su último obsequio antes de fallecer repentinamente fue algo de dinero. Con ese dinero me compre las mismas películas en DVD y ahora se encuentran entre mis posesiones materiales más valiosas. Para mí son un símbolo de su amor y dedicación.

Mi abuelo alimentó mi mente. La llenó de dinosaurios, naves espaciales, piratas y demás construcciones fantasiosas de la humanidad, la llenó de la naturaleza: su flora y su fauna. Llevó mi imaginación a un nivel estratosférico y se aseguró de que el niño en mí jamás muriera. Nunca he recibido un regalo más grande.

Amaba la música clásica. Conducía un Sentra gris del cual no recuerdo el año pero si recuerdo que siempre contaba con cassettes de música clásica. Era muy pequeño para recordar nombres y piezas completas pero recuerdo sus explicaciones: “Este es un vals” o “Esta pieza es muy animada”. Me gustaría decirle lo mucho que pienso en él cuando escucho el mismo género de música. Ahora podría aprender más de él.

Un día, alrededor de Abril, fue internado en el hospital por un golpe menor, no recuerdo con exactitud pero sé que no era algo grave, ni cerca de serlo.

Un par de días después mi mamá y mi papá fueron a visitarlo, yo no fui. Me contaron que lo vieron muy animado con la jovialidad característica en él. Pronto saldría y sería como si nada hubiera pasado.
Al día siguiente de la visita me encontraba en la escuela, revisando mi mochila cuando la prefecta se acercó y me dijo “Vinieron a buscarte, tienes permiso para salir”. En ese momento supe que algo le había pasado, fue instantáneo. Un sentimiento que algunos podrían clasificar como una revelación divida, sé que fue producto de la mera intuición.

Al bajar las escaleras y llegar al vestíbulo me encontré con mi padre que tenía una expresión seria, fría. Asustado, le pregunté por mi abuelo y me respondió, con la voz más serena que le permitieron los sentimientos: “Falleció a las 6 de la mañana” y no pudo terminar la frase sin que se le rompiera la voz. Escuchar a mi papá llorando me ha dejado un gran impacto, me partió el corazón.

No lloré en el camino al hospital. Los árboles, las personas, los coches y en general los colores que siempre me gustaba observar cuando iba con mi abuelo en el coche ahora eran distintos tonos de gris. ¿Por qué sonreía la gente de la calle?

Finalmente llegamos al hospital y me deshice en llanto al verlo, parecía tan tranquilo, como si estuviera durmiendo. Pero yo sabía que no era así. Lloré el resto del día. Y al día siguiente.

Mis padres forman el matrimonio más sólido que conozco y son ellos los que me hacen creer que el amor verdadero existe y está esperando, pero mi tía, la hermana de mi mamá, no fue tan afortunada. En medio de problemas en su matrimonio tenía que luchar para salir adelante con 3 hijas pequeñas y mi abuelo hacía hasta lo imposible por ayudarla, al final el estrés pudo más que su corazón.

Siempre recordaré a mi abuelo como el hombre que fue y más aún, lucho por ser el hombre en el que quería que me convirtiera.

Esa navidad no hubo nacimiento en su casa, hacía mucho que había dejado ese ritual a un lado. Supongo que en la prisa por crecer olvidé los pequeños detalles que me fueron definiendo desde niño y el amor que dejó una gran marca en mí.

El sentimiento de frustración, el dolor que sientes hasta en los huesos, la rabia e impotencia al perder a un ser tan querido. Tantos sentimientos emanando por una sola causa: nunca me pude despedir de él. Tuve la oportunidad de verlo en el hospital una última vez y la rechacé, la oportunidad de platicar con él, de contarle mis experiencias de adolescente, de hacerle ver el camino que iba tomando.

Pasado el tiempo en ese mismo año, para vísperas de su cumpleaños, me encontraba deseando desesperadamente haber tenido esa oportunidad para despedirme. Me maldecía a mí mismo por haber dejado pasar la visita a pesar de que yo no sabía que sería la última.

La noche de su cumpleaños fui a dormir con un sentimiento de pesar tan grande que puedo sentirlo aún, cuando me encuentro pensando en él.

Esa noche tuve un sueño…y lo recuerdo perfectamente.

Mi abuelo pasaba por mí a casa y le abría el portón, era de noche. Ahí estaba él, tan sonriente como siempre afuera de su Sentra gris. Recorríamos la ciudad como antes, parábamos por un helado en la Heladería Colón y yo pedía el de limón que siempre me gustaba, me traía recuerdos de ese jardín en esa casa.

Mirábamos las estrellas y recuerdo que lo que sentí fue tan real y hermoso: volvían a mí los dinosaurios, los renacuajos, los árboles de todo tipo, la música clásica, la roca en forma de pez, la seguridad y el amor que sentía por mí.

Al final de la velada me regresó a casa, se bajó del auto y me dijo algo. Palabras que hasta hoy atesoro y que causaron un impacto más profundo en mí que cualquier otra experiencia que haya vivido hasta el día de hoy. Desperté y me puse a llorar.

“Siempre que me necesites, aquí estaré”

Las últimas palabras que mi abuelo reservó para mí.





1 comentario:

César Ricárdez dijo...

Excelente, se ve que puedes aportar mucho al blog :)

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