Hay quienes confunden la palabra
siempre con la eternidad. Antes que nada conviene aclarar que la eternidad es un cuento chino. En cambio,
siempre
sí existe: es una permanencia
o más bien una rebanada de tiempo. Si uno dice: «En invierno siempre
me resfrío», ya le está poniendo un límite, porque su vigencia no
alcanza, digamos, a la primavera. O sea que se trata de una
permanencia con límites. Si un hombre y una mujer se casan, creen
estar unidos para
siempre, y se olvidan de que en el peor de los casos ese
siempre puede concluir en un
divorcio, y en el mejor puede durar hasta que uno de ambos estire la pata o acaben juntos en un accidente aéreo.
Ahora bien, siempre es antónimo de nunca, y ésta sí es una palabra definitiva: cuando cierra el portal no pasa nadie, ni siquiera un misil.
Hay quienes consideran al reloj como un símbolo de siempre, porque su aguja da vueltas y vueltas y pasa y repasa por el mismo número, por la misma hora, pero en uno de sus giros puede
agotarse la pila o atracarse la cuerda, y el reloj se queda sin siempre. O sea que esa palabra puede ser una vida o también un soplo instantáneo.
«Siempre fue antaño mejor que hogaño» dice el refrán, pero los
refranistas a menudo exageran. Aun así, cuando en la infancia decimos siempre, la palabra abarca kilómetros y alegre pompa,
pero cuando, ya octogenarios, decimos siempre, nos basta con un bostezo y también una pompa, pero fúnebre.
Lo más prudente es habilitar dos bolsillos del chaleco: uno para guardar a siempre y otro para esconder a nunca.
Mario Benedetti