jueves, 10 de julio de 2014

14 de Febrero






14 de Febrero.

Abre los ojos y un escalofrío lo inunda, lo siguiente que alcanza a distinguir, es la oscuridad. La humedad y el  sonido de las aspas del ventilador se filtran a través de sus sentidos como distantes eventos de un mundo que parece todavía onírico. La realidad comienza a materializarse. Reconoce con su tacto la rugosa piel de la pared y la acaricia. Fría, le devuelve una textura que se antoja a una costra que le crece a un muerto. Quita la mano y toca la sábana: fresca, suave, interminable.

Cinco minutos más tarde, el despertador anuncia que son las cinco de la mañana con cinco minutos, la vida, piensa Claudio, está llena de repeticiones. Son las cinco con cinco, es catorce de febrero de dos mil catorce, pronto me levantaré y cepillaré mis dientes como lo hice ayer y antes de ayer, y como lo haré mañana. La mente soñolienta recita casi sin esfuerzo los razonamientos cíclicos en los que se aventuraba. Catorce de febrero, intentó retener en su consciencia, como si algo alrededor de la fecha fuera a revelarsele y lo hizo, se acordó del festejo. Hasta ese momento, la fecha no aportaba nada más que cualquier otro día, la rutina se apoderaría de todo como si fuera un gran molino y acabaría por consumir cada segundo entre ligeros sobresaltos poco interesantes. Pero ahora, el día parecía llenarse de una sustancia invisible e incorpórea, de naturaleza parásita, virulenta, contagiosa.

Absorbió el aire pesado que le envolvía e intentó localizar el aroma, el almizcle que aseguraba se encontraba ahí. No consiguió nada. Bah, al fin, seguramente en esta habitación demasiado pequeña es imposible concebir tan graciosa sustancia, pensó para consolarse, después de todo, siendo yo un hombre solo, es muy probable que el hongo que produce estas sensaciones, no haya arraigado ni en la puerta ni en los ladrillos. Se quedó con la imagen del  hongo y los componentes metafísicos que seguro fluctuaban en el ambiente, desesperado porque algo fuera distinto en su vida, además de lo obvio, recurría a explicaciones cada vez menos lúcidas y visiblemente más desesperadas.

Una hormiga hecha de frío comenzó a punzarle el dedo gordo del pie derecho y lo escondió bajo la sábana. Esto le pareció extraño, sin duda, era una de esos sobresaltos mediocres que se producirían a lo largo del día. Hizo una mueca de molestia, estaba harto de esta vida plagada de asuntos estables, a medias. Su vida de oficinista en una dependencia de gobierno se definía en un café al llegar, una torta a media mañana, casi siempre de pollo y una comida en la fonda de siempre. Los viernes variaba y escapaba hacia algún restaurante previamente seleccionado por sus compañeros. Su vida, no era suya. Servil súbdito de las cosas mediocres, todo tenía un sabor simplón y corriente.

En varias ocasiones había intentado cambiar, entró al gimnasio y lo dejó, aprendió a tocar piano y lo  olvidó. Pero no se lo reprochaba, tampoco achacaba sus infructuosas empresas a otras personas, tal vez, decía, esto era el destino. En siete años habían desfilado tres mujeres, y de ninguna se acordaba con suficiente detalle. Por las noches se acordaba de la última o de la primera, y era frecuente que descubriera que tenía rasgos de la segunda o de la tercera. Todas, al final habían acabado por aburrirse y en un arrebato existencialista, salían corriendo con el primer tipo fornido, estafador o bebedor que conocían. No eres tú, tú estás bien, no me mereces, yo soy una loca, era una frase acostumbrado a oír.

Pero hoy sería diferente. En general, cada vez que se acercaba una fecha especial, como navidades, la pascua, o simplemente su cumpleaños, sospechaba que algo emergía de los ladrillos y de las piedras e inundaba el ambiente. Alguna vez intentó explicar esta visión del mundo y lo tacharon de loco. Es la emoción, le decían. Pero no era cierto, la emoción era una cosa y esto simplemente era algo más allá de su mente, existía por si mismo. Por eso hoy, se decía, sería diferente.

Hizo una bola con la sábana y la aventó lejos, otro cambio en la rutina. Su mano recorrió su pecho desnudo. Escuchó pasos en la cocina, alguien o algo gritaba su nombre: ¡Claudio! , ¡Señor Claudio! Se llenó de miedo, ¿quién estaba en su casa? Las voces se multiplicaron en el pasillo y se escuchaban desde el baño o desde la sala: ¡Claudio, Claudio, ¿Donde estás?! El miedo, o algo que no alcanzaba a entender le impedía  hablar, pero en su mente gritaba, deseaba que lo encontraran.

Justo cuando la puerta comenzó a ser golpeada con fuerza y desesperación, se sintió feliz. Al fin, dijo, pasaría algo distinto. Volvió de sus divagaciones y se levantó en el momento en que la  puerta caía en pedazos, la luz tenue y fría de las lámparas de mano iluminaron la habitación, ¿Claudio?, se escuchó una voz familiar, su madre. ¡Llevensela de aquí!, gritó un hombre. Claudio estaba confundido, todavía un poco soñoliento devolvió la mirada a la pequeña cama en donde había dormido. El frío lo abrazó desde la espalda, se apoderó de cada átomo que aún poseía: ahí en la cama, estaba su cuerpo, amoratado por el tiempo.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Como siempre me gusta leer lo que escribes, no dejes de hacerlo. Saludos

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