lunes, 12 de octubre de 2009

Corrupción y el poder del dinero rigen el sistema judicial mexicano, dice Sandro


La mayoría de las personas confiaron en nuestra inocencia, señala el ex custodio

Estuvo preso seis años y 4 meses por su presunta participación en la fuga de El Chapo Guzmán

JORGE GÓMEZ NAREDO ( III y Última)

La Jornada Jalisco

Vivir dentro. Sin salida, sin un camino que lleve a una avenida o a una plaza pública, sin una senda que conduzca a las multitudes que, libremente, pululan por las ciudades. La prisión. Estar encerrado. Guardado. Mirando paredes y barrotes. Observando un presente de prohibiciones, de interdicción. Las cárceles están llenas de historias: las más simples, las más complejas, las más divertidas y las más absurdas. Y también las historias más desalmadas, las más brutales y las más injustas. Es la prisión: el cautiverio. Ahí estaba Sandro. No como cocinero ni como custodio, no como un observador de “fuera”, sino como un preso, alguien que vive, siempre, desde dentro. Ésta era la nueva situación, la nueva realidad. Muchas veces los pasos de la vida son rápidos: Sandro pasó de custodio a recluso. Todo, en poco más de un mes.

El Reclusorio Oriente

A Sandro lo acusaron de evasión de preso, un delito que no alcanzaba fianza. A algunos de sus compañeros se les imputó solamente cohecho, lo cual significaba el pago de cierta cantidad de dinero y, después, la libertad. Hubo a los que les fue mal: cohecho y evasión de preso. Y hubo a los que se les culpó de varias infracciones más. El caso es que Sandro había perdido su libertad y estaba lejos de su familia. Podía ponerse a llorar, maldecir el presente, su suerte y al sistema. Pero habría que aguantar, sostenerse, no dejarse caer. Inició el conocimiento de quienes habían recorrido el mismo periplo que él: “nos comenzamos a ubicar entre compañeros, porque muchos ni siquiera entre nosotros nos ubicábamos”.

Las cosas no eran fáciles. Especialmente al principio, cuando los recién llegados al Reclusorio Oriente del Distrito Federal se dieron cuenta que no eran libres, que estaban en la cárcel, que eran “delincuentes”. Sandro recuerda, como quien tuviera esas imágenes del pasado enfrente, nítidas y cercanas: “hubo peleas entre nosotros, broncas. Hubo de todo. Muchos cabrones comenzaron a meterse piedritas, algunos tuvieron problemas familiares, algunos se divorciaron. Imagínate, son cincuenta vidas, cincuenta historias diferentes. Yo solamente puedo hablar desde mi punto de vista”. La esposa de Sandro lo apoyó en todo momento. Y su mamá y su papá y todos sus familiares y no pocos amigos también. Su hermano, incluso, como un acto de protesta, dimitió del penal de Puente Grande: “él, sí renuncia, de plano dice: “chinguen a su madre”. Su papá, en cambio, continúo ahí: hace año y medio se jubiló.

Sandro sabía de cárceles: había estado trabajando en una durante varios años. Pero no conocía qué significaba estar adentro, como preso. Observó rápido la realidad en un penal local: “es muy diferente a una cárcel federal. Hay mucha corrupción, en realidad la corrupción es lo que rifa, es esencial la corrupción. Hay un chingo de drogas, hay un chingo de pendejada y media”. Había que sobrevivir. Pero, ¿cómo? La unidad entre los reclusos acusados de la evasión de Joaquín El Chapo Guzmán fue algo que ayudó. También se borraron las jerarquías: ya no había capitanes ni comandantes ni jefes. Ahora todos eran iguales, o un poco menos desiguales. Los unía el estar ahí, encerrados por el mismo delito. Sandro menciona, mezclando palabra y sonrisa: “perdimos total respeto, o más bien, convertimos ese respeto en amistad. Hice una amistad encabronada con mis compañeros; yo los veo y siento chingón. Yo quiero que estén bien”.

¿Qué actividades hace un recluso en una cárcel?, ¿cómo vive un interno?, ¿cómo pasa el tiempo, ese tiempo de no libertad? Al principio Sandro se aburría. Platicaba con un compañero, después con otro, hacía bromas y reía. Pero, ¿qué seguía?, ¿qué más? Eso lo veían también las autoridades del Reclusorio Oriente: “cuando nos ven que estamos como pendejos y no sabemos qué hacer, nos dan permiso de ir a talleres. Nos dan formas de entretenernos en algo, de trabajar en algo”. Sandro fue a talleres, leyó, hizo “casitas”, hizo “relojitos”, jugó PlayStation y convivió con la gente, además fumó marihuana: “si no es por eso, me vuelvo loco”. Y es que la vida en la cárcel es complicada. Difícil. Traumática. Y más si alguien está ahí por un delito que no cometió.

El apoyo y el olvido

Sandro era culpable de la fuga de El Chapo Guzmán. Él y alrededor de 60 personas más encarceladas en el Reclusorio Oriente. Eso según la versión de la Procuraduría General de la República. Pero muchos no la creían. Para multitud de personas, varios de los encarcelados por la fuga del líder del cártel de Sinaloa eran simples chivos expiatorios, gente que estaba ahí porque la mala suerte existe. Cuando llegó Sandro a la cárcel del Distrito Federal y comenzó a tener contacto con reclusos, custodios y autoridades de la prisión, se dio cuenta que varias personas no creían en lo dicho por el gobierno federal: “casi todo el mundo nos apoya, casi todo el mundo sabe que somos inocentes. Aunque siempre hay el morbo de alguno que otro que te dice: ‘sí, se llevaron algún billetote, no se hagan pendejos putos, no mamen, no puede ser posible: si se llevaron un pinche billetote’. Sí, hubo gente que lo pensó. No puedes hacer nada contra eso. Pero la mayoría de la gente nos trató bien”.

Poco a poco, afuera, el caso de los recluidos por la fuga del jefe del cártel de Sinaloa se fue apagando: los medios de comunicación ya no hablaron del asunto, era cosa del pasado. Y aunque el sufrimiento de los familiares persistía, y había inconformidad y batallas legales y argumentos, el olvido se fue haciendo mayor: insoportable. Así sucedió, por ejemplo, con el autobús que el gobierno del estado de Jalisco proporcionó a los familiares de los acusados de la fuga de El Chapo para que pudieran visitar a sus presos. El camión, al principio, salía todos los viernes; después cada quince días; más tarde cada mes. Hasta que un día ya no salió. La esposa de Sandro iba y venía en él: ahorraba dinero, pues solamente pagaba 150 pesos por el viaje redondo. Ella sabe lo difícil que fue, las lágrimas derramadas.

La cárcel tiene sus propias reglas: las escritas y las no escritas, las que se violan constantemente y las que se respetan. También hay una economía especial. Sandro la describe en pocas palabras cuando se le pregunta cómo se consigue dinero en el penal: “el dinero te va a llegar por medio de la visita. La principal entrada es lo que lleva la familia, la cual da dinero a la gran mayoría de internos. Ahí hay tiendas y un mercado ilícito donde obtienes cualquier cosa. Ahí consigues todo, lo que sea: televisiones, radios, grabadoras, de todo. Hasta hornos de microondas se consiguen, pero cuestan bien caros y para qué chingado quieres uno”. La violencia también se da. Hay armas. Aunque no todo el mundo las trae, pues “son una bronca”. Sandro reflexiona sobre el asunto: “tienen [armas] los güeyes que se sienten inseguros, que sienten que les quieren llegar, o los que se quieren manchar. Ésos güeyes van a traer armas”. En la cárcel se conocen historias de hazañas y de yerros, historias de muchas vidas, de dolor y alegría, de sinsabores y lamentos. Gente que afuera era líder de alguna organización delictiva, “pesos pesados”, muchos que habían robado, otros que habían matado. Sandro dice: “adentro hay gente manchada”, y también “cabrones que les sale el tercer huevo porque tiene una pistola en la mano”. Y claro, adentro también hay gente inocente y honesta. Gente con mala suerte.

Lo importante adentro es entretenerse: que no mate el aburrimiento, porque la muerte que éste provoca es letal. Tiempo después de que Sandro ingresó al Reclusorio Oriente, se echó a andar un programa para la readaptación de primodelincuentes. Araceli Barrios Quintero, la encargada de dicho proyecto, habló con seis de los jóvenes que fueron recluidos por la fuga de El Chapo Guzmán. Sandro recuerda lo que les propuso: “lo que quiero es que me apoyen en echar a andar este desmadre; nosotros sabemos que ustedes son servidores públicos, que no son delincuentes, que estaban trabajando y haciendo sus labores. ¿Qué les voy a dar a cambio? La oportunidad de estar en este programa: así de simple”. Y aceptaron. Pronto, Sandro se convirtió en un promotor de la cultura y el deporte al interior del penal. Todo marchaba bien, tan bien que el programa se cambió en 2003 a una edificación recién construida en Santa Martha: el Centro de Readaptación Social Varonil (Ceresova). Ahí solamente ingresarían menores de treinta años capturados por primera vez. Pero a Sandro y a sus seis compañeros, el director del Reclusorio Oriente les negó el traslado: habían cometido un delito federal. No podían irse.

Nuevamente Sandro regresó a ir de aquí para allá. Conoció a gente “pesada”, incluso, dice contento, sonriendo, casi ufano: “me la llevé bien con ellos”. Sandro sabe que la vida puede cambiar en un día. Que se puede transformar para siempre en unos cuantos minutos. Y así sucedió: “estaba jugando un ajedrez, cuando me dicen: ‘ya te vas’. Y yo digo, pues ¡vámonos a la chingada! Y me voy a Santa Martha”.

En Santa Martha

El Ceresova de Santa Martha Acatitla fue inaugurado por el Jefe de Gobierno del Distrito Federal, Andrés Manuel López Obrador, en marzo de 2003; en octubre de ese mismo año ya estaba en funciones. La intención fue que dicho centro fungiera como el lugar donde se consolidara el Programa de Rescate y Reinserción de Jóvenes Primodelincuentes, a cargo de la maestra Araceli Barrios Quintero. El Ceresova pretendió ser un verdadero centro de readaptación juvenil. Las autoridades del Distrito Federal lo describen de la siguiente manera: “el centro cuenta con una arquitectura tipo panóptico, distribuyendo a la población en 4 edificios, cada uno con cancha de básquetbol, comedor, tienda, baños generales y un distribuidor de alimentos”. Sandro lo recuerda casi igual: “está bien light, está bien chingón el pinche centro. Estamos diciendo que un área tiene su propio dormitorio y su propia área de visitas bien conchas, unas palapas bien bonitas. Parece día de campo. Está bonito, está chingón”.

En Santa Martha, Sandro fue gestor cultural y deportivo. Organizaba, junto con un equipo de internos, torneos de fútbol, básquetbol, voleibol, béisbol, box y hasta de fútbol americano. Instó a las autoridades para que consiguieran donaciones de las universidades públicas de la ciudad de México y de empresas privadas. Sandro se siente hoy orgulloso de su labor en Santa Martha: “yo prácticamente soy el que comienza la estructura de cultura y deportes en este centro”. Dirimió conflictos entre internos, apoyó equipos deportivos, formó una biblioteca y un libro club, fungió como maestro de ceremonias, gestionó uniformes y trofeos para los diversos eventos deportivos, incluso organizó un equipo editorial e hizo una publicación: “con otros dos compañeros echamos andar lo que es la Gaceta del centro, donde se promocionaba la cultura y los deportes”. Logró algo fundamental en la cárcel: divertirse: “todo esto lo hice por hacer algo. No recibí nada a cambio. Más que nada fue para entretenerme, para pasar el día, para sentirme ocupado”. Sandro, con su sonrisa de todos los días, su camaradería y su fácil palabra, logró adecuarse a las circunstancias. Él aprendió algo importante: “saberse adaptar a las condiciones del sistema”. No lágrimas, no depresión, no intentos de suicidios ni cambios radicales en el carácter, no peleas absurdas ni agresiones. Simplemente pasarla bien, aclimatarse a las condiciones, por muy injustas y adversas que fueran.

La sentencia y la liberación

El sábado 1 de julio de 2006, en todo México se hablaba de elecciones, de elecciones y de más elecciones. No había cabida para otro tema. Felipe Calderón había hecho una campaña electoral sucia en contra de Andrés Manuel López Obrador. Había división en la sociedad, riesgo de inestabilidad política y, a pesar de todo, muchas ilusiones: gente que pensaba que por fin la izquierda se haría con la Presidencia de la República. Esperanzas. Las elecciones eran el tema, el único tema. Fue el 1 de julio, un día antes de los controvertidos comicios presidenciales, cuando el juez cuarto de distrito sentenció a los custodios implicados en la fuga de El Chapo Guzmán. Las notas saldrían publicadas (si acaso se publicaban), en pequeños espacios de los periódicos de circulación nacional. Las televisoras y las radiodifusoras ni se fijaron en el asunto. Sandro fue castigado por el delito de evasión de preso con seis años y cuatro meses de prisión. Cuando recibió dicho fallo, llevaba ya en la cárcel más de cinco años. Sandro cuenta algo de la desesperación: “antes de la sentencia estás así como que medio en el limbo jurídico, no sabes qué viene, ni cuándo ni pa’ cuándo. Estás en el proceso, un proceso que no tiene fin, que no sabes cuándo se va a acabar, que tú quisieras que ya ya ya y nada nada nada. Exiges ‘quiero sentencia, quiero sentencia, quiero sentencia’ y nada nada nada. Ya chíngame con lo que me vayas a chingar, pero ya chíngame”.

Después de conocer la sentencia, las circunstancias cambiaron: “ya sé que en once meses me voy a la verga, ya sé que en once meses a chingar todos a sus madre, yo creo que a partir de ese momento hay cambios: hay otro tipo de espera”. Sí, la espera que tiene fecha, la espera que llega a un fin. Sandro comenzó a delegar sus funciones: solamente se quedó como encargado de la gaceta del Ceresova. Y pensó en la salida, en la liberación, en volver a recorrer las calles, en estar en Guadalajara: en ser libre. La espera lo llenaba todo: lo demás se volvía prescindible: “me valía madre. ¿Por qué?, ‘¡porque ya me voy, a chingar a su madre, ya me voy!’. Es el sentimiento, el sentimiento que se tiene en ese momento antes de salir”.

Sandro por fin fue libre. Después de seis años y cuatro meses, recobró el andar por donde le viniera en gana. Lo esperaban su esposa y su hermano. Ese mismo día partieron a Guadalajara: volver, retornar, regresar: “me recibió un pinche pachangón chingón”. Encuentra la misma ciudad, pero distinta: “la ciudad es otra ciudad”. Hubo un proceso, nuevamente, de adaptación. Dice Sandro que su esposa seguramente pensó: “ahora tengo este cabrón aquí, ¿qué pedo?” Nuevamente convivir con los hijos, conocerlos y compartir. Regresó a la escuela: “de plano entendí que lo mejor y los más conveniente sería comenzar desde un principio todas las clases para entenderle mejor”. Seis años no fue poco tiempo. Pronto vinieron el trabajo y la rutina, una rutina en libertad. Sandro sonríe cuando describe su retorno. El pasado, ahora, es eso: pasado, recuerdos y experiencias. Y también una mala jugada de la vida.

Una historia más de este país

¿Cuántas historias se callan?, ¿cuántas injusticias quedan encerradas en las lágrimas?, ¿cuántas iniquidades se soportan sin decir palabra, sin mediar voz alguna? ¿Cuántas? Sandro estuvo seis años y cuatro meses en la cárcel. Él sabe que no fue culpable, que fue un chivo expiatorio. “La mala suerte”, argumenta; pero también se sabe víctima de un sistema injusto, un sistema regido por el dinero y por la corrupción. Es una historia de este país, de México, una historia injusta, como muchas otras historias de muchas otras personas que, desgraciadamente, nunca se mencionan, jamás se cuentan: historias que se perpetúan en el olvido.

Una sola mirada, diferentes visiones.

En la corrupción también hay clases; quienes pagan suelen ser los de abajo

JORGE GÓMEZ NAREDO ( II Parte)


Joaquín El Chapo Guzmán Foto: FOTO ARCHIVO LA JORNADA

Durante su arraigo Sandro supo que las autoridades lo implicaban en la fuga de El Chapo

En la huida de uno de los narcos más peligrosos del país no había víctimas: todos eran culpables

¿Cuánto de verdad tienen las verdades?..., ¿y cuánto de mentira? Para las autoridades federales la fuga de El Chapo fue posible por la corrupción, por el poder del jefe del cártel de Sinaloa y su facilidad para corromper personas. Quizá esa verdad oficial tenga algo de razón, algo de verdad. Pero, ¿de qué corrupción se habla?, ¿de la de los custodios que supuestamente apoyaron a El Chapo?, ¿o de la corrupción que se daba allá, arriba, con los altos funcionarios, con los personajes muy encumbrados en la política mexicana? Hasta en eso de la corrupción hay clases, hay niveles. Y quienes pagan los delitos, cuando se castigan, suelen ser los de abajo.

Una hipótesis de la fuga

Sandro estuvo ahí, ese viernes 19 de enero de 2001 cuando, dicen las autoridades, se fugó El Chapo. Él no vio ningún movimiento anormal ni miró a El Chapo salir por el área que estaba resguardando. A pesar de su sonrisa, de su alegría que le dura siempre en el rostro, Sandro deja traslucir impotencia y coraje cuando se le pregunta ¿viste algo raro entre las ocho y media y las nueve en que supuestamente Joaquín Guzmán Loera salió por el Retén A, el lugar donde tú estabas?: “No hubo ni madres, todo salió normal”. Entonces, si Sandro no vio nada inusual, si no hubo un movimiento extraño ¿cuándo dejó El Chapo Puente Grande?, ¿cuándo se escapó?

Sobre la fuga de El Chapo hay varias versiones. Una de ellas es la oficial. Pero muchos tienen sus interpretaciones: periodistas, académicos, especialistas en seguridad y pueblo en general reflexionaron y discutieron acerca de la fuga: que si fue cierta, que si ya estaba fugado desde antes, que salía y entraba del penal cuando le venía en gana, que lo dejaron fugarse los del PAN, que fueron los custodios, que no fue nadie y él se escapó solito, porque es inteligente y puede con todos los operativos de seguridad del Estado, que sí fue realmente El Chito quien lo apoyó en la huída, etcétera. Existen diversas teorías e hipótesis. Sandro tiene también su hipótesis y su teoría, y es la hipótesis y la teoría de alguien que estuvo ahí.

Como quien cuenta lo que vio, lo que le tocó vivir, Sandro narra que el sábado 20 de enero todo era descontrol y hermetismo en el Centro Federal de Readaptación Social (Cefereso) de Puente Grande. Nadie podía pasar. Los únicos que tuvieron acceso fueron los altos mandos de la Secretaría de Seguridad Pública y la prensa. Había órdenes de no dejar entrar a nadie. Fue entonces que llegó un camión moderno, equipado, de esos que impresionan por la tecnología que portan. De él bajaron decenas de encapuchados. Pidieron paso para hacer una “mega-revisión”, pero había la orden de evitar la entrada a cualquier persona. No se fueron y al contrario, insistieron. Entonces llegaron comunicaciones de la Secretaría de Gobernación y de la misma Presidencia de la República. Sandro dice que ordenaron el “paso total, lo que quieran, ellos van a tomar el centro. Denles el control total a esos güeyes, que entren a donde se les dé su chingada gana”. Y entraron.

Los encapuchados ingresaron al Cefereso. Sandro narra, emocionado, como quien lo vivió, como quien lo vio: “nomás permitirles el paso, unos güeyes se van por un lado, otros güeyes se van por otro lado, y un chingadazo ingresa al centro, directamente al centro. Tengo entendido que unos se van hasta los dormitorios, otros a diversas áreas. Pero el grueso de ellos se dirige al Centro de Observación y Clasificación (Coc), casi casi como si conocieran el pinche centro, por aquí, por allá, ¡taz taz taz! Todo bien chingonamente ubicado”.

En el Coc se encuentra un área de medicamento controlado. Según versiones que oyó después Sandro, esa zona no fue revisada por la seguridad interna. Ahí nadie podía entrar porque había órdenes de no pasar al área de medicamento controlado. Estaba prohibido, vedado. Pues fue ahí donde una buena parte de los encapuchados enviados por la Secretaría de Gobernación y por la Presidencia se dirigieron. Sandro menciona que era un “shock psicológico” mirar a esos hombres vestidos con trajes negros, tapados los rostros y armas en las manos: “el mono de adentro puede que sea un pendejo, pero el trajecito tiene un chingo de mamadas y pues llegan e impactan”. La estancia de estos extraños visitantes en el penal de alta seguridad de Puente Grande no duró mucho. Dice Sandro: “Entran al área de medicamento controlado a revisar, se tardan un ratito: 10 ó 15 minutos. Cuando salen de ahí, curiosamente comienzan a salir todos los que ya hicieron una ligera revisión visual en todos los dormitorios, así nomás para taparle el ojo al gato. Y se regresan todos y se suben al camión y a la verga”.

Sandro supo, tiempo después, de la declaración de una persona que, argumentaba, había visto caminar a El Chapo, a las 10 de la noche del 19 de enero, rumbo al Coc, donde estaba el área de medicamento controlado. Pero esa declaración se hizo perdediza, pues indicaba que una hora y media después de que supuestamente se había fugado del penal, El Chapo todavía andaba en el interior del Cefereso, y paseándose libremente. La consigna era “ese güey ya no debe estar adentro a partir de las ocho y media, ese güey ya se fugó. Todas las declaraciones que había de que lo vieron ahí al cabrón porque ahí andaba, se esfumaron”.

¿Quiénes eran esos encapuchados?, ¿de dónde venían?, ¿por qué se les permitió desde la Secretaría de Gobernación y desde la Presidencia de la República el acceso al penal? Sandro no lo sabe. ¿Sacaron ellos a El Chapo el día 20 de enero de 2001 en el transcurso de la mañana, enfrente de la mismísima prensa y de los altos mandos de la Secretaría de Seguridad, “en las narices de todos”? ¿Acaso El Chapo había sido llevado al Coc, al área de medicamento controlado, el viernes 19; y el sábado 20 recogido por decenas de elementos encapuchados y fuertemente armados que lo sacaron y lo subieron a un camión magníficamente equipado? Sandro no puede afirmar nada. Son ideas sueltas. Hipótesis. Teorías. Ahora ya recuerdos que se van diluyendo con los meses, con los años. Pero quizá sea cierto que a El Chapo lo sacaron, que lo fugaron. Sandro, reflexivo, con un rostro que dibuja dudas y quizá también certezas, menciona: “yo en lo personal no sé qué pedo con ellos, con los encapuchados, ni qué se hicieron, ni cómo llegaron, ni de dónde venían y cómo es que los mandó la Presidencia. Todos esos puntos se quedan en el aire y nadie los va a contestar: nunca jamás”. Sí, Sandro tiene razón: “nunca jamás”.

Un Distrito Federal en encierro

Sandro llegó en avión al Distrito Federal. No iba como turista, no visitaría el zócalo capitalino ni la catedral; no se admiraría con los murales de Diego Rivera en Palacio Nacional ni se tomaría una cerveza en alguna de las cantinas del centro de la ciudad de México; no acudiría a Bellas Artes ni compraría algún producto en la Lagunilla o en Tepito; no se impresionaría con la visita al Zoológico de Chapultepec ni renacería en él el orgullo mexica en un recorrido por el Museo de Antropología e Historia. No, nada de eso. Sandro iba como declarante, como testigo, como quien va a decir lo que vio y lo que vivió. Sólo eso. Y todo se hacía con engaños: “Confías en que no has hecho nada y que vas a salir. Y en este sentido te lo manejan: ‘ustedes no deben nada, se van a ir’, pero a la chingada”.

“¿Por qué al Distrito Federal?”, se pregunta Sandro. Querían separarlos de sus casas, de sus familiares, querían incomunicarlos, castigarlos. Había un plan desde antes: “era una cosa ya preparada el alejarnos de las familias, porque ellas son las que van, en un determinado momento, a moverse para pedir nuestra liberación. Somos trasladados a México, distanciándonos de nuestra gente y haciéndonos más caro el exigir justicia. Buscaban mantenernos asustados, pero tranquilos. Nos apantallaban. Nos mareaban”. Se violaron muchas leyes. Sandro se queja hoy todavía, y se queja más porque sabe de derecho, porque conoce de abogacía: “no nos tuvieron que haber mandado a México si aquí, en Jalisco, hay juzgados federales”.

El arraigo

El hotel Fontán está en Paseo de la Reforma. Sus habitaciones son cómodas, y también bonitas; están alfombradas, y cada una de ellas tiene televisión con señal de paga. Ahí arraigaron a Sandro y a otras 71 personas por orden del juez noveno de distrito. Sandro era el detenido más joven y con más bajo rango. Él lo dice riéndose, como burlándose de la fatalidad, como burlándose de sí mismo: “iba el director, todos los comandantes, un chingadazo de güeyes de seguridad interna, los comandantes de seguridad externa y yo, que nada tenía que ver. Yo era el de más abajo. Era nomás así, personal de seguridad y hasta ahí. No tenía rango ni nada. Todos los demás tenían rango: comandantes, encargados de alguna madre, todos tenían un cierto rango. Yo era el único pendejo que llegó allá”.

Sandro supo durante el arraigo que las autoridades pensaban que él estaba implicado en la fuga de El Chapo Guzmán, que había ayudado, que había participado, que recibía dinero del líder del cártel de Sinaloa, que era corrupto. Los familiares de los retenidos, mientras tanto, se movían de un lado a otro, exigían justicia acá, pedían equidad allá. Pero para un país que quería ver culpables. Así de simple. Sandro no mete las manos al fuego por nadie. Él sabe lo que hizo, y lo que hizo, lo tiene claro: cumplir órdenes. Jamás estuvo inmiscuido en la fuga de El Chapo Guzmán. Realizó su trabajo. Él defiende su inocencia: “yo no cometí ningún delito, yo seguí órdenes de mi comandante y en ese sentido yo no puedo decir que cometí delito alguno. Seguí las órdenes específicas de mi comandante: yo estuve en el punto que se me indicó y por ahí no pasó nada”. Ningún argumento valió: ni los alegatos ni las palabras, ni las iras ni las impotencias, ni las tristezas ni los llantos, ni las súplicas ni los rezos. Nada sirvió.

Sandro, durante el arraigo en el hotel Fontán, podía ir de aquí para allá en su habitación, pero no le era permitido salir al pasillo. Un viernes, recuerda, estaba mirando las noticias en la televisión de su cuarto. De repente, observó en la pantalla un lugar que le era familiar. También vio a gente caminando con las manos en la nuca. Recordaba esos rostros, pero, ¿de dónde? Los había visto en algún lugar. Volteó la cabeza atrás, y se dio cuenta: la puerta de su habitación estaba abierta y vio que los que salían en la pantalla de televisión eran sus compañeros. El lugar conocido era pasillo del hotel Fontán. Y él, pronto, sería uno de esos hombres que caminaban, con las manos en la nuca, sin mirar a las cámaras que los filmaban, sin saber qué pasaría, sin conocer su futuro inmediato, pensando, quizá, que todo era un sueño, una pesadilla; que todo pronto terminaría.

Los detenidos por la fuga de El Chapo Guzmán llegaron al Reclusorio Oriente en un día frío, de esos que abundan en el Distrito Federal. Se instalaron en el área de juzgados. Eso fue un viernes. Sí, un viernes 23 de febrero, un mes después de haberse escapado el líder del cártel de Sinaloa del penal de Puente Grande. Sandro no lograba comprender exactamente qué era lo que estaba sucediendo: “no sabíamos de qué nos iban a acusar, qué delitos nos iban a imputar: había como 12 delitos con los que nos querían chingar”. Había tranquilidad, pero también desasosiego: “estábamos sacados de onda por la incertidumbre, pues no sabíamos qué iba a pasar, qué nos iban a decir, cuándo nos íbamos a ir”.

Sandro habla. Y cuando habla, sonríe. A él no se le acaban las sonrisas, las guarda siempre, las regala siempre. Su alegría le dura todo el día y todos los días. Es difícil verlo con un rostro circunspecto. Pero hay momentos en que no se puede ser feliz, hay momentos en que las sonrisas se esconden, desaparecen, se acaban. Así sucede cuando, al narrar su llegada al Reclusorio Oriente, menciona amargamente: “es ahí donde inicia nuestro encarcelamiento”. Después vuelve a sonreír. Una sonrisa que, parece, disfraza un sollozo, una lágrima o un llanto.

Una sola mirada, diferentes visiones.

sábado, 10 de octubre de 2009

Cómo pesa el amor


    Noche cerrada
    Ciega en el tiempo
    Verde como luna
    Apenas clara entre las luciérnagas.


    Sigo la huella de mis pasos,
    El doloroso retorno a la sonrisa,
    Me inventó en la cumbre adivinada
    Entre árboles retorcidos.


    Sé que algún día
    Se alzarán de nuevo
    Las yemas recién nacidas
    De mi rojo corazón,
    Entonces, quizás,
    Oirás mi voz enceguecedora
    Como el canto de las sirenas;
    Te darás cuenta
    De la soledad;
    Juntarás mi arcilla,
    El lodo que te ofrecí,
    Entonces tal vez sabrás
    Cómo pesa el amor
    Endurecido.

Gioconda Belli

Una sola mirada, diferentes visiones.

La de Sandro, una historia más de este país: corrupción, iniquidad y chivos expiatorios

Estuvo en el lugar menos indicado cuando El Chapo se fugó de Puente Grande

Aunque no estaba de servicio, días después fue retenido para declarar en torno al caso


JORGE GÓMEZ NAREDO

Se llama Sandro. Tiene 32 años y es moreno. No muy alto. No muy bajo. Sonríe mucho. Y habla también mucho. No fuma. Antes lo hacía, y demasiado. Se ha mantenido cinco meses sin prender un cigarrillo de tabaco: y la lleva bien. Toma cerveza, aunque prefiere el café. Es casado y tiene hijos. Sufre como la mayoría de los jóvenes adultos de este país la carestía, la falta de empleo, lo difícil de la sobrevivencia, del mantenerse a flote. Pero además de toda esta “normalidad” tiene una historia en su boca, una historia que no le duele, pero que causó heridas indelebles. Una historia injusta, como muchas otras historias de muchas otras personas que, desgraciadamente, nunca se mencionan, jamás se cuentan: historias que se perpetúan en el olvido.

El inicio del conflicto

En 1993, el papá de Sandro buscaba un empleo. Anduvo de acá para allá, de allá para acá. Siempre es complicado obtener un puesto para laborar dignamente. Por fin encontró uno. No muy malo. No muy bueno. Fue en el Centro Federal de Readaptación Social (Cefereso), es decir, en la prisión, allá, en Puente Grande. En 1996, Sandro, con casi 20 años, tenía una novia. Y la quería. Y ella lo quería. Andaba él buscando trabajo porque las ganas de casarse comenzaban a sentirse o más bien, se pensaban cercanas, próximas, no muy lejanas. Su papá le dijo: “¿por qué no en el Cefereso?” Sandro fue allá y obtuvo un trabajo. Inició en el área de cocina. Comenzó a conocer ese mundo de adentro tan distinto al mundo de los de afuera. Supo de la lógica muy particular que se aplica en el penal, de los mecanismos para sobrevivir, de leyes no escritas que se cumplen más que las escritas, de los castigos, de la corrupción existente, de las jerarquías tanto entre los reclusos como entre los custodios, de lo que se debe y no hacer. Laboraban en el penal él, su hermano y su papá, además de una parienta no muy lejana.

Sandro la llevaba bien trabajando en la cárcel. En toda su vida ha sabido adaptarse a los entornos donde se desenvuelve. Quizá sea la sonrisa que siempre acompaña su rostro. O la contumaz necedad de mirar alegrías en los momentos más melancólicos, en las crisis de tristeza más profundas, en circunstancias de desesperación y desatino. Así es Sandro: alegre. Algunos dirían que por naturaleza; él no se cuestiona sobre el asunto. Pasó de la cocina a seguridad externa. Recibió adiestramiento en las artes de defender, de ordenar, de manejar situaciones críticas. Las cosas parecían ponerse felices, ir a buen rumbo: se casó con su novia, tuvo un hijo y comenzó a estudiar la carrera de Derecho ahí, a unos metros del penal, pues la Universidad de Guadalajara y las autoridades del reclusorio establecieron un convenio para que quienes laboraban en el Cefereso pudieran estudiar leyes y tener la posibilidad de una mejor preparación. Llevaba año y medio de haber iniciado cursos en la licenciatura en abogacía cuando sucedió algo que le cambió la vida a él y a muchas personas más: estuvo en el lugar menos indicado el día menos indicado a la hora menos indicada. ¡Sí!: en la prisión de máxima seguridad de Puente Grande cuando Joaquín El Chapo Guzmán, líder del cártel de Sinaloa, se fugaba. Eso se llama mala suerte. Al menos así lo piensa Sandro.

La fuga según la versión oficial

Mucho se dice de El Chapo Guzmán. Se han derramado borbotones de tinta para describir, explicar, comprender y analizar su fuga, la forma en cómo se llevó a cabo. La versión oficial indica: en la cárcel de máxima seguridad de Puente Grande se había instituido un sistema venal, donde todo se podía siempre y cuando existiera dinero de por medio; el director, los custodios, los cocineros, los lavanderos, los de intendencia, los de seguridad interna y externa, los trabajadores antiguos y los recién llegados, todos, absolutamente todos, estaban corrompidos. Y quien mandaba era un solo hombre: El Chapo Guzmán. Seis meses antes de la fuga, las cosas eran aberrantes; nada se movía si el líder del cártel de Sinaloa no lo autorizaba. Pero no todo era felicidad para el jefe de jefes; había un peligro inminente: la extradición. Por eso precisaba salir, irse fuera, dejar atrás la cárcel.

Esto lo dice la versión oficial. Y quizá algo tenga de cierta. En el libro Máxima seguridad. Almoloya y Puente Grande, el periodista Julio Scherer García menciona: “Durante el confinamiento de Joaquín El Chapo Guzmán, el verano de la corrupción hizo de Puente Grande carroña vil. Millonario hasta la inconsciencia, el narco asesino desquició el penal. Mujeres jóvenes y no tan jóvenes se adentraban en los dormitorios con la naturalidad de un cliente de burdel. El terror acompañó la pudrición”. Zulema Hernández era una de las cinco mujeres que estaban purgando condena en un penal para hombres. Había sido capturada por andar secuestrando gente. Ella era amante de El Chapo. Julio Scherer, en el libro citado, hace públicas algunas de las cartas que el jefe del cártel de Sinaloa le mandaba a Zulema. En una de ellas le prometió el anhelado cambio de penal y la libertad: “Aunque tarde unos días más el traslado lo que a mí realmente me importa más y muy a fondo es resolverte el asunto de la libertad y estoy seguro que será para fin de año, Preciosa este gobierno ya se va y se van a poder arreglar muchas cosas en asuntos no tan sencillos como el tuyo, pero que tampoco no es de lo más complicado. Todo es cosa de $ y como quiera en tratándose de eso yo por tu salida no voy a escatimar ni esfuerzos ni gastos”. La misiva está fechada el 5 de agosto de 2000, cuando Vicente Fox ya había triunfado en las elecciones del 2 de julio; unos meses antes de tomar posesión como el primer presidente de México surgido de las filas del PAN.

¿Cómo fue la fuga de El Chapo Guzmán según la versión oficial? Simple. Gracias al sistema de corrupción implantado y a su poder casi absoluto, el mandamás del cártel de Sinaloa logró, con ayuda de Francisco Javier Camberos Rivera, El Chito (empleado de mantenimiento del Penal), salir en un carrito cubierto por maderas, cables, lámparas y colchas. Como todos sabían que El Chito era cercano a El Chapo, nadie le impidió el paso. Y salió rápido, sin ningún problema, sin que nadie le dijera nada. Así fue como se fugó Joaquín Guzmán Loera. Se dirigieron a Guadalajara. Ahí, en el cruce de la calle Maestranza y Madero, El Chapo le dijo a El Chito que tenía sed. Éste, condescendiente, estacionó el auto, se apeó de él y se dirigió a comprar bebidas. Cuando regresó, el líder de uno de los cárteles más pujantes que ha habido en la historia del país ya no estaba. El Chapo se había fugado dos veces en un mismo día.

El Chito ya no supo nada de quien había ayudado a escapar de la cárcel. Le entró el miedo y tomó consciencia del problema en el cual se había metido. Anduvo prófugo, escapado, se fue para acá, se fue para allá. Regresó y se volvió a ir. Hasta que decidió afrontar las penas venideras y se entregó al Policía Federal Preventiva, en septiembre de 2001. Ésa es la versión de El Chito, así lo contó. La Procuraduría General de la República, en ese entonces liderada por Rafael Macedo de la Concha, la creyó completamente.

Sandro en los días de fuga

Sandro ríe constantemente. Es una risa apacible, de tranquilidad. Quizá es una defensa para contar las injusticias que ha vivido, contar los recuerdos tristes, las impotencias que fueron muchas y que duelen. Desde 1999 él ya era un elemento más de seguridad externa en el penal de Puente Grande: había dejado la cocina atrás. El 19 de enero de 2001 tenía media guardia, es decir, no laboraría desde las ocho de la mañana, sino desde la ocho de la noche. Él no iba a ir a trabajar. Tenía flojera. En la tarde visitó varias librerías del centro de Guadalajara para comprar un libro de derecho necesario en sus cursos de la licenciatura en leyes. Pensar en ir a Puente Grande, en el traslado, el tráfico, en todo, le daba cansancio. Pero la obligación impidió que no acudiera a laborar al Cefereso.

Ese viernes 19 de enero de 2001 había normalidad. Sandro no miraba nada fuera de lo común. Habían ido altos funcionarios por la mañana a visitar el centro. Se había dicho que todo bien, que todo maravilloso, que no existían problemas. Al llegar, a Sandro lo mandaron al Retén A, “el acceso principal para entrar al centro. Ahí se arman los plomazos y eres la primera carne de cañón: eres el primer pendejo que van a volar”. En esa zona todo normal, nada fuera de lo común. A eso de las diez, hicieron cambio de servicio y lo enviaron a Acceso, “la segunda puerta al centro”. Todo, en ese momento, parecía como todos los días: ningún imprevisto. Nada.

A las 11:15 hubo una variación en la normalidad. Dice Sandro: “llega el director y un chingo de camionetas y un chingo de culeros, que dizque eran de derechos humanos o no sé de qué madres”. Pasaron las horas, y nadie salía. Absolutamente nadie. Muchos compañeros de Sandro entraron al penal a hacer una revisión. Ahí las cosas fueron tomando un cariz de “anormal”, de “fuera de lo común”, pero todavía dentro de los límites de lo habitual. Entonces arribó un comandante y le dijo a Sandro: “no dejes salir a nadie, si sale, lo vuelas”. De ahí en adelante Sandro no supo mucho de lo que adentro estaba sucediendo, de lo que estaba pasando, de lo que acontecería después. A las tres o cuatro de la mañana lo relevaron: “A mí me toca, con suerte, irme a descansar al Centro de Apoyo a Seguridad Externa (Case). Nadie me dice ‘te tienes que ir a revisar’. No, nada. Yo llego y me jeteo, mientras todos están chingándole. Yo ni siquiera sabía qué pedo”.

Al levantarse Sandro aseó el espacio donde pernoctó en el Case. Dicha área parecía desierta, como abandonada. Y eso le pareció raro, inusual. No se imaginaba absolutamente nada de lo que a unos metros de donde estaba ocurría. Pidió órdenes y lo mandaron de aquí para allá, siempre en la parte externa del penal. Como a las nueve de la mañana llegó Jorge Tello Peón (entonces subsecretario de Seguridad Pública encargado de los centros federales de reclusión) y demás altos funcionarios federales, junto con varios periodistas. Se hizo una rueda de prensa. Sandro todavía no sabía nada, absolutamente nada. Fue entonces que, a través de un reportero que se comunicaba vía teléfono con una cabina de radio, se enteró: “Acabamos de confirmar la fuga de El Chapo”. Sandro, cuando lo cuenta, ríe, carcajea sorprendiéndose una y otra vez de la forma en que se percató de la fuga de El Chapo: “es en el momento en que nos enteramos yo y un compañero y decimos: ‘no mames’. En mi caso me pongo a pensar, ‘órale, qué mal pedo, pero a mí qué’. No me imaginaba nada lo que vendría después”.

Es sábado 20 de enero de 2001. México, muy de mañana, se enteró de la fuga de El Chapo. En los noticieros se hablaba de la forma en que escapó, de los mecanismos que usó. Hubo muchas dudas; y también declaraciones de los altos mandos federales. El gobierno panista, recién instalado en la Presidencia de la República, comenzaba a ser cuestionado. Mientras tanto, Sandro estaba ahí, adentro, impresionado, pero tranquilo: no había hecho nada. Quedaron enclaustrados él y sus compañeros durante siete días: “nos tocaba salir el sábado. A partir del sábado nos tienen retenidos hasta el viernes”. La justificación era que servían “como apoyo”. No los dejaban ir. Sandro, con la sonrisa que lo caracteriza, menciona que esos días estuvo tranquilo hasta cierto punto: “en el área del Case hay canchas de futbol, en fin, está hasta bonito”.

El viernes, Sandro salió de Puente Grande: “estaba hasta la madre, nomás de pendejo ahí”. Eran como 200 trabajadores los retenidos. Y algunos ya comenzaban a ser detenidos y trasladados incluso al Distrito Federal: “a puros engaños los van llevando para allá: ‘ustedes no tienen problemas, nomás son para las investigaciones, no se preocupen de nada’. ¡Pura pinche lavada de coco!” Sandro no fue detenido. Él estaba cansado. Y sonreía, pensaba en lo bueno, en el lado alegre y feliz de la situación: había vivido una experiencia más, había estado en medio de un embrollo del tamaño del país. Pasó el resto del viernes en su casa, lo mismo hizo el sábado. Disfrutaba su vida de familia. El domingo le tocaba ir trabajar, y “ahí voy yo de pendejo a trabajar el domingo. Y el lunes ya no me dejan salir. Que dizque me retenían para ir solamente a declarar: me llevan a México en avión, a mí y otros ocho compañeros”. El suplicio comenzaba. Y comenzaba despiadado, feroz.

Una sola mirada, diferentes visiones.

Noches de amor...


Aun recuerdo el día en que te conocí, dejaste un camino abierto a las posibilidades que descubriría poco tiempo después. Pero hoy este vacío, está ausencia, va susurrándome al oído, reclamando el no regreso entre los dos. Me dice que no podré olvidar todo lo que hicimos y deshicimos, la música que disfrutamos y también la que odiamos, los buenos y ricos cafés, las charlas, los momentos intensos cuándo se entrelazaban nuestros corazones y palpitaban sin cesar. Tampoco el olvido borrará aquellas viejas discusiones de lo que fue, pues siempre te idealicé y fuiste lo que siempre imaginé.


Una sola mirada, diferentes visiones.

viernes, 9 de octubre de 2009

Principios del amor


Entre cotilleos y sonrisas, entre coqueteos y caricias, nos dijimos adiós, con la esperanza de volver a encontrarnos y recordar lo que hicimos, sin dejar de mirarnos una vez más.

Una sola mirada, diferentes visiones.

Campanadas por él


¿Ha muerto en 1967, en Bolivia, porque se equivocó de hora y de lugar, de ritmo y de manera? ¿O ha muerto nunca, en ninguna parte, porque no se equivocó en lo que de veras vale para todas las horas y lugares y ritmos y maneras?

Creía que hay que defenderse de las trampas de la codicia, sin bajar jamás la guardia. Cuando era presidente del Banco Nacional de Cuba, firmaba Che los billetes, para burlarse del dinero. Por amor a la gente, despreciaba las cosas. Enfermo está el mundo, creía, donde tener y ser significan lo mismo. No guardó nunca nada para sí, ni pidió nada nunca.

Vivir es darse, creía; y se dio.

Eduardo Galeano
Memoria del Fuego

Una sola mirada, diferentes visiones.

jueves, 8 de octubre de 2009

Hasta la victoria siempre !!!


"En nuestro afanoso oficio de revolucionarlo, la muerte es un accidente frecuente"

Había escrito alguna vez el Che, a propósito de la caída de un amigo íntimo; su carta a la Tricontinental termina saludando a la muerte que llegará, siempre que anuncie "nuevos gritos de guerra y de victoria".

Mil veces dijo que morir era tan posible y, sin embargo, tan insignificante. Lo sabía muy bien: a propósito de sus sucesivas muertes y resurrecciones, él mismo había asegurado que tenía siete vidas. Agotó la séptima como se lo había propuesto. Se metió en la muerte sin pedirle permiso ni disculpas; salió al encuentro de las balas en la polvorienta quebrada del Yuro, a la cabeza de sus hombres acorralados por el Ejército; la metralla le acribilló las piernas y siguió peleando, sentado, todavía un rato, hasta que la M-1 le saltó de las manos, rota por una ráfaga certera. Los numerosos soldados lo atraparon todavía vivo, aunque los escasos guerrilleros tuvieron coraje para disputar al herido desde la media tarde hasta las primeras horas del anochecer; cuerpo a cuerpo pelearon los compañeros del Che, que luego serían exhibidos a su lado con las cabezas destrozadas a culatazos, y los cuerpos varias veces abiertos por las bayonetas.

Innumerables leyendas se han tejido ya en torno de la vida y la muerte, tan plenas de alucinación y misterio, de este héroe de nuestro tiempo: algunas, pocas, son el fruto de la desbordada capacidad de infamia de ciertos canallas que se arrojan como cuervos sobre la memoria del Che muerto, aunque hubieran sido incapaces de sostener la mirada del Che vivo; otras, casi todas, provienen de la fantasía popular, que ya celebra la Inmortalidad del caído ante los infinitos altares invisibles de nuestra América Latina.

EDUARDO GALEANO
(1967)

Una sola mirada, diferentes visiones.

Pensamientos


soy de un país donde hace poco Carlos Molina
uruguayo anarquista y payador
fue detenido
en Bahía Blanca al sur del sur
frente al inmenso mar como se dice
fue detenido por la policía
Carlos Molina estaba
cantando hilando coplas
sobre el océano enorme los viajes
los monstruos del océano enorme
o coplas por ejemplo
sobre el caballo que se acuesta en la pampa
o sobre el cielo un suponer Carlos
Molina cantaba como siempre bellezas y dolores
cuando
de pronto el Che empezó a vivir a morir en su guitarra
y así
la policía lo detuvo

soy de un país donde se llora por el Che o en todo caso
se canta por el Che y
algunos están contentos con su muerte
"vieron" dicen "estaba equivocado la cosa
no es así" dicen y cómo carajo será la cosa no lo dicen o
prefieren recitar viejos versículos o
indicar señalar aconsejar mientras
los demás callan
miran al aire con los ojos perdidos
el comandante Guevara entró a la muerte
y allá andará según se dice

soy de un país donde costó creer que se moría y
muchos
un servidor entre otros
se consolaba así:
"pero si él dice no hay que
pelear hasta morir hay que
pelear hasta vencer entonces no está muerto"
otros lloraban demasiado como quien
ha perdido a su padre y yo creo
que él no es nuestro padre y
con todo respeto creo que
está mal llorarlo así

soy de un país donde los enemigos no
pudieron depositar un solo insulto una sola
suciedad una sola pequeña porquería
sobre él y hasta algunos
lamentaron su muerte no
por bondad o
humanidad o piedad
sino porque esos viejos perros
o muertos con permiso sintieron por fin un enemigo que
valía la pena
que un rayo de peligro
entraba en escena y entonces
iban a poder morir en serio
a manos o a balas de verdad "y no
en brazos de esta especie de disolución
en que nos vamos disolviendo" como
dijo uno de grande apellido

soy de un país donde sucedieron o suceden
todas estas cosas y aún otras
como traiciones y maldades en excesiva cantidad
y el pueblo sufre y está ciego y naides
lo defiende y sólo
el Che se puso de pie para eso

pero
ahora
el comandante Guevara entró a la muerte
y allá andará según se dice
soy de un país complicadísimo
latinoeruocosmopoliurbano
criollojudipolacogalleguisitanoira
según dicen los textos y los textos que dicen
pues dicen y
como dicen
así será la historia pero yo
les aseguro que no es cierto
de este país de fantasía
se fue Guevara una mañana y
otra mañana volvió y siempre
ha de volver a este país aunque no sea
más que
para mirarnos un poco un gran poquito y
¿quién se habrá de aguantar?
¿quién habrá de aguantarle la mirada?

pero
ahora nomás
el comandante Guevara entró a la muerte
y allá andará según se dice

pregunto yo
¿quién habrá de aguantarle la mirada?
¿ustedes momias del partido comunista argentino?
ustedes lo dejaron caer
¿ustedes izquierdistas que sí que no?
ustedes lo dejaron caer
¿ustedes dueños de la verdad revelada?
ustedes lo dejaron caer
¿ustedes que miraron a China sin entender que
mirar a China en realidad
era mirar nuestro país?
ustedes lo dejaron caer
¿ustedes pequeñitos
teóricos del fuego por correo partidarios
de la violencia por teléfono o
del movimiento de masas metafísico?
ustedes lo dejaron caer
¿ustedes sacerdotes del foquismo y más nada?
ustedes lo dejaron caer
¿ustedes miembros del club
de grandes culos sentados en "lo real"?
ustedes lo dejaron caer
¿ustedes los que escupen
sobre la vida sin
advertir que en realidad están
escupiendo contra el gran viento de la historia?
ustedes lo dejaron caer
¿ustedes que no creen en la magia?
ustedes lo dejaron caer

soy de un país donde al comandante Guevara
lo dejaron caer:
los militares los curas los homeópatas
los martilleros públicos
los refugiados españoles masoquistas judíos
los patrones y
los obreros también por ahora

"qué hombre qué hombrazo" sin embargo
me dijo a mí un obrero pedro
se llamaba se llama tiene
mujer que no recibe
hijitos por nacer y el pedro
me decía "qué hombre qué hombrazo cómo
lo quiero" decía el albañil pensando
en su madre una puta
famosa en toda Córdoba y madre
de siete hijos que crió con amor
Pedro ya con mayúscula
¡cómo saludo tu rencor
cómo te beso al pie de tus fracasos!
"qué pelotas" me dijo Pedro un día hablándome del Che
de ciertos adminículos que hierven
bajo la paz conjetural
de este país cosmopolita
el comandante Guevara entró a la muerte
y allá andará según se dice

yo estoy escribiendo esto
porque la Casa de las Américas de Cuba
institución muy respetable
ha resuelto publicar un número especial
de su revista dedicado
a testimonios sobre el Che
ahora que lo han muerto
según dicen y Roberto
Fernández Retamar íntimo mío
pero más
pedazo mío que anda por ahí
por el Caribe formidable y fosforescente y amatorio y conspicuo
Roberto como dije
ha creído necesario que yo
escriba algo sobre esto o tal vez algún otro
creyó que así debía ser y pidió
artículos poemas etcétera a
colaboradores que
se sentirán más miserables todavía
si eso fuera posible si eso
fuera posible en realidad

soy de un país donde te hago caso
Roberto pero
decime o dime por favor
¿qué me pedís o pides?
¿qué escriba realmente?
te doy noticias de mi corazón nada más
¿alguno sabe en realidad
cuáles son las noticias de mi corazón?
¿alguno cree o creerá que me he negado a llorar excepto
con mi mujer o con-
tigo Roberto ahora
que narro estas cuestiones
y sé que la tristeza como un perro
siempre siguió a los hombres molestándolos?

soy de un país donde es necesario
no amar sino matar
a la melancolía y donde
no hay que confudir
el Che con la tristeza
o como dijo Fierro
hinchazón con gordura

soy de un país donde yo mismo
lo dejé caer
y quién pagará esa cuenta
quién

pero
lo serio es que en verdad
el comandante Guevara entró a la muerte
y allá andará según se dice
bello
con piedras bajo el brazo

soy de un país donde ahora
Guevara ha de sufrir otras muertes
cada cual resolverá su muerte ahora:
el que se alegró ya es polvo miserable
el que lloró que reflexione
el que olvidó que olvide o que recuerde
y aquél que recordó sólo tiene derecho a recordar
el comandante Guevara entró a la muerte por su
cuenta pero
ustedes
¿qué habrán de hacer con esa muerte?

pequeños míos
¿qué?
(como nadie se salva
entre paréntesis quiero
no por noción de estupideces posiblemente a mí
referidas
tampoco por piedad o
mera precaución
esas carnes podridas que no pueden
rezar a mediodía
quiero como repito
repetir una historia que no todos conocen y
de la cual hay algunos que
desconfían:
el poeta que escribe su poema
dejando en él la maravilla de
la vida y la muerte del comandante Guevara
ese porteño cordobés de mirada jodida
como de dios como de dioses
sorprendidos en medio de su milagro su
bota podrida por la selva del mundo
quiero decir que este poema o cosa
de la que hay que desconfiar
en la que hay que creer
no se termina en estas páginas
amable lector le ruego
que siga las noticias de los diarios
de la sip y la sap -Sección Angustia Perimida por ejemplo o
Son Angeles Potentes
o
Sobran Algunos Policías- ruégole gran lector
que lea atentamente
líneas de sangre que se escriben cada día en Vietnam
y también en Bolivia qué joder
y también en la Argentina
caro lector yo le ruego que lea)

el comandante Guevara entró a la muerte
y allá andará según se dice
sé pocas cosas sé
que no debo llorar Ernesto

que
de mí dependés ahora
te puedo sepultar con grandes lágrimas pero
en realidad no puedo

el poeta en realidad
se abstiene de llorar se abstiene
de escribir un poema sea
para la Casa de las Américas sea
para lo que sea el poeta
apenas si lloró en realidad
sigue mirando el mundo
sabe
algún día la belleza vendrá
pero no hoy que estás ausente
el poeta
apenas sabe vigilar
che
guevara

ahora deseo un gran silencio
que baje sobre mi corazón y lo abrigue
padre Guevara ¿qué será de tus hijos?

¿por qué te fuiste hermoso
sobre caballos de cantar?

¿quién habrá de juntarte otra vez?

JUAN GELMAN



Una sola mirada, diferentes visiones.

La caída del Che



La metralla le rompe las piernas. Sentado, sigue peleando, hasta que le vuelan el fusil de las manos.

Los soldados disputan a manotazos el reloj, la cantimplora, el cinturón, la pipa. Varios oficiales lo interrogan, uno tras otro. El Che calla y mana sangre. El contralmirante Ugarteche, osado lobo de tierra, jefe de la Marina de un país sin mar, lo insulta y lo amenaza. El Che le escupe la cara.

Desde La Paz, llega la orden de liquidar al prisionero. Una ráfaga lo acribilla. El Che muere de bala, muere a traición, poco antes de cumplir cuarenta años, exactamente a la misma edad a la que murieron, también de bala, también a traición, Zapata y Sandino.

En el pueblito de Higueras, el general Barrientos exhibe su trofeo a los periodistas. El Che yace sobre una pileta de lavar ropa. Después de las balas, lo acribillan los flashes. Esta última cara tiene ojos que acusan y una sonrisa melancólica.

Eduardo Galeano
Memoria del Fuego

Una sola mirada, diferentes visiones.

miércoles, 7 de octubre de 2009

Entre el pasado y el presente


Ante la majestuosidad de los lugares, un mexicano debe quedarse maravillado de lo que hay en su tierra. A veces, no nos damos cuenta de todas las cosas tan espectaculares que tenemos y creemos que todo lo que imaginamos conocer es lo único que hay.

Una sola mirada, diferentes visiones.

Un director brasileño acaba tras 19 años una historia de utopía y barbarie del S.XX


Tras 19 años de trabajo, el realizador brasileño Silvio Tendler presenta estos días su último documental, una obra "inacabada e inacabable" sobre las ideologías contemporáneas y asegura que "todas las utopías acaban en barbarie, aunque se pueden regenerar de nuevo en utopía".
Fotografía del 6 de octubre de 2009 del director y documentalista de cine brasileño Silvio Tendler posando durante una entrevista en el Festival de Cine de Paraná, que se celebra en el estado brasileño del mismo nombre. EFE

Agencia EFE

Tendler compite estos días en Curitiba (sur de Brasil) con "Utopia e barbarie" en la cuarta edición del Festival de Paraná de Cine Brasileño y Latino, y en una entrevista concedida a Efe confesó que nunca imaginó tardar tanto en realizarlo, "aunque sabía que era un rompecabezas difícil de montar".

El realizador comenzó a trabajar en 1990 en esta pieza que "busca discutir la historia del mundo y de las ideologías" y para ello ha condensado en dos horas de montaje cerca de 400 horas de entrevistas a personajes como el general vietnamita Vo Nguyen Giap, la ensayista norteamericana Susan Sontag y el escritor uruguayo Eduardo Galeano.

Una historia madurada por casi 20 años en la que Tendler aborda los grandes conflictos ideológicos y las barbaridades que asolaron el siglo XX, pero también una creación sobre los sueños de libertad que movieron a toda una generación, tomando como eje el año 1968, "que no es un año sino la construcción de una época".

"Todas las utopías acaban en barbarie. El socialismo, por ejemplo, lo fue y el sionismo está caminando hacia la barbarie si no lo es ya", sentenció el director quien, sin embargo, se considera un "utopista optimista" y matizó que "eso no significa que no se pueda regenerar en una nueva utopía".

El documentalista reconoció también que en este largo tiempo de trabajo "cambió todo, cambió mi manera de ver el mundo y el público al que se destinaba el filme, que ahora es 19 años más viejo que cuando comencé a trabajar y nunca sufrió los efectos de las cosas que yo hablo".

A pesar de esto, Tendler asegura que nunca hace sus películas para sus contemporáneos.

"Lo hago para la gente que tiene 19 años hoy, siempre para una generación nueva, quiero conversar con el público y que entienda de lo que estoy hablando", dijo.

Estas dos décadas cambiaron también la perspectiva del filme, apuntó el autor, ya que la idea original era analizar la historia hasta el punto de la disolución del socialismo, el fin de la Unión Soviética y la caída del muro de Berlín.

"Cuando llegué a ese punto, cayeron las Torres Gemelas en Nueva York y cambió toda la historia. Entendí que tenía que continuar", explicó.

Pero cuando de nuevo estaba acabando el montaje del documental "llegó la jubilación de Fidel Castro, las victorias electorales de Lula y Evo Morales y la crisis del capitalismo", afirmó.

Durante todos estos años antes de acabar su obra "más internacional", Tendler viajó por todo el mundo y entrevistó a personalidades de toda índole, aunque reconoce que uno de los que más le impresionó fue el militante comunista brasileño y fundador del gobernante Partido de los Trabajadores (PT), Apolonio de Carvalho.

Carvalho, fallecido en 2005, luchó también con las Brigadas Internacionales para defender a la República española y combatió con la Resistencia francesa contra la ocupación nazi, además de ser torturado por la dictadura militar brasileña.

"La suya es una utopía posible, una lucha que no fue en vano, diferente de aquellos que vivieron todo el tiempo con miedo a comprometerse y llegan al final de la vida sin nada para contar", afirmó el realizador.

Entre los que faltan, el director destaca dos nombres "muy emblemáticos de la época"; el cineasta francés Jean-Luc Godard y la activista afroamericana Angela Davis.

Pero al fin, después de 19 años, el filme ya ha sido estrenado ante el público y Tendler confiesa sentirse "anestesiado" estos días.

"Ahora ya no es más mío, lo comparto con los ojos de la gente que lo ve, que tiene el derecho a decir lo que piensa y yo la obligación de escuchar", comentó.


Una sola mirada, diferentes visiones.

Paco Ignacio Taibo II: En el 68 te disparaban en la calle por estar repartiendo volantes enfrente de una panadería


El Sábado pasado en el programa Multiverso producido por Radio Universidad de Guadalajara se habló sobre la militarización del país. En ese contexto los conductores del programa entrevistaron al escritor Paco Ignacio Taibo II que entre otras cosas demostró que los mexicanos han logrado diversas conquistas como la libertad de expresión, además de recordar que en este momento se criminaliza la lucha social.

Escuchar la entrevista:



Una sola mirada, diferentes visiones.

“Las venas de América Latina todavía siguen abiertas”


JAVIER RODRÍGUEZ MARCOS - Madrid - 06/10/2009

Con cabeza de patricio romano y conciencia de tribuno de la plebe, Eduardo Galeano tiene siempre presente una frase de José Martí: “Todas las glorias del mundo caben en un grano de maíz”. Lo dice porque la semana pasada le dieron en Madrid la Medalla de oro del Círculo de Bellas Artes. “Es una alegría, claro. No practico la falsa humildad, pero tampoco me olvido de Martí y me digo: eh, tranquilo, despacito por las piedras”. Al día siguiente, además, recibió un premio de la ONG Save the Children.

A los 69 años, el escritor uruguayo es una piedra en el zapato de los vencedores de la historia, una especie de best seller furtivo de la izquierda. El año pasado, durante la gira española de presentación de su último libro, Espejos. Una historia casi universal (Siglo XXI), abarrotó cada salón de actos que pisó, llegando incluso a desbordar el Auditorio de Galicia, en Santiago de Compostela, con capacidad para 1.000 personas. El próximo día 14 cerrará esta nueva visita a España con una lectura de su obra en el Auditorio Marcelino Camacho de Comisiones Obreras, en Madrid.

Galeano ha conseguido levantar pasiones con libros sin género preciso, pero escritos con un estilo fragmentario y seco que él opone a “la tradición retórica del pecho inflado. Aprendí a disfrutar diciendo más con menos”, dice en su hotel madrileño de siempre, a un paso de la Puerta del Sol. Allí cuenta que su maestro, Juan Carlos Onetti, “que no daba consejos”, le dijo algo que no ha olvidado: “Como era bastante mentiroso, para dar prestigio a sus palabras solía decir que eran proverbios chinos. Un día me soltó: ‘Las únicas palabras dignas de existir son aquéllas mejores que el silencio”.

El autor de Días y noches de amor y guerra lleva años peleándose con el silencio. Ahora se pelea también con el miedo. Más que las elecciones presidenciales que se celebran en Uruguay el 25 de octubre, le interesan los dos plebiscitos que tendrán lugar ese día. Uno pretende derogar la ley que impide castigar a los militares de la dictadura: “El Estado no puede renunciar a hacer justicia porque la impunidad estimula el delito”. Hace 20 años se celebró un referéndum con igual objetivo. Y con mal resultado. “Lanzaron toneladas de bombas de miedo”, cuenta el escritor. “Se decía que si la ley se derogaba volvería la violencia, y la gente votó asustada”.

Aquel primer plebiscito de los años ochenta fue promovido por una comisión en la que, junto a Galeano estaba Mario Benedetti. Desde la muerte de éste, en mayo pasado, su amigo forma parte de la fundación que heredó el legado del poeta para promover la literatura joven: “Era un insólito caso de escritor generoso. El nuestro es un gremio egoísta que ocupa la jaula de los pavos reales. A cada uno le duele el éxito del otro. A Mario no”. Respecto a las reclamaciones del hermano de Be-nedetti, molesto con el testamento, Galeano es diplomático: “Eso está superado. De los líos de herencia no se salva nadie”.

El dinero mezclado con los líos lleva inevitablemente al fútbol, un asunto al que el escritor ha dedicado cientos de páginas, entre ellas, las que forman un clásico de la literatura deportiva: El fútbol a sol y sombra. ¿Es obsceno pagar millones de euros por un jugador? “El fútbol profesional es la industria de entretenimiento más importante del mundo. Además es un deporte que parece religión: la religión de todos los ateos. Lo que hay que tener claro es lo que decía Machado: ahora cualquier necio confunde valor y precio”.

Por otro lado, en el anecdotario diplomático internacional ha quedado grabado el hecho de que Hugo Chávez regalara a Obama el libro más popular (30 ediciones en inglés) del autor montevideano, Las venas abiertas de América Latina, un ensayo de 1971 que su propio autor describe como “una contrahistoria económica y política con fines de divulgación de datos desconocidos”. Y añade: “Lo que describía sigue siendo cierto. El sistema internacional de poder hace que la riqueza se siga alimentando de la pobreza ajena. Sí, las venas de América Latina todavía siguen abiertas”.

Galeano no cree que el presidente de Estados Unidos lo haya leído: “Lo dudo. Fue sólo un gesto. Además, la edición era en español”. La elección de Obama le pareció una victoria contra el racismo, pero le decepcionó que aumentara el presupuesto de Defensa: “Los políticos mejor intencionados terminan presos de una maquinaria que los devora”. ¿Y qué le parece su política hacia Latinoamérica? “Tiene buenas intenciones, pero hay problema de training. Los estadounidenses llevan siglo y medio fabricando dictaduras, y a la hora de entenderse con países democráticos, les cuesta. El desconcierto ante lo que ocurrió en Honduras es una muestra”.

El segundo plebiscito que espera al escritor al volver a casa busca otorgar el voto a los uruguayos que no viven allí, “¡una quinta parte de la población!”. Él mismo tuvo que exiliarse y sabe lo que es sobrevivir sin derechos: “No tenía documentos porque la dictadura me los negaba. Cuando vivía en Barcelona tenía que concurrir a la policía cada mes. Me hacían repetir los formularios y cambiar cien veces de ventanilla. Al final, en la casilla de la profesión yo ponía: escritor. Y entre paréntesis: de formularios”. Nadie se dio cuenta.

Una sola mirada, diferentes visiones.

Manu Chao cantará en Cuba en homenaje al Che


El Clarín

La Habana.- El cantante franco-español Manu Chao rendirá homenaje aquí al guerrillero argentino-cubano Ernesto Che Guevara en dos conciertos, uno de ellos en la escalinata de la Universidad de La Habana, el próximo viernes. Invitado por la Asociación Hermanos Saíz (AHS), el músico acompañará al cubano Kelvis Ochoa en un espectáculo acústico, que repetirá el lunes próximo en la ciudad central de Santa Clara, junto a los miembros del proyecto cultural Trovuntivitis.


El presidente de la AHS, Luis Morloté, anunció hoy a la prensa que Chao llegará esta noche a la capital junto a su amigo, el diseñador polaco Jacek Wozniak, responsable de las portadas de toda su discografía.

Wozniak se unirá a varios pintores de la isla para crear un mural conjunto dedicado a la figura del Che, durante las dos presentaciones de Chao en Cuba.

Esta será la primera actuación del autor de Me gustas tú y Bixo en La Habana desde 2006, cuando actuó en la Tribuna Antiimperialista José Martí, junto a su banda Radio Bemba Sound System.

Considerado por la crítica uno de los mejores exponentes de la música alternativa de los últimos tiempos, José Manuel Thomas Arthur Chao, su verdadero nombre, se ha mantenido muy activo este año.

El 14 de septiembre último puso a la venta su más reciente trabajo, Baioanera, un CD-DVD con el concierto en vivo ofrecido en Baiona, en el suroeste de Francia.

Una sola mirada, diferentes visiones.

martes, 6 de octubre de 2009

02 de Octubre no se Olvida !!! Performance en el CUCSH

A pesar de que el día de ayer era 05 de Octubre, en el Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades (CUCSH) se realizó un performance para recordar a las víctimas de la masacre del 02 de Octubre de 1968 en Tlatelolco, perpetuada como la historia lo ha contado a través de los años, por infiltrados, políticos priistas y militares. Fue un performance muy bueno, donde se supone (en opinión de muchos del lado de historia y filosofía) nunca pasa nada, es decir con los de derecho. Pero no, había mucha gente, y el performance fue sensacional. Según tengo entendido, fue llevado acabo por estudiantes de nuestra universidad, pero eso sí, de los que se expresan con sus dones artísticos.

Así de que en Derecho se hacen cosas chidas y pareciera que es un mito eso de qué no son sociales.





Una sola mirada, diferentes visiones.

MUJERES


San Juan Crisóstomo decía: "Cuando la primera mujer habló, provocó el pecado original" y San Ambrosio concluía: "Si a la mujer se le permite hablar de nuevo, volverá a traer la ruina al hombre".

La iglesia Católica, les prohíbe la palabra.

Los fundamentalistas musulmanes, les mutilan el sexo y les tapan la cara.

Los judíos muy ortodoxos empiezan el día agradeciendo: "Gracias Señor por no haberme hecho mujer".


Saben cocer.
Saben bordar.
Saben sufrir y cocinar.

Hijas obedientes.
Madres abnegadas.
Esposas resignadas.

Durante siglos o milenios ha sido así, aunque de su pasado sabemos poco.
Ecos de voces masculinas. Sombras de otros cuerpos.

Eduardo Galeano

Una sola mirada, diferentes visiones.

lunes, 5 de octubre de 2009

México vive secuestro histórico: Paco Ignacio Taibo II


U
n Paco Ignacio Taibo II bastante activo fue el que interrumpió ayer la tertulia del panel sobre literatura policiaca para dar paso a otra presentación, también suya, sobre el engañoso libro “Temporada de Zopilotes” donde más que entretener, literariamente hablando, busca abrir los ojos de un país “secuestrado históricamente”, propósito que inició hace algunos libros atrás.

A Taibo II lo acompañó Roberto Orozco Melo, encantado con la obra del hispanomexicano, “es un libro imprescindible en los tiempos que corren, son de los que se leen despacio y con gratitud, además de que no es un texto de ficción sino que es una investigación muy bien lograda. En el libro Ignacio Taibo se centra en la época maderista, desde que Madero asume la República hasta su asesinato, hace fulgurar aquel período confuso y se da cuenta del catastrófico final de una ideología de poder que estuvo en contra del demócrata Madero, su principal mérito es la recreación literaria, escribe, describe, los sucesos de 1913 sin caer en la retórica adornada ni la adjetivación masiva”.

Después de la elegante y sobria presentación de Orozco Melo, Paco Ignacio Taibo II comenzó a hablar cigarro en mano y con su tono desenfadado, el libro “Temporada de Zopilotes” habla de Madero, y aunque el autor villista, aún así descubrió a un personaje interesantísimo de la historia del país, pero al terminar de conocer a Madero, siguió siendo villista. Una de las razones que impulsaron a Taibo II a encarar la historia, es la experiencia que ha tenido con ella, siempre supo que los libros de texto sobre historia son aburridos y hacen al ciudadano “ahistórico”, que la historia siempre se debe a los grupos de poder por lo que no son fieles a la verdad o a los viejos documentos olvidados que gritan sobre lo que debe ser un “pasado activo” de México, no uno “pasivo”.

Fuente: Vanguardia

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domingo, 4 de octubre de 2009

Gobernar con la policía


P
ara qué son las urnas de votación sí no para decidir, quién nos va a gobernar. En este pequeño detalle, se asienta la enseñanza de la democracia mexicana, la ejercemos para decidir quién va a mandar en nuestras vidas. Quienes serán el emperador y sus cónsules. Esto, por lo menos es lo que entienden allá arriba, el presidente y los gobernadores que una vez que toman posesión del cargo se dedican durante el periodo de su mandato a hablarle a la población y nunca escucharla, a darle ordenes sin explicaciones o explicaciones preparadas al vapor por asesores en la oscuridad burocrática.

El monologo del poder está bien de salud, todos los días nos regala sabiduría y textos que retratan al México y Jalisco ideal que portan en su jornada testuz… mientras tanto los órganos legislativos sesionan sin acuerdo, sin comisiones, sin discurso, sin planteamiento articulado, frente al mandato de legislar y vigilar la cuenta pública.

En este contexto, nada más molesto que salga la gente a la calle a protestar por algún supuesto atropello de la autoridad, en la lógica llena de convoluciones de la moderna democracia mexicana, solo existe un instante, un chispazo, en donde la gente debe de manifestarse y esto debe de ser en la urna, a solas con la conciencia.

El gobierno que emane de esa decisión colectiva, es naturalmente perfecto pues surge de la voluntad popular y como dice la conseja Vox populi vox dei através del pueblo el gobierno elegido habla de la voluntad divina, democracia de un día de mil, o mejor dicho de mil noventa y cinco para ser exactos. Una protesta popular es una anomalía que rompe el guión con el que se mueven las televisoras. Significa que todo el teatro y tinglado está mal armado, que el perfeccionamiento de las herramientas de la democracia podría ser, un montaje. Para eso está, precisamente, la policía antimotines.

Estos guardianes de la democracia están presentes por qué el gobierno sabe bien que hay algunos enfermos mentales y delincuentes que podrían ser millones, o tal vez decenas de millones o incluso podrían ser cien millones, que alucinan que el gobierno electo actúa mal. Eso jamás ha sucedido en la historia de México, que alguien traiga a colación, que recuerde la fecha en que un gobernante haya dicho: “me equivoque”.

Imposible, la premisa básica de la democracia mexicana es que el voto popular otorga el don de la infalibilidad al gobernante, por ello la policía antimotines existe. No tanto para restaurar el orden sino con los toletazos impedir a través del miedo que la población irrumpa en el escenario a exhibir a los gobernantes como algo menos que un regalo luminoso para la humanidad.

Detrás de este teatro asoma la cabeza el poder puro, el poder no como un medio para alcanzar fines, sino el objetivo mismo de la actividad humana. Un sociopata sin posibilidades de curarse, por qué en el libro del político sociopata se mide como ambición. Y ambición es motor de toda palabra y actividad en el espejo distorsionado que rebota discursos de la autoadulación. “Que lluevan los toletazos” son el mejor discurso. El discurso de la implantación del miedo y el silencio, el gobierno hay que confesarlo, cree sentirse cerca de haber modelado al ciudadano perfecto, que vota y no come, que vota y no piensa que vota y obedece.

Carlos Ramírez Powell
Programa Multiverso, Radio Universidad de Guadalajara.




Una sola mirada, diferentes visiones.

Comala imaginario


Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera. Le apreté sus manos en señal de que lo haría, pues ella estaba por morirse y yo en un plan de prometerlo todo. "No dejes de ir a visitarlo -me recomendó. Se llama de este modo y de este otro. Estoy segura de que le dar gusto conocerte." Entonces no pude hacer otra cosa sino decirle que así lo haría, y de tanto decírselo se lo seguí diciendo aun después de que a mis manos les costó trabajo zafarse de sus manos muertas.

Todavía antes me había dicho:

-No vayas a pedirle nada. Exígele lo nuestro. Lo que estuvo obligado a darme y nunca me dio... El olvido en que nos tuvo, mi hijo, cóbraselo caro.
-Así lo haré, madre.

Pero no pensé cumplir mi promesa. Hasta que ahora pronto comencé a llenarme de sueños, a darle vuelo a las ilusiones. Y de este modo se me fue formando un mundo alrededor de la esperanza que era aquel señor llamado Pedro Páramo, el marido de mi madre. Por eso vine a Comala.

Era ese tiempo de la canícula, cuando el aire de agosto sopla caliente, envenenado por el olor podrido de la saponarias.

El camino subía y bajaba: "Sube o baja según se va o se viene. Para el que va, sube; para él que viene, baja."

-¿Cómo dice usted que se llama el pueblo que se ve allá abajo?
-Comala, señor.
-¿Está seguro de que ya es Comala?
-Seguro, señor.
-¿ Y por qué se ve esto tan triste?
-Son los tiempos, señor.

Juan Rulfo
Fragmento de Pedro Paramo

Una sola mirada, diferentes visiones.

Audiolibro Recomendado del Mes

Compartimos el Libro: "De la dictadura a la Democracia" del autor Gene Sharp, en su formato audiolibro para nuestros estimados lectores. Un título imprescindible sobre los diferentes métodos que el autor propone para disolver dictaduras por medio de revoluciones pacíficas y acciones no-violentas. (son díez capítulos que se estarán subiendo hasta completar la carpeta):