martes, 29 de abril de 2014

La voraz lejanía


"Yo ya no soy feliz sin ti ese es el problema", dijo ella una vez, con su corazón tendido al sol.

Pocas veces demostró su verdadero sentir así. Prefería guardar silencio, refugiarse en ella misma y explotar las verdades hasta que la crisis emergía de alguna u otra forma.

Extraño la intensidad de esos días. Sin embargo, volvería a vivirlos aún sabiendo que el derrumbe estaba marcado desde el primer momento en que me miró con sus ojos inmensos.

Será by Las Pelotas on Grooveshark

jueves, 24 de abril de 2014

Hadag Nahash y el hip-hop en la línea de fuego


En medio de la encrucijada de un país inmerso en un conflicto armado que parece hacerse eterno, con una sociedad que lucha por mantener sus principios intactos, Hadag Nahash apareció para tratar de enmendar la realidad y compartir una visión de las cosas diametralmente opuesta a la que actualmente ofrece su país Israel.

La rebeldía ha estado ligada a este grupo desde que apareció en el año de 1996, buscando despertar la conciencia de sus connacionales por medio de sus letras de protesta social y una mezcla de música entre hip-hop, el rock, reggae y sonidos del funk, sin perder el equilibrio entre este estilo y los sonidos provenientes históricamente de las culturas en medio oriente.

Un grupo que en muy poco tiempo se volvió un fenómeno de masas y consiguió miles de seguidores en todo su país, lo que provocó la atención de los medios de comunicación, quienes desde entonces les han otorgado un lugar preferencial en sus pantallas y micrófonos.

Uno de los momentos estelares de la banda lo vivieron al componer la melodía '' Shirat Ha'Sticker'' ('' La Pegatina canción'') junto al escritor y ensayista israelí David Grossman, en la que dotan de un sentido irónico y particular a cincuenta y cuatro consignas políticas que aparecen constantemente en las ventanas traseras de los coches de Israel.

Calcomanías que para Grossman, son un símbolo inequívoco de intolerancia. '' Cuando tuve a mi lista de etiquetas engomadas, me di cuenta de que es como una cápsula de israelidad, toda la brutalidad y la agresión y la necesidad de salir de esta situación'', dijo el también autor de “La muerte como una forma de vida”, en una entrevista al diario The New York Times, en 2004.

Una relación de intolerancia y racismo, de la que tampoco ha escapado el vocalista de la banda, MC Shaanán Street, quien relató en 2008 a un portal de internet israelí, cómo vivió muy de cerca las tensiones cotidianas entre árabes y judíos, en su etapa de mesero en un bar de Jerusalén.

“Yo solía trabajar en el turno de la tarde y una tarde de sábado que era sólo yo y otros dos chicos en el bar, de repente aparece un hombre que nunca hemos visto antes. Él no dice nada, sólo da movimientos al grifo de cerveza, por lo que le sirvo una cerveza. Se ve nervioso, así que yo también me estoy poniendo nervioso, y él no dice nada, lo que me pone aún más nervioso. Finalmente, uno de nuestros clientes va a hablar con él. Resulta que era un trabajador de la construcción de Turquía, pero en una ciudad plagada de atentados terroristas, incluso las interacciones entre árabes y judíos más simples se puede torcer”.

Hadag Nahash es una alternativa para conocer a Israel desde con una historia singular construida a base de la denuncia social con posicionamientos claros en contra de la desigualdad, la pobreza y el racismo entre unos y otros por vivir diferentes culturas.

lunes, 3 de marzo de 2014

El amor como campo de batalla


Amor en singular, amor en plural. Amor a la vida, amor a la tierra, amor a la madre, amor a la amante. Amor platónico, amor prohibido, amor libre, amor propio. Queda claro que existen miles de formas de amar y miles de formas de ser amado.

Sin embargo, ¿qué sucede cuando dos tipos de amor se confrontan, se excluyen y entran en una encarnizada lucha por el dominio del corazón?

Una posible respuesta a esta interrogante está incluida en Club Sándwich, una película mexicana que logra desentrañar la batalla entre el amor de madre y el amor surgido espontáneamente por enamoramiento, algo que si bien se puede conciliar, no deja de estar presente en el día a día de nuestra sociedad, sobretodo en la adolescencia pues es ahí donde el hijo comienza a descubrir nuevos mundos y también nuevos amores.

La historia de Club Sándwich comienza con Paloma (María Renée Prudencio), una joven madre de 35 años que siendo ella misma, ha sabido ser la amiga perfecta de su hijo Héctor (Lucio Giménez Cacho Goded) , un chico de quince años, rodeado de interrogantes y deseos de descubrir el mundo en el que está inmerso.

Es en ese contexto, en el que aparece Jazmín (Danae Reynaud), una adolescente de 16 años desenvuelta y atractiva, que de pronto, logra atraer toda la atención de Héctor, lo que en definitiva comienza a pesar en Paloma, quien se da cuenta que a partir de ahí, su vida con Héctor no volverá a ser la misma.

Contrario a lo que podría pensarse, la mirada del filme no está puesta en la relación que van tejiendo Héctor y Jazmín, sino en lo que siente Paloma, quien es la protagonista de la trama, según confesó a La Jornada Jalisco en octubre pasado, el director y guionista de Club Sándwich, Fernando Eimbcke.

“Empecé a escribir y empecé a descubrir que el personaje principal era Paloma, no Héctor, Héctor es un personaje muy importante en la relación de los dos pero el personaje con mayor conflicto era Paloma y en la escritura del guion empecé a escuchar la voz de Paloma y empecé a descubrir cosas que yo compartía con ella”.

Y no sólo eso, Eimbcke descubrió que lo que él contó en este filme, de alguna manera lo lleva al pasado.

“Siempre me ha interesado ese tema, yo creo que de alguna manera sigo siendo un adolescente aunque tengo 42 años pero como que a uno le gusta poder regresar a eso, a la infancia, a la adolescencia”.

La cinta, cuenta con la fotografía de María Secco, la música de Camilo Lara y se estrena este 2014 en las salas de cine mexicanas, después de haber participado en diversos festivales internacionales, como el Festival Internacional de Cine de Toronto, el Festival Internacional de Cine de Morelia y el Festival de Cine de San Sebastián, en la que Eimbcke recibió el premio como Mejor Director.

sábado, 1 de marzo de 2014

La batalla por Martha



En ese entonces, teníamos la idea de que las monedas no parecían ser lo suficientemente justas, para poner la cuestión a su merced. Se habían agotado las razones y, siendo niños, no queríamos inmiscuirnos en golpes que se transformarían en regaños y castigos al llegar a casa. Después de todo Julián era mi amigo, no nos íbamos a partir la mandarina en gajos por ella. 

Ya hacía varios meses que los rencores venían creciendo y para nadie era un secreto que nuestra relación se deterioraba. Manuel sugirió el duelo y yo acepté a la primera, Julián dudó un poco, sabía que mi habilidad con las máquinitas podría jugarle en contra, pidió una semana de preparación. El día elegido fue martes, durante el receso. Nos presentamos los dos y nos dimos la mano, como habíamos visto en tantas películas. Manuel se paró en medio de ambos y llamó al público. No era necesario, a nuestro alrededor comulgaban poco más de quince niños y se empujaban unos a otros. Julián y yo entrelazamos nuestras manos y nos dirigimos una mirada letal cuando izamos los pulgares. El dedo de Julián parecía más largo que de costumbre, delgado y largo se erguía desafiante, el mío un poco más grueso, parecía moverse impaciente. ¡Empiecen! Gritó Manuel, seguido de un bullicio de niños que rogaban que los dejaran ver. Julián avanzaba desesperado tratando de controlar mis movimientos, yo observaba su dedo ir y venir, intentaba estudiar como trabajaba. Con movimientos rápidos salía al encuentro de la falange y trataba de dominarlo, tenía bastante fuerza y en un descuido logró dominarme por tres segundos. ¡Punto para Julián! Avisó Manuel y el público festejaba. Nos acomodamos de nuevo y aproveché para limpiar mi sudor, Julián dejó que el suyo corriera, grave error. “¡Fight!”, dijo Manuel imitando a los juegos de las máquinas. Esta vez embestí con furia, no iba a dejar que un dedo flacucho me ganara, por mucho que fuera mi amigo, ¡Se trataba de Martha!. Julián retrocedía asustado y mi dedo se contorneaba como una víbora, atacaba y regresaba. Julián comenzó a sudar más, en dos ocasiones lo dominé por dos segundos pero logró zafarse. Fue entonces cuando vi una gruesa gota de sudor a punto de resbalar hacia su ojo y lo empujé para aprovecharla. Cerró los ojos un momento y su pulgar cayó exhausto. ¡Punto para Javier!, gritó Manuel y no pude evitar sonreír abiertamente. Algunas niñas se habían acercado a ver la faena y les dirigí una mirada. ¡Punto final! Advirtió Manuel, ¡Punto final! Entrelazamos nuestras manos con furia y comenzó la batalla. Manuel seguía con avidez las estocadas de los pulgares, el sudor corría por las mejillas color canela de Julián y sin duda por las mías, el sudor inundaba nuestros ojos, pero el temor a perder hacía que nos las tragáramos. Casi bailábamos, un paso adelante, otro a lado, uno hacia atrás, los pulgares dominaban nuestros cuerpos, las manos casi se lastimaban en su intento por alcanzar al contrario, las uñas se enterraban en nuestros dedos para causar dolor, pero no cedíamos. Un niño provocador comenzó a gritar ¡Pela!, ¡pelea! Y le siguieron los demás. El calor encendía mi cabeza y en uno de los pasos que dimos, estuve a punto de resbalar, en el fondo la vi, Martha comía un helado junto con Juventino, los dos muy solos mientras nosotros intentábamos decidir quien se quedaba con ella. Me incorporé y con fuerza apreté el pulgar de Julián, la cuenta de Manuel lo sentenció. Los ojos sorprendidos de Julián buscaron los míos y se le encendieron de rabia, estaba a punto de estallar y lo abracé, ¡No seas pendejo!, le dije, Martha es de Juventino.

martes, 25 de febrero de 2014

La insólita vida de alguien común


La vida misma con sus dificultades y adversidades, pero también con su generosidad y el cariño de las personas, es retratada en Los insólitos peces gato, un largometraje mexicano reconocido en diversos festivales de cine en el mundo.

En el filme se cuenta la historia de Claudia, una joven solitaria envuelta en una rutinaria vida, con un trabajo en una gran cadena comercial que la explota de manera silenciosa y la convierte en un objeto con una mano de obra que carece absolutamente de valor, sufre un severo caso de apendicitis y de pronto se encuentra en la sala de un hospital.

Cuando todo parece empeorar, Martha, una mujer que ocupa una cama contigua a la suya entabla una relación de amistad con ella y cambia su existencia por completo, haciéndola parte de su familia, hasta el punto en que ambas, terminan entrelazando enteramente sus vidas. Una situación que no cambia en los momentos más difíciles de la trama, cuando una de las protagonistas ocasiona una irreparable ausencia, difícil de comprender y asimilar.

La cinta filmada en Guadalajara, está basada en la vida de la directora Claudia Sainte-Luce, quien hizo la cinta para rendirle un homenaje a una mujer y su familia, a quienes conoció cuando tenía 20 años de edad. Por lo cual, para la realizadora es difícil despegarse de los sentimientos a la hora de contar esta historia, ya que no se puede ser de hielo ante lo vivido, ni siquiera a la hora de compartirlo con el espectador que se encuentra detrás de la pantalla.

“En mi película hablo no desde la razón, sino desde mis sentimientos, por eso hablo de la familia porque es lo que me conecta con mis sentimientos. Tal vez podría hacer una película donde hablara la cabeza, pero no estaría hablando mi corazón” dijo Sainte-Luce en entrevista con La Jornada Jalisco, el 25 de Agosto del año pasado.

La opera prima de Sainte-Luce ha sido ampliamente reconocida en el mundo del cine. En 2012 recibió el Primer Premio en la sección Primer Corte, Ventana Sur, en Argentina y en el año 2013, el Premio del Público Joven a la Mejor Película, otorgado por el Festival Internacional de Cine de Locarno, Suiza, el Premio FIPRESCI de la Crítica Internacional en el Festival Internacional de Cine de Toronto, Canadá, y el Premio a la mejor interpretación femenina (Lisa Owen y Ximena Ayala), en el Festival de Cine Latinoamericano de Biarritz en Francia.

miércoles, 19 de febrero de 2014

Un club con las horas contadas



La vida puede dar vuelcos sorprendentes en una fracción de segundos. Una noticia, una acción, una decisión, cambian las circunstancias en las que nos desenvolvemos por siempre.

Eso es lo que sucede en la cinta hollywoodense "El club de los desahuciados", que logra conectar la vida de dos personas disimiles en su totalidad, finalmente entrelazadas por una historia en común de desahucio.

La trama de la película está basada en la vida de Ron Woodroof (Matthew McConaughey), un cowboy texano que al contraer VIH-SIDA y darse cuenta de que le quedan muy pocos días de vida, comienza a buscar una salida a través de una droga aprobada por la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA), pero en su intento, casi pierde la vida.

Atormentado por su situación, Ron alcanza a dilucidar esta problemática dándose cuenta que él no es el único con el mismo problema, de ahí que de pronto nazca en él una idea excelente: crear el Dallas Buyers Club, un lugar de compradores que provee de tratamientos alternativos que ponen en jaque a las autoridades estadounidenses y a la industria farmacéutica global.

En su aventura, Ron es acompañado por la doctora Eve Saks (Jennifer Garner) y la transgénero Rayon (Jared Leto), con quienes su vida da un vuelco sorprendente, pues tras estar inmerso en una sociedad estadounidense de los ochentas, en la que su personalidad de vaquero lo obliga a ser el hombre poderoso, homófobo y mujeriego, Ron pone a prueba su humanismo.

La cinta, sin contar con una gran inversión como la mayoría de las producciones estadounidenses, desmorona los clichés y los estereotipos detrás de la sociedad norteamericana, con actores que habían desaparecido en los tiempos recientes, sorprendiendo a una industria cinematográfica envuelta en remakes e historias muy similares, con un final totalmente predecible.

Y ni qué decir de la actuación del actor Matthew McConaughey, quien se tomó muy a pecho el personaje que iba a interpretar e inclusive perdió más de 20 kilogramos, con tal de reproducir fielmente al protagonista de la historia.

“Se te para el corazón al verlo. Es exactamente cómo se veía Ronnie cuando estaba enfermo”, declaró hace unos meses al diario The Daily Mail, Sharon Woodroof Braden, de 70 años, la hermana en la vida real, del personaje interpretado por McConaughey.

Lo mismo se podría decirse del actor Jared Leto, el rockero del grupo 30 Seconds to Mars, quien tras cinco años de ausencia, regresó a la pantalla grande para dejar boquiabiertos a sus detractores, quienes argumentan que casi siempre sus papeles a lo largo de su carrera cinematográfica, han estado marcados por una medianía, lo que el propio Leto viene a romper con su destacada actuación en esta cinta.

Y no es para menos, sus actuaciones le han dado a “El Club de los Desahuciados” la nominación del Oscar a Mejor Película, lo que también ha sucedido con ellos, pues Matthew McConaughey como Mejor Actor, mientras que Jared Leto ha conseguido estar nominado en la categoría de Mejor Actor de Reparto.

Sin duda alguna, este filme norteamericano es una de las mejores opciones para sentarse en una butaca y disfrutar cine de calidad, con gran calidez humana y sentido de crítica social.

lunes, 3 de febrero de 2014

Los 300 crímenes no resueltos de la Carrillo Puerto. Parte 1

Policía de Mérida por  eit1mx @Flickr






Fernando Pech intenta despertar. Sus gruesas e inclinadas pestañas forman una jaula que se encuentra sellada al exterior, casi se puede imaginar el ruido que hacen al chocar unas contra otras durante la separación. El intento no dura mucho, la única ventana de la habitación filtra una luz blanca que anuncia una hora entre las ocho y las diez de la mañana. El hombre ha cometido la imprudencia de mirar directo a la ventana. Mueve su cuerpo pesado, corpulento, setenta kilos rotando sobre un eje que bien podría ser su pie izquierdo, la raída sábana procede a resbalar en unos lados y a enroscarse en otros. Completada la operación, exhala. El aliento anuncia los estragos de la noche anterior: muchas más cervezas de las tolerables, botanas, un cierto sabor a chile, sal, limón, un resquicio de algo que bien podría ser tequila barato, o alcohol mezclado con agua, ciertamente no hay indicios de algún licor dulce. Se relame los labios buscando sabores dulces que recuerden algunos labios de la noche anterior, nada, sus esperanzas se desvanecen al advertir el sabor salado del sudor, y una nueva mezcla de los hedores que desprende su aliento. Se rasca el pecho, mientras piensa que ha sido otra noche en vano. Su prominente abdomen ruge y su cabeza late a intervalos irregulares y bastante molestos, no obstante las repeticiones nunca tardan más de diez segundos en sucederse. Es curioso lo que una persona puede pensar a estar hora de la mañana, o momento, en el que uno se promete despertar y el cuerpo se promete dormir, Pech viaja hasta su primera juerga, en especial, al primer dolor de cabeza después de esa noche de juerga. Pech recuerda que el dolor era tan insoportable que se puso a rezar a la Guadalupe para que lo apartara de él y a cambio, el dejaría la bebida. Como es previsible, ni una ni otro se hicieron caso, tal vez ambos se tomaron por locos, o por embaucadores y para celebrarlo o demostrar que aquello no le afectaba en lo más mínimo, quince días más tarde a penas repuesto del regaño que su madre le había propinado, brindaba por la Guadalupe en El Siete Mares. Este pensamiento lo hizo reír y bostezar.

Intentó por segunda ocasión abrir los ojos y esta vez tuvo éxito. La pared blanca le daba a la habitación una tonalidad azulada mucho más tolerable y sus ojos se adaptaron en cuestión de segundos. Sentía su cuerpo grasoso y fresco a la vez. Era perfecto que aquella mañana no tuviera que ir a trabajar, no es que odiara su trabajo, ser policía siempre le había gustado, sobre todo en esta ciudad. Mérida, se caracterizaba por ser una de las ciudades más seguras del país, una isla en un territorio sumido en la guerra y si para la opinión pública Mérida era algo como un oasis, para los meridenses el Norte de la ciudad venía a ser como un paraíso de las clases medias y altas. A Fernando todo esto le importaba un bledo, sólo sabía de sus conversaciones con un par de colegas de otros estados donde la cosa si había estado fea. Mientras ni toquemos al narco, o el narco no nos toque, prefiero seguir resolviendo chismes del vecindario, pensaba.

Un sonido familiar lo sacó de su letargo, su celular. Se sentó en el borde de la cama y alargó el brazo hasta su mesa de noche para tomar el aparato. El cuerpo frío del viejo Nokia le pareció molesto, había un mensaje nuevo: “Fer el Cuña se reportó enfermo o buscas a alguien más o vas en chinga”. A Fernando sólo le bastó comenzar a leer la palabra enfermo para comenzar a proferir maldiciones, no era para menos, éste era su primer sábado libre en un mes y el Cuñado, aquél cabrón seco e inútil se había vuelto a enfermar, era la décima vez en el año. Para peor, el rencor de Fernando contra el Cuñado crecía porque era recomendado y no se le podía tocar, de hecho, sospechaba que sus continuas faltas por enfermedad eran producto de resacas, como la que padecía él ahora. Se levantó de la cama con algunas precauciones y de mala gana acercó una silla a una mesa de plástico. Tomó la libreta amarilla que se encontraba ahí y comenzó a hojearla, marcó algunos números, hizo algunas llamadas, pero no tuvo éxito, no contestaron, o estaban ya en servicio, nadie podía suplirlo. Golpeó fuertemente la mesa con su puño de forma que el objeto y su contenido se elevaron unos pocos milímetros. El celular resbaló de su mano y cayó en el piso, volvió a sonar: “Fer, ya va Chango por ti urges allá”, habían pasado treinta minutos del primer mensaje. “Urges aquí”, le causó gracia, que podría realmente urgir en este día y en esta colonia. Era cierto, la Carrillo Puerto no tenía fama de ser una colonia de ricos, tampoco de ser una colonia sin nota roja, pero en los últimos meses, como en los últimos años todo se reducía a una serie de crímenes de fácil solución que al final quedaban atorados en la burocracia. En eso consistía su trabajo, en hacer que los crímenes sencillos quedaran atorados en el aparato de la justicia y eventualmente atrapar a uno que otro ladrón de mil, porque el monto de lo robado no excedía de esta cantidad. En sus siete años trabajando al frente de la Comandancia del Departamento de Policía de la Carrillo Puerto había tenido la oportunidad de asistir a dos crímenes pasionales, un par de rumores sobre pervertidos que nunca acababan por esclarecerse, tres desalojos de casa habitación, apoyar durante un cateo, alrededor de veinte robos de más de diez mil pesos e inumerables que no excedían los cinco mil. De estos últimos, el botín consistía casi siempre de alguno de los siguientes artículos: televisión, refrigerador, llantas, espejos, bicicletas, triciclos, macetas, ropa, dinero en efectivo, computadoras, cadenas, alhajas, tazones chinos, floreros persas (ambos de imitación) y un muy largo etcétera. Con una mueca de profundo enojo se levantó y se metió al baño contiguo, el agua tenía una temperatura de agradable y le ayudó a terminar de despertar. Se metió a la pequeña cocina con una toalla en la cintura y sacó del frigobar una barra de baguette dura, la partió y armó una escueta torta de jamón que acompañó con un café barato y muy malo. Era para lo que alcanzaba. Desayunó mientras se vestía.

La patrulla 65 llegó treinta y cinco minutos más tarde, después de hacer una parada obligatoria en el puesto de cochinita de la esposa del Chango y sonó la bocina dos veces. Fernando tomó su maletín de trabajo (o lo que quedaba de él después de sobrevivir cinco años sin lavarse), se miró en el espejo y acomodó su gorra, “¡Lets gou!” se dijo como para convencerse y salió. Chango esperaba afuera, su tez oscura y rasgos toscos recordaban a un gorila, no era precisamente muy inteligente pero era famoso por sus chistes bastante machistas aunque buenos y su puntualidad envidiable, había ganado el premio por puntualidad tres años seguidos.

¡Comandante, Buenos días! el sonido del motor se encontraba en el fondo y se confundió con la cerradura de la puerta
Buenos días Pacheco ¿Como andamos?
Bien mi jefe, chambeandole —. Dijo mostrando una sonrisa franca que se antojaba un poco pícara
¿Que sucede Pacheco? — abriendo la puerta de la patrulla
Nada, volvió a faltar el güero —.La patrulla comenzó a moverse, sorteando los baches del camino.
— Ese pendejo, no sirve para nada
— Así es mi jefe, pero ya ve, es niño de papi
— Que le vamos a hacer...
— Se le ve cansado —. ¿No había nadie más?
—Nadie, me huyen, le huyen al trabajo
— Gente floja, por todos lados hay
— Y a mi me joden. — ¿Que urge tanto que te mandaron por mi?
— Robos y más robos, ¿Como que ya son muchos?, ¿no le parece? —. Mirando como si insunuara que la reciente ola de robos era algo mucho mayor que sólo una serie de sucesos al azar. La idea, reflexionó rápidamente Fernando era tentadora, después de todo uno podría creerse el tal Sherlock del que hablaba la gente, o como en esas películas donde una sola persona descubre que existe un patrón en lo que a primera instancia es una serie de momentos totalmente aleatorios.

— Naaaa, no lo creo, estas cosas pasan, lo que jode es que me paren sólo por estas tonterías — con una sonrisa condescendiente por haber identificado la necesidad del Chango por pertenecer a algo más grande que andar cazando raterillos o niños traviesos. El Chango le devolvió la sonrisa — ¿Cómo cuanto robaron ahora?
— Pues, no estoy muy seguro, parece que por persona son alrededor de seiscientos pesos —. Con tono desinteresado y la vista en el camino
— ¿Por persona?
— Así es mi jefe
— ¿Cuantos están en la comandancia?
Los ojos del Chango volvieron a animarse y la sonrisa se le escapó por las comisuras de los labios al escuchar la pregunta.
— Unos quince... veinte quizá
— ¡Veinte!
— Más o menos, todos ocurrieron anoche, todos entre las tres y las seis de la mañana —. Y agregó en tono triunfal — ¿Tons que?, ¿puritita casualida?
— Ya no parece tanto, ¿cuanto es el monto de cada uno? — incómodo por sentirse engañado por una inteligencia inferior.
— Varía, van de los trescientos a los seis mil, una televisión

La cabeza de Pech estaba ahora mucho más dispuesta a pensar y comenzó a retroceder hasta los números del reporte del último mes. Recordaba que los robos a casa-habitación habían aumentado considerablemente, se habían reportado un total de veinte robos de distintos objetos. Sin embargo, en las calles, los rumores de robos no reportados habían venido creciendo desde el año pasado. Primero eran objetos sin valor aparente, en algunos casos meramente sentimental, pero el monto había ido aumentando. El Domingo pasado su hermano junto con su padre se dispusieron a inventariar las cosas que la gente había perdido, eran ya alrededor de doscientos cincuenta objetos. Afortunadamente para Fernando, el poder de la burocracia había mantenido las cosas en control, es decir, los oficiales a su cargo estaban trabajando, aunque trabajar significara esperar las órdenes para iniciar las investigaciones correspondientes. La burocracia había rechazado el 85% de las declaraciones por faltas de ortografía, manchones en las orillas, “falta de datos”, entre otras razones cada vez más incompresibles como “exceso de tiempo en la pila, redáctela de nuevo por favor”.

— ¿Que piensa jefe?
— Nada, que tal vez tengas razón, pero por ahora sólo podemos levantar las declaraciones y enviarlas, nada más
— Ni modo, seguiremos sin ver acción —. Y agregó convencido — yo creo que ha de ser el Barrabás, ya no deberíamos soltarlo
Las soluciones simples de la mente del Chango eran bastante molestas, siempre guiadas por un desprecio ya irracional por los delincuentes.
— Por más, el Barrabás es un pobre pendejo borracho, no creo que haya podido entrar a veinte casas anoche
— quince
— ¡las que sean!
— Tiene usted razón comandante —. Con un tono más serio. Y agregó alegre — Ni modo, a hacer papelitos

El Chango estacionó la patrulla frente a la comandancia, el Sol de las nueve y media de la mañana le daba al cielo un tono azul bastante playero, la ciudad había cobrado vida desde hacía un par de horas y la gente caminaba tranquila hacia y desde el mercado de Chuburná, el ambiente desprendía un aroma a tierra húmeda, el olor natural del trópico. Fernando bajó del auto y cruzó la calle, conforme caminaba sus fosas nasales se llenaban con una mezcla a distintas proporciones de tierra, asfalto y humedad de oficina, cada paso hacía que el último componente de la fórmula ganara presencia. Finalmente frente al edificio y a punto de abrir la puerta de la pequeña comandancia, un olor a papeles viejos, sudores, alimentos grasosos y desodorante barato le asaltó por completo, su rostro se ensombreció y miró de nuevo a la calle, una señora pasaba con un par de tomates rojos, quiso quedarse con esa imagen, como una promesa de lo que habría sido su sábado y que ya no sería, atravesó el umbral de la puerta.



—¡Comandante, Buenos días! —. gritó la voz jovial de la secretaria, sus ojos risueños desentonaban con el aire viejo y rudo de aquella sala, a Fernando le habría gustado haber despertado con estos ojos en su cama, u otros. En última instancia le hubiera gustado despertar con el cuerpo joven de una mujer a su lado, pero eso ya era una fantasía lejana y absurda. Respondió con una sonrisa muy desanimada y la joven continuó — El inspector le está llamando desde temprano, como no vino el güero, no hay quien atienda a la gente —. Los ojos del comandante recorrieron la habitación, la mayoría eran personas de veinte a treinta años, pero habían una señora de unos setenta y una pareja de ancianos de sesenta. También advirtió que la mayoría eran mujeres de abdomen poco plano pero que estaban dos jóvenes de ojos despiertos y curvas generosas y alrededor de tres hombres de mirada ruda. Todos, a excepción de los tres hombres, lo miraban con expectación. Sería una mañana pesada se dijo y entró a su despacho arrastrando los pies, ya en el umbral y antes de cerrar la puerta dijo a la secretaria — Traigame un café, cargado, sin azúcar, y después que pase el primero —. Se hizo el bullicio mientras la delgada puerta de triplay se cerraba lentamente.

viernes, 17 de enero de 2014

Hasta pronto, querido Gelman


A veces, uno se pone bien triste con la noticia de una pérdida y  un inmenso hueco nace en lo más profundo de su corazón. Uno se queda huérfano, absorto de la realidad y de sí mismo. Cuesta trabajo aceptar la partida.

A media tarde del martes, el poeta Juan Gelman, se marchó para siempre. De a poco, abrió sus alas  y con sus ochenta y tres años de existencia, voló muy alto, muy lejos. Abajo, quedamos los devoradores fervientes de sus palabras, quienes estamos hechos de su poesía, pero también de sus silencios.

 Revolución, dulzura del mundo, carestía de la vida. Resistencia, coraje, izquierda, melancolía, olvido. Alfombra de la victoria, tango, apetito, juventud. Amor, miedo, árbol. Resplandor violeta, lucha, calor en medio de la noche. Amargura, lluvia, pequeñeces de la vida. Otoño suave, partidas, balazos. Huesitos, guerra, sombra, paz. 

Mujeres, nuestro, nada, todo. Rostros, niñez, oscuridad. Ternura, Atados por sus labios, pañuelo.  Memoria, ruiseñores, tortura, combates, juventud, muerte. Estado de sitio, callar, exilio, tormenta, país. Andar tan infelices, pajaritos, ventanas. Café, malos recuerdos, París nocturno. Desierto, desprecio, resplandor de vos.

Soledad, expulsado, mesa, catástrofes. Verte, sufrimiento,  fuegos, besos del encuentro y del adiós. Palacios, vos, escribir, alma. Brazos, banderas, abrazos, dolor. Denuncia, robo. Emperrado, corazón, amora.

Las palabras se esfuman, uno quisiera decirlo todo y termina diciendo nada. 

domingo, 5 de enero de 2014

Mi primer cuento






Esta es mi primera entrada en este blog. Quiero compartir el primer cuento que escribí, es bastante personal pero lo haré como agradecimiento por invitarme. Un poco de contexto: este cuento solo lo he leído un par de veces (supongo que entenderán porque), la primera fue cuando lo escribí y la segunda para una pequeña revisión y edición. Aquí lo dejo:


Mi abuelo
Por Carlos Riancho

Recuerdo muy bien a mi abuelo, mantengo una fotografía suya enmarcada en mi escritorio.

Recuerdo muy bien las tardes de verano que pasábamos juntos limpiando la piscina, a la cual posteriormente entraríamos juntos a refrescarnos del caluroso clima.

Cómo olvidar la casa en la que vivía, cerca de la plaza de toros a la cual nunca pude asistir con él. Supongo que las corridas no eran de su agrado, nunca le pregunté.

Vivía en una casa amplia de un piso. Al entrar podía ver uno la sala y el comedor. Recuerdo las sillas de madera pintadas de negro alrededor de una mesa redonda con una cubierta de cristal.

Cuando era un niño, todos los años en navidad instalábamos un nacimiento en un rincón de la sala. Mi abuelo apilaba un par de cajas, a veces hasta tres, y las cubría con un papel gris de una textura fibrosa lo cual daba el aspecto de tierra. En el nivel inferior del nacimiento colocaba un pequeño espejo en posición horizontal que luego cubría de un papel azul transparente para simular un pequeño lago.

En el nivel superior colocaba el pesebre en el cual, según la tradición, nacería el niño Jesús. Recuerdo como adornábamos el nacimiento con una inmensa variedad de animales de arcilla. Desde vacas, flamingos, pequeños peces en el lago, perros, gatos, patos, y muchos otros. Una vez me llevó a la plaza en la que compraba esas figuras de arcilla y quede fascinado por la variedad y belleza de cada una. Siempre quise regresar con él. Nunca pude.

Ansiaba construir el nacimiento con él y jamás iniciaba sin mí. Era un ritual hermoso, íntimo.

Cuando mi mamá me regañaba en casa de mi abuelo yo corría a su hamaca y me acostaba sobre él, fingía dormir. Podía escuchar a mi abuelo decirle a mi mamá “Ya se durmió, tendrá que quedarse a dormir aquí hoy” y mi mama accedía a pesar de que ambos sabían que yo estaba fingiendo. Recuerdo perfectamente su voz.

Recuerdo muy bien que la casa tenía un amplio patio en el cual, en la parte más alejada de la casa, había un pequeño jardín con unos cuántos árboles, entre ellos uno del que bajaba limones de vez en cuando.
En este jardín mi abuelo me enseño a colocar trampas para tortolitas. Unos curiosos pajaritos de color café y partes grises con las alas adornabas de retazos negros.

La trampa consistía en una pequeña jaula de madera con barrotes de metal. Colocábamos en el centro de un poco de pan y la plantábamos en el centro del jardín. Recuerdo que revisaba constantemente si algún pájaro hambriento y despistado había caído. Jamás lastimábamos a los pájaros, los soltábamos después de atraparlos, era una simple travesura.

En el patio de la casa había una piscina, no es la misma de la que les hablé hace un momento pero en esa igual nos metíamos a bañar para quitar el bochorno producido por el exceso de calor. Recuerdo que jugábamos con pequeños barcos de plástico mientras esperábamos que el agua alcanzara su tope aún con nosotros dentro de la piscina.

La piscina de la que les hable al principio estaba en la otra casa de mi abuelo. Una casa que solía visitar continuamente cuando quería estar solo para leer y para practicar una de sus grandes pasiones: la jardinería.
Llamaba a esta casa “La Maya” por la colonia en la que estaba ubicada. Era una edificación pequeña pero con un terreno muy amplio. En el terrero había arboles de mango, naranja y otras frutas, recuerdo como bajábamos mango cuando aún estaba un poco verde para sazonarlo con chile y limón para comer. Los limones los conseguíamos ahí mismo.

En La Maya había un pequeño estanque en la parte de atrás. Lo visitábamos cada temporada de lluvia y recogíamos pequeños renacuajos que se criaban ahí.

Esos fueron mis primeros encuentros con los ciclos de la vida. Todos los años era testigo de cómo pequeño seres parecidos a peces iban transformándose. Primero les salían las patas traseras, luego las delanteras y poco a poco iban perdiendo la cola hasta transformase en diminutas ranitas. Me fascinaba. El flujo del tiempo es algo en lo que aún puedo cavilar por horas.

Justo en el camino que llevaba a la piscina había una roca. Por supuesto que no era cualquier roca, de lo contrario no estaría hablándoles de ella. Ésta tenía la forma de un pez que levantaba la cola hacia el cielo como si estuviera siendo parte de una danza artística, me intrigaba cómo y dónde la encontró mi abuelo. Era hermosa.

Recuerdo muy bien a mi abuelo, desde muy corta edad me acercó a la lectura comprándome libros de dinosaurios. Libros con dibujos coloridos y descripciones amplías sobre las bestias que dominaron la tierra muchísimo antes de que la raza humana diera los primeros pasos.

Fue gracias a estos libros que mis maestras de kínder se quejaban (o solo comentaban, nunca sabré) de que nunca paraba de hablar de dinosaurios. Adoraba la película de Jurassic Park, en ese tiempo solo existía una y, como ya habrán adivinado, mi abuelo la compró para ver juntos. Al verla por primera vez actué como si no tuviera miedo junto a él, acostados en hamacas continuas y con las luces encendidas. Nos reíamos cuando el Tiranosaurio Rex atacaba los indefensos coches de los humanos. Años después, ahora que pienso en esa noche, puedo darme cuenta de que él sabía que por dentro sí le temía a ese enorme dinosaurio pero jamás llego a saber que su presencia era la que me daba seguridad y confianza. Jamás se lo dije.

Cuando cierro los ojos puedo ver claramente que grabó para mí las primeras películas de Star Wars, las únicas tres que había en ese tiempo. Las grabó en aquellos Beta que ahora han dejado de existir. Su último obsequio antes de fallecer repentinamente fue algo de dinero. Con ese dinero me compre las mismas películas en DVD y ahora se encuentran entre mis posesiones materiales más valiosas. Para mí son un símbolo de su amor y dedicación.

Mi abuelo alimentó mi mente. La llenó de dinosaurios, naves espaciales, piratas y demás construcciones fantasiosas de la humanidad, la llenó de la naturaleza: su flora y su fauna. Llevó mi imaginación a un nivel estratosférico y se aseguró de que el niño en mí jamás muriera. Nunca he recibido un regalo más grande.

Amaba la música clásica. Conducía un Sentra gris del cual no recuerdo el año pero si recuerdo que siempre contaba con cassettes de música clásica. Era muy pequeño para recordar nombres y piezas completas pero recuerdo sus explicaciones: “Este es un vals” o “Esta pieza es muy animada”. Me gustaría decirle lo mucho que pienso en él cuando escucho el mismo género de música. Ahora podría aprender más de él.

Un día, alrededor de Abril, fue internado en el hospital por un golpe menor, no recuerdo con exactitud pero sé que no era algo grave, ni cerca de serlo.

Un par de días después mi mamá y mi papá fueron a visitarlo, yo no fui. Me contaron que lo vieron muy animado con la jovialidad característica en él. Pronto saldría y sería como si nada hubiera pasado.
Al día siguiente de la visita me encontraba en la escuela, revisando mi mochila cuando la prefecta se acercó y me dijo “Vinieron a buscarte, tienes permiso para salir”. En ese momento supe que algo le había pasado, fue instantáneo. Un sentimiento que algunos podrían clasificar como una revelación divida, sé que fue producto de la mera intuición.

Al bajar las escaleras y llegar al vestíbulo me encontré con mi padre que tenía una expresión seria, fría. Asustado, le pregunté por mi abuelo y me respondió, con la voz más serena que le permitieron los sentimientos: “Falleció a las 6 de la mañana” y no pudo terminar la frase sin que se le rompiera la voz. Escuchar a mi papá llorando me ha dejado un gran impacto, me partió el corazón.

No lloré en el camino al hospital. Los árboles, las personas, los coches y en general los colores que siempre me gustaba observar cuando iba con mi abuelo en el coche ahora eran distintos tonos de gris. ¿Por qué sonreía la gente de la calle?

Finalmente llegamos al hospital y me deshice en llanto al verlo, parecía tan tranquilo, como si estuviera durmiendo. Pero yo sabía que no era así. Lloré el resto del día. Y al día siguiente.

Mis padres forman el matrimonio más sólido que conozco y son ellos los que me hacen creer que el amor verdadero existe y está esperando, pero mi tía, la hermana de mi mamá, no fue tan afortunada. En medio de problemas en su matrimonio tenía que luchar para salir adelante con 3 hijas pequeñas y mi abuelo hacía hasta lo imposible por ayudarla, al final el estrés pudo más que su corazón.

Siempre recordaré a mi abuelo como el hombre que fue y más aún, lucho por ser el hombre en el que quería que me convirtiera.

Esa navidad no hubo nacimiento en su casa, hacía mucho que había dejado ese ritual a un lado. Supongo que en la prisa por crecer olvidé los pequeños detalles que me fueron definiendo desde niño y el amor que dejó una gran marca en mí.

El sentimiento de frustración, el dolor que sientes hasta en los huesos, la rabia e impotencia al perder a un ser tan querido. Tantos sentimientos emanando por una sola causa: nunca me pude despedir de él. Tuve la oportunidad de verlo en el hospital una última vez y la rechacé, la oportunidad de platicar con él, de contarle mis experiencias de adolescente, de hacerle ver el camino que iba tomando.

Pasado el tiempo en ese mismo año, para vísperas de su cumpleaños, me encontraba deseando desesperadamente haber tenido esa oportunidad para despedirme. Me maldecía a mí mismo por haber dejado pasar la visita a pesar de que yo no sabía que sería la última.

La noche de su cumpleaños fui a dormir con un sentimiento de pesar tan grande que puedo sentirlo aún, cuando me encuentro pensando en él.

Esa noche tuve un sueño…y lo recuerdo perfectamente.

Mi abuelo pasaba por mí a casa y le abría el portón, era de noche. Ahí estaba él, tan sonriente como siempre afuera de su Sentra gris. Recorríamos la ciudad como antes, parábamos por un helado en la Heladería Colón y yo pedía el de limón que siempre me gustaba, me traía recuerdos de ese jardín en esa casa.

Mirábamos las estrellas y recuerdo que lo que sentí fue tan real y hermoso: volvían a mí los dinosaurios, los renacuajos, los árboles de todo tipo, la música clásica, la roca en forma de pez, la seguridad y el amor que sentía por mí.

Al final de la velada me regresó a casa, se bajó del auto y me dijo algo. Palabras que hasta hoy atesoro y que causaron un impacto más profundo en mí que cualquier otra experiencia que haya vivido hasta el día de hoy. Desperté y me puse a llorar.

“Siempre que me necesites, aquí estaré”

Las últimas palabras que mi abuelo reservó para mí.





martes, 31 de diciembre de 2013

Metáfora del huevo de codorniz



Nunca fui bueno para las metáforas, pero en aquel entonces el mundo me parecía un huevo de codorniz que pasa de mano en mano como una curiosidad. Todas las gentes tenían que ver con el huevecillo ese y todos esperaban nacer al animal. Había que ver la delicadeza con que cuidaban la débil cáscara, la tomaban entre sus dedos índice y pulgar y verificaban cuidadosamente que el proceso se repitiera a la perfección entre los observadores. 
Eso creían, era la integridad. Aquello me parecía muy divertido, el huevito pasaba de boca en boca y la gente sonreía. Ella me miraba a veces y yo, yo la veía siempre que el huevo hacía de las suyas resbalando por la mano de una señora desprevenida. Aquél huevo y nosotros teníamos el tiempo contado, un día el huevecillo dejaría de ser huevo y la gente se entusiasmaría con el nacimiento y se olvidarían de nosotros. Y nosotros del huevo y finalmente de nosotros.

¿Sabes que este huevo es muy particular?, no es de cualquier codorniz. Y yo la miraba, que podía hacer si de todos modos no sabía de las peculiaridades del huevo. Observa este pequeño punto a la altura de lo que llamaremos "el ecuador del huevo", muy bien si suponemos que esto no es un punto sino un parásito, podemos reducir la búsqueda a al menos cien nidos de codorniz de la región.

¡Claro!, siempre y cuando no sea un hongo, que en ese caso sabríamos no es de este lugar. Y sonreía. Ella hablaba de lo que tienen las estrellas dentro y yo le explicaba las similitudes entre un huevo, la tierra, y la nada misma. El huevo pasaba de mano en mano y algunos se desesperaban, otros se decepcionaban, después de todo era sólo un huevo. Sólo nosotros parecíamos comprender la metáfora del huevo y su fortuna, la adivinábamos y la explicábamos como si fuera una metáfora de nuestras vidas mismas.

lunes, 30 de diciembre de 2013

Cartas sin destinatario preciso IV


No me olvido de los días felices. Tampoco de la inmensidad de tus ojos, ni de las comisuras de tus labios. Sin embargo, estoy decidido a abandonar definitivamente la idea de escribir una historia a tu lado, guardar una esperanza por más pequeña que esta sea o implorar una vuelta de tuerca que cambie mi destino. 

Tal es mi decisión, que ahora ni siquiera me imagino en el lugar que siempre ocupé, los márgenes de tu biografía. 

Me costó mucho tiempo aceptar tu partida, la ausencia de ti. 

Pese a todo, trataré de recuperar mi felicidad. Seguiré por la misma brecha de siempre, trazada de a poco en solitario, con las férreas luchas y contiendas que sostengo todos los días conmigo mismo. 

A partir de esta noche, me esforzaré por no llevarte a todos lados en la mente. Dejaré que persistas por siempre en los recuerdos plasmados en los retratos y en estas cartas sin destinatario preciso, pero nunca más volverás a entrar a este corazón, permanecerá acorazado en todo momento para ti. 

Por fin, admito esta especie de derrota con pequeños lapsos de dulzura.   

Llegaste al final by Pericos on Grooveshark

domingo, 27 de octubre de 2013

Desde el cielo, agua y verde se ve l

Vista aérea de una parte de Villahermosa by MALIBUZEE @Flickr

El vuelo alcanza los diez mil pies apenas unos minutos después de haber despegado de la ciudad de México, desde esta altura, la tierra está sumergida en un interminable mar de nubes aterciopeladas y de un color blanco altamente brillante. No hay nada reconocible, las estructuras de nubes se encrespan sobre dicha superficie pero no  hay nada más. Algunos minutos más adelante, el mar de nubes homogéneas, se detiene casi abruptamente, lo sucede una colección tan variopinta de este meteoro que es toda una clase de meteorología, a lo  lejos se observan las poderosas cumulonimbus en evolución, allá unas stratus, por aquí las ligeras cirrus.

Me inclino sobre la ventanilla y un mar azul sale a mi encuentro, -estamos sobre el Golfo- pienso y me reclino en mi asiento. No he volado  muchas veces, y quizás  por ello disfruto  de mirar por la ventanilla adivinando lugares sobre el terreno. -Iniciando el descenso- suena una voz por el intercomunicador, y de nuevo me inclino para ver donde estamos: el mar se convierte en playa y la playa en un pequeño lugar entre el mar y la laguna, que tiene una boca y un puente sobre la misma -¡Es Sanchéz Magallanes!-.

Desde esta altura, es imposible adivinar la vida de las personas allá abajo, pero el pueblo allá abajo es una pequeña comunidad pesquera, atrapada en un pasado que cada vez se hizo más lejano, anteriormente era un punto importante de comunicación entre Tabasco y Coatzacoalcos, pero ahora, sólo el puente levadizo viejo y oxidado nos recuerda que alguna vez barcos de considerable tamaño surcaron sus aguas, de la carretera del Golfo, sólo quedan recuerdos.

El avión maniobra y debajo, aparece un mundo verde, verde hasta donde alcanza la vista. Aquél mundo de vegetación baja, sólo es interrumpido por el  reflejo del agua turbia de los arroyos y las lagunas que ocupan varias decenas de metros cuadrados -Este es mi estado, un conjunto constante de agua y vegetación-. Las nubes cubren nuestra panorámica y tengo que esperar, más adelante surge un conjunto de casas más grande y complejo y lo que parece ser una carretera importante, el Soriana que se localiza sobre la carretera lo delata -¡Cunduacán!-, y en la distancia serpentea el río Samaria, va creando meandros, arroyos, y las construcciones humanas salen a su encuentro.

Trato de seguir el  curso del río pero rápidamente lo dejamos atrás, ahora sigue un juego de arroyos y pastizales verdes, aquí y ya van manchando la geografía, muchos arroyos son invisibles, hasta que el reflejo del sol revelan su ubicación, otros oscuros, permanecen en la sombra.

Cada vez más cerca del aeropuerto,  y espero por ver a Villahermosa, de todas las ciudades de Tabasco,  y quizás del país, es la más acuosa, y como no, si para ser la capital se requería que fuera accesible desde todos los puntos de una tierra dominada por el agua. Allí, los grandes ríos confluyen o se interconectan a través de lagunas y canales, y gracias a eso, Villahermosa pudo dominar a cualquier esquina de Tabasco desde su posición.

Se suceden pequeños caseríos, y de pronto, el río Carrizal delimita a la ciudad, identifico las construcciones más importantes y más conocidas para mí, la ciudad deportiva, la Laguna de las Ilusiones en el mero centro de la ciudad, los edificios, las plazas comerciales, Villahermosa es una ciudad tremendamente densa, las casas casi se enciman, como si quisieran subirse una encima de otras, por aquello de las inundaciones, y justo del  otro lado por el que ingresamos, el río Grijalva porta su carga lechosa y rápida en su curso por la ciudad.

Ahora nos dirigimos al aeropuerto en nuestra aproximación final, y la vista es impactante, inmediatamente a un costado de las colonias de Villahermosa aparecen una serie de lagunas, arroyos y pantanos, que se extienden hasta donde alcanza la vista, ¡agua y más agua!, ¡verde y más verde!, hasta donde uno puede ver, es incontenible, debajo, una cada vez mayor carretera bordea aquella inmensidad.

 -Quien viene por primera vez debe pensar que el avión va a acuatizar-, y es que no hay señales de dominio humano, una sucesión de árboles altos anuncian la llegada de una pequeña pista y así aparece, pequeña y mordida por el  pasto circundante. -Señores pasajeros, bienvenidos a la ciudad de Villahermosa- se nos dice pero debería agregarse -la ciudad del Agua-

domingo, 18 de agosto de 2013

Cara a cara, boca a boca


Ese día preparé el mate. Fui a poner la cafetera, calenté el agua y regresé a la habitación. Todo era un sueño que no alcanzaba a comprender en todas sus dimensiones. Después de tanto tiempo de buscarnos sin encontrarnos, estábamos ahí reunidos, cara a cara, boca a boca.

Fue un momento singular. No hay manera de describir todo lo que ocurrió. A veces, creo que es mejor guardarlo en la memoria, colocarlo tan lejos e inalcanzable con el fin de protegerlo, para  tratar de cuidar el recuerdo de lo vivido, de todo lo que fue y no volverá.

Todo terminó con poesía. No llovió ese día pero concluimos para siempre nuestra historia con "Lluvia", un poema de Juan Gelman que dice "como hoy/que llueve mucho/ y me cuesta escribir la palabra amor/ porque el amor es una cosa y la palabra amor es otra cosa/ y sólo el alma sabe dónde las dos se encuentran/ y cuándo/y cómo". 

730 días by Jorge Drexler on Grooveshark

jueves, 15 de agosto de 2013

Veredas de Buenos Aires [Julio Cortázar]



De pibes la llamamos: “la vedera”
Y a ella le gustó que la quisiéramos,
En su torno sufrido dibujamos
Tantas rayuelas.

Después, ya más compadres, taconeando
Dimos vuelta manzana con la barra,
Silbando fuerte para que la rubia
Del almacén saliera, con sus lindas trenzas
A la ventana.

A mí me tocó un día irme muy lejos
Pero no me olvidé de las “vederas”
Pero no me olvidé de las “vederas”.
Aquí o allá, las siento en los tamangos
Como la fiel caricia de mi tierra.
¡Cuánto andaré por “ ái ” hasta que pueda
volver a verlas...!

Julio Cortázar

lunes, 5 de agosto de 2013

Otra vez a perder un partido, sin tocar el balón...


Prefiero mantenerte en el recuerdo, envolverte en él para que permanezcas en mi memoria y no te esfumes en esta carrera que decidiste emprender de manera sorpresiva, impetuosa, bipolar.

Nada fue suficiente, todo concluyó otra vez de manera desastrosa.

Creí que esta vez nada te detendría, que serías capaz de emprender un futuro junto a mí, sin ataduras.

Hablé mucho esa vez. Derroché una miel que te pareció insípida y no quisiste probar más. Y luego, para colmo de esta modernidad líquida en qué vivimos, días después me sentenciaste a un final, sin más de ti.

Créeme, aprendí la lección: no debes dejar todo en la cancha, cuando ni siquiera el club te ofrece un contrato, cuando está pensando antes de tiempo, en cómo deshacerse de ti.

Otra vez a perder un partido, sin tocar el balón... 



09.Yo tambien se jugarme la bo by Joaquín Sabina on Grooveshark

jueves, 21 de febrero de 2013

A Daltón



Daltón el poeta. Daltón el escritor. Daltón el marxista irónico. Daltón el comunista causante de dolores de cabeza. Daltón el soñador. Daltón el útopico. Daltón el contestatario. Daltón el incómodo. Daltón el clandestino sincero, trasparente, solidario.

Roque Daltón el hombre, el mártir, el amoroso.

Roque Daltón el escrutador, el más apto para ser odiado.

Roque Daltón en la memoria, en la justicia, en la victoria o en la derrota.

Roque Daltón, Roque Daltón, Roque Daltón...

Audiolibro Recomendado del Mes

Compartimos el Libro: "De la dictadura a la Democracia" del autor Gene Sharp, en su formato audiolibro para nuestros estimados lectores. Un título imprescindible sobre los diferentes métodos que el autor propone para disolver dictaduras por medio de revoluciones pacíficas y acciones no-violentas. (son díez capítulos que se estarán subiendo hasta completar la carpeta):